martes, 6 de marzo de 2018

17:02:00
SAINT-CLOUD, Francia, 6 de marzo de 2018.- Desde su despacho, en la mansión fantasmagórica donde vive, a lo alto de una colina en el acomodado municipio de Saint-Cloud, Jean-Marie Le Pen ve todo París. Le Pen se acerca a unos prismáticos militares montados sobre un trípode y mira a la ciudad que nunca conquistó.

A punto de cumplir los 90 años, el viejo caudillo ultra podría decirse a sí mismo que en el último medio siglo ha transformado la política de su país, Francia, y quizá la de Europa y Occidente. Sus ideas sobre la inmigración figuran en el programa de partidos que recogen millones de votos, e incluso han penetrado, junto a su estilo marrullero, en la Casa Blanca.


Pero ni Le Pen ni el Frente Nacional —el partido que fundó en los años 70 y del que su hija, Marine, le ha excluido— han logrado alcanzar el poder. No han dejado de ampliar su base, se han acercado, pero siempre se han quedado a las puertas. Los Le Pen nunca llegaron a conquistar París y sus instituciones. En Fils de la nation (Hijo de la nación), las memorias de Jean-Marie Le Pen recién publicadas, hay una sensación de pesimismo sobre Francia.

“He hecho lo que he podido. Ya está”, dice Le Pen padre en una entrevista con Die Welt, Le Soir y EL PAÍS en su despacho en el castillo de Montretout. “Siempre he estado en la oposición, en desacuerdo con unas políticas que, en mi opinión, llevaban a una decadencia que podía ser mortal si se combinaban con otro fenómeno, de carácter casi telúrico: el desbordamiento migratorio”.

Las 403 páginas de Hijo de la nación son el autorretrato de alguien que, más allá de la valoración que merezcan sus ideas y su persona, es ya una figura de la historia contemporánea de Francia: el hombre que recuperó una tradición de la extrema derecha francesa —antisemita, racista, autoritaria y colaboracionista durante la ocupación nazi— que parecía extinguida tras la Segunda Guerra Mundial.

Con la edad, Le Pen podría haber intentado ser más conciliador, retirar sus ofensas más injuriosas, afirmar que se le sacó de contexto o que se equivocó. Nada de eso. No se ha ablandado.

“Soy antediluviano”, dice, “en el sentido de que tengo una cierta rigidez de la columna vertebral. No me dejo caer fácilmente”.

Le Pen no renuncia a ninguna de las señas de identidad de la ultraderecha francesa. Por ejemplo, la antipatía por el general De Gaulle, el líder de la Francia libre contra la ocupación nazi. O la simpatía por el mariscal Pétain, jefe de Estado en la Francia colaboracionista.

De De Gaulle, dice: “Las dos veces [que llegó al poder] no estuvo a la altura de la misión principal de un jefe de Estado, que es unir sus compatriotas”. Se refiere a la persecución de los colaboracionistas tras la Segunda Guerra Mundial y a la independencia de Argelia en 1962. De Pétain, en cambio, elogia que protegiese a Francia tras la derrota y el armisticio con la Alemania nazi en 1940.

En las memorias, Le Pen dice que, cuando de joven vio de cerca a De Gaulle, le pareció “feo”. “Me choca que esto sorprenda”, dice en la entrevista. “Yo era un joven de civilización y cultura grecolatina con una cierta percepción estética de los personajes y de la vida. Y cuando, de adolescente vi de cerca al general De Gaulle, este hombre delgado con un gran vientre y un rostro tallado al hacha, no me pareció bello. Y es verdad que el mariscal Pétain, más allá de cualquier consideración política, tenía un rostro marmóreo”.

Una de las muchas frases que han valido a Le Pen demandas y juicios durante su carrera es la que calificaba las cámaras de gas, que los nazis usaron para exterminar a los judíos europeos, crimen central en el siglo XX, como un “detalle” en la Segunda Guerra Mundial. Tampoco aquí rectifica. “Si no es un detalle, ¿qué es?”, dice.

Tampoco reniega de las torturas que perpetraron las fuerzas armadas francesas durante la guerra de Argelia, que se prolongó entre 1954 y 1962. Él no las llama torturas, sino “interrogatorios musculoso”. Asegura que, como paracaidista en la guerra, no participó en estos interrogatorios, pero no por principio sino porque no hubo ocasión. “Si hubiese debido ponerme en situación de salvar a los civiles europeos y musulmanes de Argelia [mediante las torturas], sí, sin duda [habría participado]”, dice. Y, después de una digresión sobre los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial, añade: “Pero esto, señor, entiendo muy bien que usted no lo entienda, porque usted es un civil en paz, duerme en su cama tranquilamente, y para entender esto hay que haber conocido la guerra, es otro mundo”. Rubrica la respuesta con una carcajada.

Todas estas posiciones reflejan aspectos clave en el núcleo ideológico del Frente Nacional, señas de identidad que le han dado sus éxitos en estas décadas, pero al mismo tiempo han convertido a su fundador en un apestado que le ha impedido ninguna victoria real. Es significativo que las memorias, publicadas por la pequeña editorial Muller, no hayan encontrado ningún gran editor, pero también que ya sean número uno de ventas Amazon Francia.

Las posiciones más extremistas también le han distanciado de su hija, Marine Le Pen, actual líder del partido, embarcada en un esfuerzo por normalizarlo. El 10 y 11 de marzo se celebrará en Lille el congreso del FN que puede poner en marcha el cambio de nombre, un cambio que “tendría consecuencias desastrosas”, avisa Jean-Marie Le Pen.

El drama del FN es un lío familiar. Todo es inseparable: las siglas, el apellido, las ideas del patriarca y las de la hija y la nieta Marion, próxima al abuelo y enfrentada a la tía Marine. El primer volumen de las memorias acaba con una confesión: “Quizá, la política no era en absoluto lo mío”. No lo dice con tanta claridad, y le cuesta admitirlo, pero probablemente tampoco quiso de verdad ser presidente de la República, aunque en 2002 llegó a la segunda vuelta de las presidenciales. Siempre prefirió la bronca, la agitación.

“He combatido en la retaguardia”, dice en su despacho del castillo de Montretout. “Reculando, sí, pero disparando. Algunos reculan enseñándole el culo al enemigo, y otro enseñándole el pecho. Son dos categorías de gente distintas”. (Marc Bassets / El País)

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