miércoles, 22 de julio de 2015

15:14:00
Armando "Catón" Fuentes Aguirre


En descenso. En la suite nupcial la recién casada le dijo llena de emoción a su flamante maridito: “¡Ha llegado el momento, Pitorro! ¡En seguida te entregaré mi corazón!”. Respondió el desposado: “Es cierto, Dulciflor: llegó el momento. Pero te equivocas en lo relativo a lo que me vas a entregar”. Babalucas fue con un carpintero y le pidió: “Necesito que me haga una caja de madera de una pulgada cuadrada y 36 metros de largo”. El carpintero se sorprendió. Dijo: “No entiendo. ¿Para qué quiere una caja de esas dimensiones?”. Explicó el tontorrón: “Es que un vecino mío se mudó a otra ciudad. Me había prestado su manguera, y ahora quiere que se la devuelva”. El encargado de hacer el censo llegó a una granja y fue atendido por el pequeño hijo del granjero. Preguntó el visitante: “¿Cuántos son en la casa?”. “Somos cuatro –respondió el niño–. Mi papá, mi mamá, mi hermana y yo”. Inquirió el del censo: “¿Dónde está tu papá?”. Respondió el pequeño: “Seguramente fue a pescar. No anda regando, y sus botas de agua no están aquí”. Preguntó de nuevo el hombre: “Y tu madre ¿dónde está?”. Respondió el chiquillo: “Seguramente fue al pueblo. No les anda llevando forraje a las vacas, y no veo la camioneta”. Volvió a preguntar el del censo: “¿Y dónde está tu hermana?”. Replicó el niño: “Seguramente está con su novio en el granero. Sólo hay dos cosas que le gustan, y la tele está apagada”. Según los voceros oficiales la economía de México anda bien. Cuando oigo eso me dan ganas de preguntar: la economía ¿de quién? Las cifras muestran que el poder adquisitivo de los mexicanos ha descendido considerablemente en el curso de este sexenio. Tal se diría que cualquier ama de casa conoce mejor la situación actual que los economistas del Gobierno. Dígase lo que se diga el problema de la pobreza se ha agravado. La emigración de los habitantes del campo a las ciudades aumenta cada día a pesar de los numerosos y variados subsidios que se otorgan a quienes viven en las zonas rurales. Crece también el número de compatriotas que aun con riesgo de su vida buscan cruzar ilegalmente la frontera para ir a trabajar en los Estados Unidos. Son raros los estados del país donde no hay desempleo, o lo hay en menor medida que en otras entidades. Coahuila, mi estado natal, es uno de ellos. Se ha propiciado la llegada de grandes inversiones nacionales y extranjeras, y a consecuencia de eso se han multiplicado los empleos. En otras partes, sin embargo, las cosas no andan tan bien. Aceptar esa realidad es el primer paso para transformarla. Una muchacha de las que se ganan la vida con su cuerpo fue invitada por un oriental a acompañarlo a su hotel. Llegados a la habitación, y luego de la celebración del consabido trance, el oriental se disculpó de pronto: “Voy al baño”. Regresó a poco y repitió la acción. Dijo en seguida: “Perdona, voy al baño otra vez”. Así lo hizo. Regresó, y celebró el acto por tercera vez. No pasó mucho tiempo sin que volviera a decir: “Discúlpame; voy nuevamente al baño”. Regresó a poco, en efecto, y con vitalidad que asombró a la muchacha repitió la acción. En eso fue la chica la que sintió ganas de ir al baño. Fue, y vio ahí a siete orientales. Un señor pálido y espiritado llegó con el doctor Ken Hosanna y le dijo con voz desfallecida: “Sufro un continuo dolor de cabeza”. Preguntó el galeno: “¿Fuma usted?”. “Nunca he fumado –respondió el individuo, terminante–. Mi cuerpo es un templo del espíritu: no puedo profanarlo inhalando vil humo de cigarro”. “Muy bien –dijo el facultativo–. ¿Bebe?”. “¡Claro que no! –se indignó el hombre–. ¿Cómo me cree capaz de semejante falta contra la templanza, que es una de las cuatro virtudes cardinales?”. “Perdone –se disculpó el médico, apenado–. ¿Ejerce usted el sexo?”. “¡Nunca! –replicó el individuo irguiéndose con aire de ofendido–. La bestia de las dos espaldas, como muy bien llamó Guillermo Shakespeare al ayuntamiento carnal, es acción impúdica y vitanda que rechazo con todas las fuerzas de mi ser. Soy casto y honesto, señor mío”. “Perfectamente –dijo en ese punto el médico–. Entonces ya sé el motivo de su dolor de cabeza”. “¿Cuál es? –preguntó con inquietud el hombre. Respondió el doctor: “Seguramente le aprieta la aureola”. FIN.