martes, 20 de septiembre de 2016

03:52:00
Roberto Toscano / La Repubblica

Sería difícil poner en duda que Vladimir Putin es hoy uno de los protagonistas de las relaciones internacionales. Se trata de un fenómeno sorprendente de muchas formas, si pensamos que es el presidente de un país que -desde el punto de vista territorial, económico, militar e incluso en términos de su capacidad para ejercer una influencia global de tipo ideológico- es sólo una versión muy reducida del Estado que le precedió, la Unión Soviética. Pero es precisamente esta pérdida de poder y prestigio, y en especial de la condición de superpotencia, donde se debe buscar una explicación del "ascenso irrestistibile" de Putin, quien en pocos años pasó de teniente coronel de la KGB a nuevo zar. Los rusos dieron la bienvenida a Putin como el artífice de un rescate de una doble humillación: de la derrota histórica de la URSS y aquella del caos de los primeros años de la Rusia post-soviética.

Putin quiere resucitar la KGB.

En cambio, es mucho más difícil explicar las razones de otro fenómeno: la popularidad de Putin en sectores reducidos, pero no insignificantes, de la opinión pública de una serie de países, y las manifestaciones de aprobación y afinidad por parte de los dirigentes políticos occidentales. No hay duda de que Putin, y con él muchos otros dirigentes políticos de nuestro tiempo, es un populista con denominación de origen. Pero no basta decir populismo para explicar la atracción, no sólo política sino también personal, que Putin es capaz de ejercer más allá de las fronteras de Rusia. Una atracción que en la mayoría de los casos no coincide con una adhesión a su política exterior, pues -como recientemente queda demostrado por las investigaciones periodísticas en los EE.UU.- las mismas personas pueden expresar aprecio por Putin como líder y decir que consideran a Rusia un adversario peligroso. En otras palabras, Putin es ahora mucho más popular que Rusia.

Sería absurdo sostener que Donald Trump es rusófilo, pero su admiración por Putin parece auténtica. Como ha dicho el historiador Timothy Snyder, el hecho es que Putin es la versión real de la persona que Trump pretende ser en la televisión. Putin gusta porque dice explícitamente que no a una globalización que ha prometido demasiado y mantenido poco, tanto en términos de bienestar general y seguridad, y lo hace reclamando la legitimidad de una visión "clásica" de la soberanía que relanza el mito de una soberanía nacional absoluta -mito en realidad nunca extinguido, pero que permaneció largo tiempo en silencio frente a la fase de la hegemonía de visiones transnacionales de la política y la economía. La caída actual de la credibilidad de los proyectos orientados hacia el futuro vuelve para muchos convincente imaginar que las soluciones a los problemas de nuestro tiempo se pueden encontrar volviendo al pasado, desde la Gran Rusia al "America First" a una Francia republicana culturalmente homogénea.

También el lenguaje es importante y golpea en particular la fuerte coincidencia entre Putin y Trump contra la llamada "corrección política". Cierto, no se puede decir que ya se hubieran acabado los racistas, homófobos, antifeministas, pero hoy -gracias a una especie de autorización que proviene de los líderes considerados finalmente capaces de hablar con franqueza- los racistas, homófobos, antifeministas (sí, esos "deplorables" de quienes Hillary Clinton ha hablado imprudentemente) han perdido el pudor y reivindican su propio odio y sus propios prejuicios. Altan viene a la mente cuando, en los años 80, publicó una de sus caricaturas incomparables: "Llegó el momento de decirlo alto y fuerte: lo sucio es bello".

Pero no basta. Putin gusta como persona sobre todo porque es un verdadero macho. No se trata sólo de una política de imagen, como hacerse fotografiar con una tigresa, con el torso desnudo, montado en motocicleta, o en un encuentro de judo, sino de una realidad. La gente percibe que Putin es de veras un duro, como quien creció en los barrios bajos de Leningrado, donde las razones de la fuerza siempre prevalecían sobre la fuerza de la razón: "Me daba cuenta -leemos en su autobiografía- que en cada situación, sea que tuviese razón o estuviese equivocado, tenía que ser fuerte y estar listo en todo momento para responder a una ofensa o un insulto".

En un mundo donde el terrorismo se ha convertido en un miedo generalizado no son pocos aquellos que resultan sensibles a la fascinación del duro, de una especie de Clint Eastwood político que elimina a los malvados sin andarse con sutilezas. Lo ha dicho recientemente Matteo Salvini: "Larga vida a Putin. Si hubiera más como él, tendríamos menos delincuentes y terroristas." Duterte, presidente de Filipinas, se jacta de los cientos de señores de la droga, narcomenudistas y simples toxicómanos arrojados al mar "para engordar a los peces de la Bahía de Manila". Putin en su momento aseguraba que a los terroristas chechenos los dejaría "tiesos en el mismo retrete".

No importa que estos métodos sirvan más para aplacar el miedo que para dar de veras una solución a los problemas del terrorismo y la criminalidad común. Igual de absurdo como pensar encontrar en el pasado la solución de los problemas de nuestro tiempo. Pero el putinismo funciona, y no sólo en Rusia. (Traducción Libertad de Expresión Yucátán)