miércoles, 13 de julio de 2016

13:58:00
LONDRES, 13 de julio.- La líder del Partido Conservador británico, Theresa May, ha sido confirmada por la reina Isabel II como nueva primera ministra del Reino Unido y ha recibido el encargo de formar Gobierno.

May, la segunda mujer al frente del Gobierno en la historia británica, entró al palacio poco después de que David Cameron presentase a la soberana su dimisión como primer ministro. Hasta ahora titular de Interior, May fue proclamada líder tory el lunes tras una elección entre el grupo parlamentario, después de que Cameron anunciase el pasado 24 de junio su intención de dimitir por la victoria del brexit, la salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE), en el referéndum sobre el bloque común.

En su reunión con la soberana, May ha anunciado que no solicitará la activación del artículo 50 del Tratado de Lisboa hasta finales de años. Es decir, que la desconoexión o brexit no comenzará antes de esa fecha. 

Reunión entre la Reina Isabel II y la nueva primera ministra Theresa May. (Dominic Lipinski / AP)

La heredera de Cameron, quien obtuvo una mayoría absoluta en las urnas para el Partido Conservador en mayo de 2015, ha descartado que tenga intención de convocar unas elecciones generales antes del término oficial de la legislatura, en 2020, a pesar de que los partidos de la oposición han reclamado que se adelanten los comicios.

Tras su paso por Buckingham Palace, May se ha dirigido al número 10 de Downing Street para dar su primer discurso como primera ministra. May ha dicho este miércoles que el Reino Unido afronta momentos de "grandes cambios" tras la votación favorable a la salida del país de la Unión Europea (UE). Su primer discurso como primera ministra May afirmó que liderará una administración que trabajará por la justicia social y para todos los ciudadanos, no para "unos pocos" privilegiados.

Al referirse al brexit, aseguró que el Reino Unido "estará a la altura del desafío" que hay por delante, pero confió en que el resultado sea "positivo". Acompañada por su marido, Philip May, la política tory rindió tributo a su predecesor, David Cameron, del que dijo que consiguió estabilizar la economía, reducir el déficit presupuestario y ayudó a miles de personas a encontrar un puesto de trabajo. "Pero el verdadero legado de David no es la economía sino la justicia social", puntualizó la nueva premier, y agregó que ella tiene intención de encabezar un Gobierno para "todos".

"Pero, como ya he dicho antes, luchar contra las injusticias no es suficiente", insistió May, quien dijo entender a quienes trabajan pero no tienen seguridad laboral o a los que tienen una vivienda pero están preocupados por si suben los tipos de interés.

Se declaró además una "unionista", al destacar la importancia de mantener unidas a las naciones que conforman el Reino Unido —Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte—. "Juntos vamos a construir un Reino Unido mejor", enfatizó May antes de entrar en Downing Street con su marido.

May, de 59 años, es la segunda mujer al frente del Gobierno británico desde que la también conservadora Margaret Thatcher estuviera en el poder entre 1979 y 1990. Además, será la decimotercera primera ministra del reinado de Isabel II desde su ascenso al trono en 1952. (EFE)

Escribe Rafael Ramos, de La Vanguardia: El Brexit es como Cronos, el dios de la mitología griega que devoraba a sus hijos cuando nacían. En poco tiempo ha engullido a todos los cabecillas de la salida de Europa. Primero fue Boris Johnson, después Michael Gove, finalmente Andrea Leadsom. Su crueldad ha ido en aumento. Al principio los dejaba vivir unos meses después de salir del vientre de la gran revolución británica del siglo XXI, últimamente apenas unos días.

Y una vez eliminados todos los hijos del Brexit sólo ha quedado en pie Theresa May, que hoy por la tarde sucederá a Cameron en Downing Street (ayer llegó el camión de la mudanza), en medio de esa montaña rusa en que se ha convertido la escena política británica desde el referéndum del 23J. Westminster es Port Aventura, y los gritos y los sustos todavía no se han acabado. A la nueva primera ministra todavía se le subirá el estómago a la boca unas cuantas veces, y Bruselas y Berlín se encargarán de ello. El carrusel sigue dando vueltas.

La gran ironía es que May hizo campaña (aunque sin entusiasmo, todo sea dicho) por la permanencia en la UE, y que nunca fue una brexista, sino una ministra leal a David Cameron y personaje del sistema, de quien se hablaba desde hacía un par de años como potencial líder del Partido Conservador pero en una especie de reserva, si cuando llegara el momento no surgía ninguna figura con un carisma arrollador. De ella se sabe relativamente poco porque apenas ha hablado de otras cosas que de la inmigración, la policía y las presiones, asuntos de su competencia como responsable de Interior. Y como además no le gusta socializar y tampoco delegar, su visión del mundo es un gran misterio. La impresión en Westminster es que la está construyendo sobre la marcha, adaptándola al Brexit y a las necesidades del momento.

