martes, 3 de octubre de 2017

14:39:00
Pedro Echeverría V.

1. El 25 de octubre y 7 de noviembre –según calendarios- se conmemora el 100 aniversario de la Revolución Rusa encabezado por Lenin y los bolcheviques. Aquí en México la “izquierda amaestrada” habla de “la primera revolución socialista” para distinguirla de la revolución burguesa mexicana que estalló en 1910 y juró su Constitución Política en febrero de 1917. La realidad es que fueron muy diferentes los objetivos de aquellas dos revoluciones: la rusa se planteaba construir el socialismo igualitario a partir de llevar al poder al proletariado (obreros de la gran industria) y la mexicana sólo significaba la construcción o instauración de una sociedad burguesa con respeto a la propiedad privada, pero eliminando vicios de la dictadura porfiriana de 35 años.

2. Hoy, cuando hacemos el balance, comprobamos que aquella gran revolución rusa que fue un magnífico ejemplo de la humanidad al plantear la posibilidad de que los obreros, los campesinos, los explotados y oprimidos asuman el gobierno y el poder, sólo podemos entusiasmarnos por sus primeros siete años, hasta la muerte de Lenin en 1924; desde entonces vendrían las terribles divisiones y enfrentamientos entre stalinistas, trotskistas y los mismos menchevique que se adelantaron a advertir acerca de lo que sucedería al tomar el gobierno en una sociedad no madura para ello. Estos dirigentes jamás pelearon por dinero o propiedades como cualquier burgués; sus enfrentamientos fueron por la construcción del socialismo.

3. Pero esas confrontaciones no nacieron de la nada, sino de una realidad que se vivía en Rusia y en el mundo que demostraban la gran fortaleza del capitalismo mundial que controlaba la producción, la riqueza, los mercados, las armas y que si no se registraban más revoluciones obreras en el universo una sola revolución no resistiría. Lo positivo de la revolución rusa del 17 fue que desató una gran agitación en todo el orbe llevando a los obreros a confrontarse contra sus explotadores, pero las nuevas y grandes batallas que surgieron aún eran débiles ante la fortaleza de los poderosos gobiernos de países imperialistas y capitalistas. La nueva revolución, después de sus maravillosos primeros años, para no ser aplastada, comenzó a negociar su existencia.

4. Cuando en 1959 yo apenas ingresaba a la izquierda socialista, pensé que todo era muy sencillo, muy fácil después del triunfo de una revolución. Pensé que en Rusia, después de 46 años de revolución, las fábricas, las empresas, todo el gobierno y el ejército estaban en manos directas de los trabajadores y por eso estaban construyendo el socialismo; que tanto ese año como el siguiente (1960) lo mismo pasaría en Cuba: los socialistas expropiarían todas las grandes propiedades e inmediatamente pasaban a manos del pueblo. Sin embargo tuvieron que pasar algunos años para que la disputa chino-soviética y la corriente trotskista me enseñaran lo que había pasado con esas revoluciones y lo que sucedía con los 14 llamados países socialistas.

5. Ya desde entonces, gracias a mis lecturas (no a la escuela) me comenzaba a quedar claro lo que en México había pasado con la revolución. Aquí nunca se lucha por el socialismo, por la igualdad y todos los líderes de la revolución mexicana venían de las clases medias y altas cuyos ideales se originaban esencialmente de los EEUU que –aunque se había apoderado en 1848 de más de la mitad de nuestro territorio y aún nos amenazaba de manera permanente de invasión- no era un país tan desprestigiado en el mundo. También pensé equivocadamente entonces en la radicales diferencias entre una y otra revolución. Pensé –terriblemente equivocado- que las revoluciones se definían por los ideales o lo que decían sus dirigentes y no por los resultados de sus avances reales.

6. El desplome de la revolución rusa de 1917 o de la URSS y sus aliados “socialistas” en 1989-90 no fue ninguna sorpresa para los estudiosos y analistas. Yo desde 1965, después de mis primeros años en el PCM, comencé a ser un crítico de la URSS y junto a mi apoyo a los guerrilleros vietnamitas invadidos, me acerqué a las posiciones del Partido Comunista Chino que combatían el coqueteo y los arreglos del ruso Jruschov con los yanquis Kennedy y Johnson. Conocí y repudié la reivindicación stalinista de los chinos, pero en la década de los años sesenta y parte de los setenta, ellos representaron las posiciones revolucionarias. Los trotskistas eran más libertarios en otros campos, pero nunca dejaron de reivindicar el autoritarismo de parido de Lenin.

7. Hay un elemento sobre la Revolución rusa que siempre me ha parecido importantísimo: en febrero de 1917 la burguesía rusa con una revolución derrocó la dictadura zarista; Rusia estaba en la primera guerra y Lenin planteaba que era la oportunidad de acabar con el poder de la burguesía rusa de Kerenski tomando los bolcheviques el poder en octubre. Los mencheviques Martov, Dan, dijeron que no se podría construir una sociedad socialista porque ni siquiera el capitalismo se había desarrollado y que se llegaría a un Estado degenerado. Lenin y los bolcheviques dijeron “hoy o nunca” y dieron en octubre una “especie de golpe de Estado”. Lenin a los dos años tuvo que crear una nueva política económica para dar paso a las inversiones burguesas… y al parecer muchas tierras tuvieron que ser devueltas.

8. A la inmensa mayoría de “marxistas-leninistas” les gusta halagar a Lenin como si fuera dios y a la revolución rusa como “la primera socialista”. Nada de nada. Lo que sucedió con Rusia se repitió en Cuba, Nicaragua y los países de “zona de influencia de las guerras”. Los modelos de Rusia y China actual son modelos capitalistas y lo que existe en el mundo es una lucha intercapitalista. Los pueblos sólo tienen y han tenido, la obligación de luchar en las calles, la fábricas, los campos, las escuelas y construir la fuerza necesaria para enterrar a los explotadores y opresores. Está bien festejar los aniversarios revolucionarios, pero no hay que irse con la finta. Mi único dogma es la conquista de la igualdad para enterrar a las clases sociales y la lucha de clases.

9. ¿Qué socialismo hay que defender? Ante la conservación y fortalecimiento del capitalismo e imperialismo en el mundo y el aplastamiento de la economía y las batallas de los pueblos, sólo las luchas permanentes por un ideal igualitario en las calles del mundo –aunque tuvieran que pasar muchos años o décadas- pueden garantizar que los trabajadores un día entierren a sus burguesías expoliadoras. Para ello tienen que estallar revoluciones que no se paren, que no descansen, que no se queden a la mitad del camino; que barran con todos los obstáculos que se oponen a la desigualdad política, económica y social. A pesar de sus desvíos y limitaciones hay que hacer más revoluciones, pero cuidando que no sean traicionadas, secuestradas y puestas nuevamente al servicio de otras clases dominantes.

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