martes, 9 de mayo de 2017

12:32:00
CIUDAD DE MÉXICO, 9 de mayo de 2017.- En la explanada de la Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México, el pasado viernes 5 de mayo, ante la manifestación convocada por universitarias –estudiantes, profesoras, investigadoras y trabajadoras– para exigir justicia en el feminicidio de Lesvy Berlín Osorio, la madre de la joven improvisó un claro mensaje diciendo quién era su hija, cuáles sus estudios, sus trabajos y sus sueños. Estas fueron las palabras de Araceli Osorio, trabajadora de la UNAM. (Adolfo Gilly)

Araceli Osorio, el pasado viernes en CU. (Foto Carlos Ramos Mamahua)

‘‘Mi hija se llama, precisamente, Lesvy Berlín porque, desde el inicio, creo que estaba destinada a otra cosa. Desde que nació, prácticamente, se violó un derecho de ella: a su papá, por ser extranjero, no le permitieron o no nos permitieron registrarla con los apellidos, argumentando que él en ese momento no contaba con su FM3.

‘‘Por esta cuestión mi hija de pronto se llamó Lesvy Berlín Osorio Martínez. Su papá y yo decidimos que llevara el nombre de Lesvy para que no se les olvidara a quienes tenían que ratificar que desde el inicio estuvo presente su padre y que no sólo tenía madre también tenía padre.

‘‘Mi hija, como decía hace un momento, si bien no estaba inscrita había cursado aquí, en el sistema universitario, el nivel de iniciación. Estaba en el CCH Sur. Por decisión propia ella optó por dejar un momento la escuela para dedicarse exclusivamente a trabajar.

‘‘Se separó de nosotros para vivir con su compañero y eso creo que no la estigmatiza ni la convierte en un ser despreciable, como pareciera que quieren hacer parecer no sólo a mi hija sino a muchas, muchas mujeres que toman decisiones porque tienen la capacidad de hacerlo, y que cuentan con el apoyo de los papás.

‘‘No es que seamos permisivos, sino que respetamos la decisión de ellos porque también ellos saben que las decisiones tienen consecuencias.

‘‘Les decía que ella había trabajado en el área de cafeterías; le encantaban los preparados y la cocina. Era muy buena y se había puesto a trabajar porque estaba estudiando idiomas. Tenía conocimiento de varias lenguas, como inglés, francés, italiano, catalán. No era alcohólica ni drogadicta, como se quiere hacer creer.

‘‘Precisamente, si nosotros no habíamos manifestado nuestra inconformidad es porque estábamos en un proceso tratando de entender qué estaba pasando. Quien ha sufrido esto sabe perfectamente de qué estamos hablando.

‘‘Yo lo que quiero recalcar es que no es posible que se siga cometiendo este tipo de abusos por parte de las autoridades, donde las mujeres siempre tenemos la culpa de lo que nos pasa, de nuestra realidad.

‘‘Pareciera que nos gusta sufrir porque así vivimos: vivimos con violencia porque somos tontas, vivimos en la pobreza porque somos flojas, vivimos de la vida fácil porque decidimos o tenemos la necesidad de trabajar u ofrecer nuestro cuerpo. Y entonces nos van creando un mundo donde las mujeres son lo peor. Ni siendo niñas nos salvamos de eso.

‘‘Quiero agradecerles por esta muestra de solidaridad con mi hija. En su momento, nosotros vamos a manifestar nuestra palabra y nos gustaría que de ella se haga eco, porque creo que esa, finalmente, era la ambición de mi hija. Ella no va a poder estar con nosotros de manera física –lo entendemos y estamos tratando de procesarlo y asimilarlo–, pero sí de esta manera.

‘‘Lesvy quería estudiar lenguas, le gustaban las artes, la filosofía, la lectura. Era extremadamente lectora desde los cinco años, porque decía que quería ser ciudadana del mundo: ‘Mamá, no quiero quedarme. Yo voy a andar por todos lados, entonces tengo que aprender’. Creo que ella está con cada uno de ustedes, cada una de las personas que se están manifestando no sólo aquí, sino en otros lugares donde pueden tener otra religión, otro color de piel, otra lengua, y están manifestando su solidaridad con nuestra hija. Porque esto se armó prácticamente de un día para otro y vean la magnitud: cuando queremos hacer algo lo podemos hacer. Queremos que se escuche nuestra palabra y lo podemos hacer.

‘‘Les agradezco infinitamente por este espacio, por este foro. No debe ser la única vez. Creo que es momento para que nos podamos conocer y seguirnos manifestando y entrelazando nuestros dolores, sí, pero también nuestras esperanzas. No podemos ser un pueblo que viva del miedo, sino que tenemos que ser un pueblo con esperanza. Pero con una esperanza real, una esperanza bien entendida, no un eslogan. Yo les pido que no cesen en las formas en que puedan manifestarse, no sólo con la cuestión de nuestra hija, sino con todas las personas que ahorita no tienen voz. Si hay oportunidad de que se pueda crear este tipo de espacios, lo hagamos.

‘‘Van pasando movimientos y parece que el Estado piensa que son momentos: el YoSoy132, los compañeros de Ayotzinapa. Y resulta que no, aquí estamos: está Atenco, están las autoridades independientes indígenas que brotan por todos lados con los gobiernos autónomos. Yo creo que cada uno de ustedes son ejemplo vivo de lo que también era mi hija. Veo sus caras, veo muchas esperanzas y veo que mi hija tenía una misión muy grande y estoy empezando a entenderla. Gracias por ayudarnos, porque a veces se nos olvida que no sólo somos cuerpo y mente; también existe la sensibilidad.

‘‘Perdón que no pueda aportar más, pero lo haremos. Espero que haya oídos atentos y voces dispuestas a compartir estas experiencias, no para que lloremos ni nos lamentemos, sino para que sigamos adelante. Para que veamos que no estamos solas. ‘‘¡Ni una muerta más! ¡Ni un feminicidio más en la UNAM, ni en México, ni en ningún país o rincón del mundo! ‘‘Gracias, muchísimas gracias’’ (La Jornada)