jueves, 10 de noviembre de 2016

22:20:00
MADRID, España, 10 de noviembre de 2016.- En su ensayo Sobre la esencia de la risa, Baudelaire asevera que la risa proviene de la noción de superioridad que tenemos los humanos sobre las bestias, y también sobre otras personas. Si una rata pudiera entender esa teoría, seguro que se partiría de risa. Los científicos han averiguado que las ratas se ríen, aunque en el registro ultrasónico, por lo que los seres superiores no podemos oírlo. Y entre las causas de su hilaridad se cuentan las cosquillas. La neurología subyacente revela su gran parecido con la risa humana.

Supongo que no será necesario explicarle al lector lo que son las cosquillas. Tampoco hacía falta explicárselo a los antiguos. Ya Aristóteles trató el tema, aunque fue el psicólogo norteamericano Stanley Hall –discípulo de William James, el hermano listo del novelista Henry— quien lo analizó con fervor lexicográfico en un artículo de 1897. Hall estableció que hay dos tipos de cosquillas: knismesis y gargalesis.

 (Shimpei Ishiyama & Michael Brech)

La knismesis se logra rozando a la víctima con una pluma, y causa más comezón que carcajada. La gargalesis, muy al contrario, requiere una acción más agresiva del tipo clavarle a alguien los nudillos en las costillas u otras zonas sensibles, de manera insistente aunque poco predecible, y genera esa carcajada histérica que se llega a confundir con el dolor. En esta segunda se centra el estudio publicado hoy en Science.

“La gargalesis”, explica Michael Brecht, del Centro Bernstein de Neurociencia Computacional de la Universidad Humboldt, en Berlín, “es una forma peculiar, y a menudo divertida, de toque social que se ha discutido durante más de dos milenios”. Se refiere a Aristóteles. “Pero quedan cuestiones muy importantes por responder: ¿por qué el efecto de las cosquillas depende tanto del estado de ánimo? ¿Por qué las distintas partes del cuerpo difieren tanto en sentir cosquillas? ¿Por qué no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos? ¿Es la risa de las cosquillas distinta de la de la risa cómica?”. Todo un programa de investigación.

Brecht y su colega Shimpei Ishiyama razonaron que, para responder esas preguntas, tenían que averiguar primero los correlatos neuronales de la sensación de cosquillas: aquellos circuitos cerebrales que se activan en coincidencia con sentir cosquillas, y solo entonces. Es una estrategia habitual de las neurociencias. No demuestra que esos circuitos causen la sensación de cosquillas, pero los convierten en los principales sospechosos. Han trabajado en ratas, que se ríen, tienen cosquillas y suelen poner las cosas más fáciles que la gente de dos patas.

Basándose en trabajos pioneros –y olvidados— de la década pasada, Brecht e Ishiyama ha probado que las ratas se ríen a una frecuencia de 50 kilohercios (o 50.000 oscilaciones por segundo). Eso está muy por encima de los 20 kilohercios que marcan el límite superior de nuestra ventana de frecuencias audibles. Los dos investigadores de Berlín han medido esas vocalizaciones ultrasónicas para calcular el grado de cosquillas que tiene una rata en muchas condiciones diferentes. Cuando tienes una regla de medir, tienes un experimento que hacer.

Eso les ha permitido identificar los circuitos cerebrales de las cosquillas. Han comprobado que lo son por el método inverso: estimulan el circuito con electrodos y ven que ello, sin ninguna contribución del mundo externo, estimula en la rata el mismo comportamiento que si les hubieran hecho cosquillas.

También han podido comprobar que las ratas solo “disfrutan” de las cosquillas –reales o virtuales— cuando están de buen humor. A las personas nos pasa igual. Ya dijo Darwin que “la mente debe estar en una condición placentera” para poder reírse con las cosquillas. En eso hemos evolucionado poco en los últimos 200 millones de años. (Javier Sampedro / El País )