jueves, 14 de noviembre de 2013

18:58:00
Historias de reportero | Carlos Loret de Mola Álvarez | 14-XI-13

La muerte del viejo líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, La Quina, coincidió con la discusión sobre el futuro de Pemex como parte de la reforma energética propuesta por el gobierno priísta. No faltaron quienes, retomando sus posturas opositoras a esta reforma, quisieron exaltarlo como una figura nacionalista, progresista y democrática que defendía la soberanía nacional. Olvidaron su historial de escandalosa corrupción y férreo caciquismo.


Surgió también la tentación de afirmar que su muerte marca el fin de una era en el sindicalismo mexicano. Un vistazo más de cerca deja en claro que no es así: las cúpulas gremiales están ancladas en los tiempos anteriores a la apertura democrática.


La inmensa fuerza política que acumuló La Quina en los 27 años que fue líder máximo del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM) lo llevó a la arena de la disputa por el poder desde su posición como aliado o enemigo de los presidentes del México de la era priísta.

Con mano dura o dadivosa, según hiciera falta para controlar a los agremiados del STPRM, Hernández Galicia llegó al punto de ser considerado una pieza que podía influir considerablemente en la sucesión presidencial.

Y fue justo en ese escenario de poder que se fraguó su caída, por su enfrentamiento con Carlos Salinas de Gortari y su presunto apoyo a Cuauhtémoc Cárdenas en las elecciones de 1988. Encumbrado y sostenido de manera antidemocrática en su sindicato, no podía más que salir del mismo modo, con una operación desaseada tejida desde la Presidencia.

En el mismo sexenio de Salinas, con un par de meses de diferencia, se produjo otro relevo sindical con características similares: se decidió la caída del poderosísimo Carlos Jonguitud Barrios, quien controlaba el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.

Fue con dos decisiones autoritarias que terminó la carrera de esos dos caciques. Y comenzó la de otros dos: Carlos Romero Deschamps y Elba Esther Gordillo Morales. ¡Vaya remedio!

Veinticuatro años después hay pocas señales de apertura o democratización en esos sindicatos. El SNTE fue descabezado con el encarcelamiento de Gordillo. Falta ver si el sucesor logra la unidad y cumple con una transparencia hasta ahora bastante precaria.

Al frente del sindicato petrolero sigue Romero Deschamps, conocido nacionalmente por su gusto por los lujos y la ostentación insultante de una riqueza sólo explicable por una corrupción sin freno y hasta ahora impune.

Por no hablar de otros líderes sempiternos (algunos no priístas se dicen “democráticos” con décadas al mando) que tienen sometidos a los trabajadores, gozan de ríos de dinero de sus cuotas (a veces del erario) sin rendición de cuentas: basta ver las prácticas corruptas y abusivas de una organización que nació como disidencia y que hoy lleva sólo como mote irrisorio el apellido de “democrática”: la CNTE. O el liderazgo de 37 años en el sindicato de telefonistas que brinca gustoso de reelección en reelección.

Murió La Quina, pero no terminó una era.

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