martes, 28 de junio de 2016

15:56:00
Carlos Loret de Mola Álvarez / Historias de reportero

No sé si sea natural, pero ciertamente es peligroso. No sé si forme parte de lo que con candor comprendemos como “es humano”, pero asusta. No sé si sea justificable, pero sin duda es entendible.

Encomendar al hígado las funciones del cerebro es un error. Un error grave. Dejar que la razón navegue a la deriva en los turbulentos mares de la bilis puede desatar ese breve placer de la venganza, el mismo que suele transformarse rápidamente en arrepentimiento.

¿En qué momento dejamos de pensar? Cuando ganó el coraje, cuando el hartazgo ocupó todos los espacios, cuando la ciudadanía se enamoró del discurso del terror, cuando decidió censurar con un “Ya basta” al sistema incapaz de proponerle un mejor futuro, y con tal de aniquilarlo no se dio cuenta de que la alternativa que escogía era como estrellar los puños en la pera de cuero con la que entrena el boxeador: mientras se golpea con más fuerza, ella regresa con más velocidad y poderío.

El modelo económico ya no sirve. El sistema que lo sostiene está vencido y no tiene credibilidad.

La gente está cansada de la desigualdad económica y la corrupción, desesperada por la violencia y la impunidad. El tanque del aguante luce agotado y lo que es peor, el de la tolerancia también.

Ese modelo-sistema seguramente sirvió para muchas cosas en el pasado, pero hace tiempo que tropieza sin cesar, fracasa. La falta de imaginación para diseñar un nuevo orden de cosas ha dejado la puerta abierta para adoptar el desorden de cosas. La levadura lista, para inflar al cabo de una noche cualquier cosa que plantee un rompimiento. Y eso, peligrosamente, despierta dudas sobre la utilidad de la democracia misma.

En Gran Bretaña se están muriendo de miedo. A la mañana siguiente de que ganó por estrechísimo margen la opción de salirse de la Unión Europea, muchos de quienes votaron por ese Brexit se dijeron públicamente arrepentidos. No habían razonado las implicaciones y cuando las vieron enfrente, cuando Europa les dijo: “Váyanse, pero pronto”, entraron en shock.

A las pocas horas, Escocia, que sí quiere seguir en la Unión Europea, planteó independizarse de Gran Bretaña. Y los dirigentes proBrexit lo rechazaron, ¡usando los mismos argumentos con los que sus rivales buscaron defender la permanencia británica en el europeísmo!

Yo no tengo duda: si hoy hicieran otra consulta, el Brexit sería derrotado por amplio margen.

Porque si se vota con el hígado, después hay que beber la bilis y no sabe a miel.

¿Estarán arrepentidos los brasileños de quitarle el poder a Dilma para dejarlo en manos de unos más corruptos? ¿Y los venezolanos que apostaron por el chavismo que prometía democracia y prosperidad, el alto al saqueo del país del que se beneficiaban sólo los de la élite gobernante?

¿Cómo amanecerán los que sufraguen por Donald Trump en noviembre, si finalmente gana la Casa Blanca?

La humanidad necesita un cambio. A todos nos urge. Una transformación real, sistémica. La notoriedad de los discursos aislacionistas, xenófobos y de resurgimiento de nacionalismos rancios no quiere decir que no existan alternativas sensatas que planteen refundar el estado de cosas. Por eso es trascendente que el ciudadano diferencie entre las ocurrencias y las propuestas, entre los locuaces y los líderes. Y eso se hace pensando, no vengándose. Con la cabeza, no con el hígado.

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