lunes, 30 de enero de 2017

17:05:00
MADRID, 30 de enero de 2017.- Un año antes de acabar su misión y estrellarse contra la superficie de la Luna, el satélite Kaguya, de la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial (JAXA), estuvo explorando la composición química y física del satélite durante 2008.

Los datos recogidos fueron analizados y procesados durante años. Gracias a esto, un artículo publicado este lunes en la revista Nature Astronomy ha informado del hallazgo de huellas de vida terrestre en la Luna. En concreto, los científicos han afirmado haber encontrado allí rastros de iones de oxígeno producidos en la Tierra como consecuencia de la actividad de los seres vivos.

«Para mí esto es fascinante», ha explicado a ABC Kentaro Terada, investigador en la Universidad de Osaka (Japón). «A pesar de la distancia que hay entre la Tierra y la Luna, y que es de cerca de 380,000 kilómetros, parece ser que la Luna y la Tierra han estado coevolucionando no solo "físicamente", sino también "químicamente", a través del transporte de algunos materiales».

Representación del flujo de iones de oxígeno (en verde), desde la ionosfera de la Tierra a la Luna. (Osaka Univ. / NASA)

Se sabe desde hace mucho tiempo que la interacción física de la Luna y la Tierra causan el flujo y reflujo de las mareas, o que el satélite influye sobre la rotación de la Tierra, facilitando la estabilidad de los ecosistemas, y a su vez permitiendo la aparición de la vida. Y ahora, tal como ha propuesto Terada, parece ser que la vida surgida bajo el influjo lunar es capaz de «contaminar» la Luna con el oxígeno que produce.

¿Un fósil de la atmósfera de la Tierra?

Tal como han concluido los investigadores, las primeras capas de polvo de la Luna almacenan una sutil huella dejada por la atmósfera terrestre. Por desgracia, el propio Terada duda de que sea posible usar este rastro como un registro histórico de la composición de la atmósfera de la Tierra.

«El oxígeno preservado en el suelo lunar, después de acumularse durante miles de millones de años, estará mezclado con el que procede del satélite, y con el tiene su origen en el viento terrestre y en el viento solar. Por eso, es difícil descifrar qué oxígeno es antiguo y procede de la Tierra, o cual es más reciente».

Sin embargo, propone que quizás sería posible averiguar más sobre esto al perforar el subsuelo lunar, en busca de capas más profundas y antiguas.

Coevolución entre la Luna y la Tierra

La historia del intercambio entre la Luna y la Tierra comenzó hace 2.500 millones de años, cuando los seres vivos que aprovechaban la luz del Sol comenzaron a producir oxígeno en la Tierra en grandes cantidades. Al principio, este gas se convirtió en un potente agente tóxico para la mayoría de las formas de vida, pero con el tiempo aparecieron seres vivos sencillos, y luego más complejos, capaces de aprovecharlo en su beneficio.

Según Terada, aquel hecho dejó huella en la Luna. Esto pudo ocurrir porque, a diario, la radiación solar impacta contra las capas más altas de la atmósfera de la Tierra y genera una corriente de viento de partículas energéticas sobre el planeta, entre las que están algunos iones de oxígeno. A veces, parece ser que alcanzan la Luna y dejan un leve rastro.

Sin embargo, lo más habitual es que este rastro quede enmascarado por el potente viento solar, un flujo de partículas de alta energía producido por el Sol, tal como han explicado estos investigadores.

Por suerte, cada mes hay una ventana de cinco días en la cual la Tierra se coloca entre el Sol y la Luna, y que facilita que sea el viento terrestre el que alcance el satélite.

Gracia a esto, los investigadores creen haber encontrado ahora fuertes evidencias de que el viento terrestre, cargado de iones de oxígeno, es capaz de llegar a la Luna y quedar atrapado en las primeras capas del suelo lunar (a una profundidad 10.000 veces menor que el ancho de un pelo humano).

Según Tereda, es posible que en la Luna se puedan encontrar otras huellas de la Tierra, puesto que en el pasado, ambos cuerpos estuvieron más cerca. Además, en algunos momentos el campo magnético de nuestro planeta estaba debilitado, lo que habría aumentado el flujo de ciertas partículas hasta el satélite. (Gonzalo López Sánchez / ABC)