“Nos hace falta un gobierno que emprenda una auténtica reforma social, que haga que el país funcione para todos –dijo en su último discurso antes de saber que iba a ser la primera ministra, horas antes de que Leadsom se retirase–. Porque en el Reino Unido de hoy en día, si naces pobre te mueres nueve años antes que si eres rico. Y si eres negro, el sistema judicial te trata con mucha mayor dureza que si eres blanco. Y si eres de clase trabajadora, tienes infinitamente menos posibilidades de ir a un buen colegio, y a la universidad, de realizar tu vocación y trabajar en lo que quieres. Y si eres una mujer, estás condenada a ganar menos que un hombre”.

Juzgada sólo por ese mensaje, May parecería más próxima a Podemos o Bernie Sanders que al Partido Conservador británico, pero se trata de una figura camaleónica, difícil de discernir, que cambia de rumbo según sopla el viento, y es de suponer que ese mensaje (que volvió a repetir ayer en el Consejo de Ministros) iba dirigido a los indignados de clase obrera, víctimas de la globalización y frustrados con el sistema, que utilizaron el referéndum como un voto de protesta y fueron determinantes en la decisión de salir de Europa. En otras circunstancias y ante otras audiencias se ha vestido con ropajes de colores muy diferentes.

La nueva primera ministra británica tiene un lado mucho más oscuro, casi se diría que oportunista y desalmado, aderezado con el mismo populismo que durante la campaña mostraron los defensores del Brexit. Como por ejemplo cuando decoró las calles y carreteras del país con unas camionetas con el eslogan “Go home”, ofreciendo a los inmigrantes ilegales el regreso a su país con los gastos de avión pagados por el Gobierno de Su Majestad. O como cuando implementó la normativa que niega a los ciudadanos británicos el derecho a traer al país a sus cónyuges e hijos extranjeros si sus ingresos son inferiores a 20.000 euros anuales. O cuando se mostró partidario de abolir el Acta Europea de Derechos Humanos. O cuando, a fin de parecer inflexible, ordenó la deportación de una familia australiana establecida legalmente en Escocia, y cuyos hijos están tan integrados que hablan gaélico (el SNP ha salido en su defensa, y está intentando bloquear la ejecución de la orden). Por otro lado, ha abolido los controles callejeros rutinarios a ciudadanos de color, y no ha dudado en enfrentarse con la policía por la corrupción y los abusos.

La nueva Theresa May dice que está del lado de los trabajadores, y hay que reducir los sueldos y primas de los grandes ejecutivos que cobran cien o mil veces más que sus empleados. La vieja Theresa May, sin embargo, se opuso a la imposición de un salario mínimo “porque significaría traspasar el lastre del Estado de bienestar a las empresas”. La nueva May considera poco realista a corto plazo una reducción sustancial de la inmigración neta al país. La vieja, suscribió el objetivo de Cameron de dejarla en 100.000 personas al año (ahora son 330.000, la mitad de ellas procedentes de la Unión Europea).

Por el momento se resiste como gato panza arriba a la convocatoria de elecciones anticipadas, y se considera con un mandato suficiente del pueblo por ser una figura destacada del Gobierno que salió elegido con mayoría absoluta el año pasado (al fin y al cabo el establishment la apoya para que dé estabilidad, no para que aumente la incertidumbre). A su favor juega la caótica situación del Labour, sumergido en su propia batalla por el liderazgo, y que con Corbyn al frente perdería según las encuestas (últimamente poco fiables) hasta un centenar de escaños en unos comicios. Pero diputados laboristas, de los Verdes y del SNP escocés reclaman una nueva visita a las urnas, en vista de la magnitud de las decisiones que habrá que tomar pronto.

Sea cual sea su ideología, si es que la tiene y va más allá del pragmatismo y la defensa de sus propios intereses, May será juzgada por su capacidad para unir a un Partido Conservador dividido entre eurófilos y euroescépticos, para unir a un país dividido entre el campo y la ciudad, intelectuales y clases trabajadoras, ricos y pobres, Londres y las regiones, con más boquetes que un queso de Gruyère, y sobre todo por la gestión del Brexit.

Para toda la clase política británica, con excepción de ella y unos pocos más, la salida de Europa ha sido una maldición, una plaga bíblica, un veneno que se ha llevado con los pies por delante a Cameron, Johnson, Gove, Leadsom... El dios Cronos de Westminster se ha comido sin compasión a los hijos del Brexit. ¿La devorará también a ella?