miércoles, 25 de abril de 2018

01:59:00
WASHINGTON, 25 de abril de 2018.- Nada más verse el lunes, en la entrada de la Casa Blanca, se besaron en la mejilla. Lo harían muchas más veces este martes, durante la larga jornada que pasaron juntos en Washington, antes, durante y después de cada acto, incluso en medio de una rueda de prensa. Es necesario adentrarse en el lenguaje del saludo para hablar de la relación entre Donald Trump y Emmanuel Macron.

Cuando se conocieron hace casi un año, el presidente francés sorprendió al estadounidense con un apretón de manos interminable. Trump tenía ya la merecida fama de estrechar la mano con fuerza y un pequeño tirón, como quien marca territorio, y Macron, como confesaría más tarde, le desafió a propósito. A Trump le cayó en gracia. Esta vez, en la visita de Estado, Macron se acercó y le besó. El americano correspondió algo perplejo al principio, pero luego tomó la iniciativa, sonriente, muchas veces después.

La química que muestran los dos mandatarios es una de esas rarezas que la política exterior brinda a veces. Macron se presenta al mundo como un líder antitético de Trump: enarbola la bandera de la multilateralidad, defiende a ultranza el pacto nuclear con Irán y fue el primero en criticar a Trump cuando este decidió desvincularse del Pacto contra el Cambio Climático el año pasado. Tampoco sus historias de vida guardan grandes semejanzas: Macron, de 40 años, es un antiguo alto funcionario, banquero y letraherido, pareja desde que era apenas un adolescente de una mujer 24 mayor que él. Trump, de 71, casado en terceras nupcias con una exmodelo mucho menor, es un rico constructor al que se le atribuye alergia por la lectura y pasión por la tele.

Y, sin embargo, se gustan. Se trata de dos líderes orgullosamente ajenos de las maquinarias de los partidos que han llegado en el mismo año a las presidencias de sus países y se admiran por ello. “Es muy buena persona, un tipo duro, pero tiene que serlo, va a ser un gran presidente de Francia”, dijo Trump el pasado julio. Acababa de volver de su viaje a París, extasiado con la grandeur. Macron le había invitado a celebrar el 14 de julio, fiesta nacional francesa, cuando se conmemora la toma de la Bastilla, el fin del despotismo monárquico, y se quedó prendado con las atenciones del europeo y con el desfile militar, tanto que decidió incorporar un desfile similar a Estados Unidos.

El hombre fuerte

Los estadounidenses acuñaron el término bromance (una fusión de brother, hermano en inglés, y romance) para hablar del idilio de dos hombres en política. En el que Trump y Macron protagonizan, como en las buenas historias de amor, habría pocas explicaciones racionales, más allá de lo mucho que les conviene: al francés le presenta como hombre fuerte de Europa e interlocutor privilegiado de la primera potencia del mundo, el tipo que sabe manejar la relación con un presidente tan errático y poderoso como es Donald Trump. A este le puede ayudar a abrir una veta estadista, además de que se le ve sinceramente cómodo en su compañía.

(AFP)

“Es alguien que seduce a los viejos. Lo encontré muy inteligente, con un encanto extremo. Es un oxímoron: un Giscard en simpático [el expresidente Valéry Giscard D'Estaing]”, decía el intelectual y economista Alan Minc, que fue mentor de Macron, en una entrevista con EL PAÍS el pasado mayo.

Trump, además, desprecia a todo aquel que considera débil o perdedor, independientemente de su ideología, y ama la fuerza, hasta el punto de que no tiene problemas en llamar “amigo” a Xi Jinping, líder de un régimen como el chino, o de lanzar elogios al mismo presidente ruso Vladímir Putin.

(AFP)

Y de Macron admira ese perfil de hombre fuerte que el presidente de Francia quiere proyectar, una condición que, en puridad, serviría igualmente para argumentar justo lo contrario, que ambos líderes no se llevasen bien por el exceso de gallos en un mismo corral. Pero el francés parece combinar esa fuerza con un trato muy cercano, algo embaucador, que agrada al americano. Dice François Hollande en sus memorias, de forma algo crítica, que Macron es de “tuteo fácil” y muy besucón. “Duda en besarme, como tiene costumbre de hacer con una facilidad que siempre me ha desconcertado”, escribe en un pasaje el presidente francés.

Frutos concretos

“Tenemos una relación muy especial, tanto que le voy a sacudir este poco de caspa para que esté perfecto”, dijo Trump en el Despacho Oval, atusando la chaqueta de su homólogo francés. Son tantos los gestos y palabras de afecto que se han intercambiado estos días que, más que destinados a ellos, parecen una exhibición al mundo. Este viernes, visita la Casa Blanca la canciller alemana Angela Merkel, otrora interlocutora predilecta del expresidente Barack Obama, con quien el clima se encuentra años luz, pero que es la voz fuerte de Europa.

Está por ver cómo evolucionará la relación de Trump y Macron después de la magia de los primeros besos. El peligro es que todo quede en pura gesticulación, sin resultados concretos. Es lo que determinará si esta alianza es un verdadero éxito de política exterior para alguien, sobre todo para Macron. En algún momento el presidente francés deberá mostrar a los franceses —y a los europeos— los frutos concretos de la amistad con Trump, si le tuerce el brazo en algún terreno, ya sea Irán, el pacto climático o la guerra arancelaria.

Lo que los dos han logrado de momento es hablarse en el mismo idioma. En julio, Macron llevó a Trump a visitar la tumba de Napoleón. El presidente americano lo contó extasiado en una entrevista en The New York Times al poco de regresar. “Napoleón acabó un poco mal. Le pregunté por ello al presidente, le dije: ‘¿Qué hay de Napoleón?’ Y me dijo: ‘No, no, no. Lo que hizo fue increíble. Diseñó París”. (Amanda Mars / El País)

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