jueves, 7 de agosto de 2014

00:55:00
Se suponía que Nadia Comaneci no lloraba, que no tenía emociones, que ella era, después de todo, algunos podrían decir, una robótica gimnasta, una pequeña cosa que a la edad de 14 años solo dio una breve sonrisa cuando ofreció al mundo uno de sus más memorables momentos deportivos: la primera vez de una puntuación de un diez perfecto, en su rutina de las barras asimétricas, en los Juegos Olímpicos de Montreal en 1976.


Pero aquí está ella, 38 años después, toda una mujer con una figura de reloj de arena y un hijo de ocho años, Dylan, que finalmente deja salir las lágrimas, la risa, la tristeza, la alegría. 'Creo que un montón de gente en realidad no me conoce. Ellos piensan, "Ella es así", o "Ella es asao". Dicen que no tengo emociones, ¿qué hago?, no podía dejarlas salir. Tenía que mantenerlas en mi interior'.


Nadia, ahora de 52 años, se crió en Rumania durante los años de represión brutal del régimen de Nicolae Ceausescu. Ella era, como ella dice, 'Escuchada, seguida. Yo sabía que ellos sabían en todo momento, donde yo estaba y con quién estaba hablando. "Cuando el castigo por una indiscreción es sufrir sólo Dios sabe qué, a manos de la policía secreta, uno aprende a no llevar su corazón en la manga".
Portada del TIME (1976).

Nadia se crió en Rumania durante los años de represión brutal del régimen de Nicolae Ceausescu.

Nadia Comaneci 1976.

Nadia Comaneci 1976.

La famosa secuencia en la viga de equilibrio en Montreal durante los Juegos Olímpicos de 1976.

Ejercicio de una serie de cuerpo libre con que ganó un oro en 1976.

Las lágrimas se le salen cuando habla abiertamente por primera vez de como dejó Rumania y desertó a los Estados Unidos en 1989. Hoy en día, Nadia tiene tanto un pasaporte rumano como un pasaporte de EE.UU.. A ella le encanta su país de nacimiento y adora a su familia. Dejarlos fue duro. Había, sin embargo, pocas opciones. Su vida en Rumania era precaria. Se le impidió salir del país y ni siquiera podía ir a tomarse un café sin ser seguida. Así que, con otros seis gimnastas, hizo su escape a través de Hungría y Austria y, finalmente, a los EE.UU.

Nadia Comaneci 1980.

"En ese momento, justo antes de la revolución, irse, significaba que te habías ido. No se podía volver atrás. No le dije nada a mi madre. Pensé que le podía dar un ataque al corazón. Le dije a mi hermano Adrián, que era mi mejor amigo y lo sigue siendo. Él y mi cuñada, me llevaron cerca de la frontera húngara. Entonces yo y los otros seis gimnastas caminamos hacia la frontera con Hungría y de allí a Austria. Fui a la embajada de Estados Unidos y me proporcionaron un vuelo a Nueva York. Nunca he hablado de eso antes. Fue difícil esa noche".


"Cuando pienso en ese momento es difícil porque pensé que nunca más iba a ver a mi familia. Mi hermano me apoyó. Él me dijo: "Vete y encuentra una vida", Hace una pausa para secarse las lágrimas de la cara. «Cuando vuelvo a esa noche lo siento todo de nuevo. Era difícil porque tenía que darle la espalda. Era difícil irse, pero mi instinto me decía que tenía que hacer algo en ese momento. Una vez más, ella lucha con esos recuerdos. "Pero luego pensé, lo hice". "Fue difícil, pero entonces el mundo cambió en Rumania por lo que se me permitió volver".

Nadia está ahora felizmente casada con su esposo (desde hace 18 años), el ex gimnasta estadounidense Bart Conner, con quien divide su tiempo entre sus casas en Oklahoma City y Los Ángeles. La maternidad, dice, lo cambió todo. 'Dylan nació por cesárea. Los médicos sabían quién era yo y me dieron un diez perfecto en su nacimiento. Mi marido tomó una foto. Yo estaba llorando. Esto hizo que el círculo fuera completo'.

Foto con su esposo e hijo.

Nadia Comaneci con Mohammed Ali.

Nadia cuenta que no era una niña naturalmente flexible, pero que era fuerte, altamente competitiva y muy, muy decidida. Cuando era niña soñaba con volar. La gimnasia, dice ella, "fue lo más cerca que podía llegar a eso". También era un pasaporte para viajar, lo que pocos rumanos podían hacer en esos tiempos. Ella había estado entrenando durante seis horas al día desde la edad de seis años, cuando aseguró su lugar en el equipo olímpico rumano de Montreal de 1976.

"Cuando fuimos a Canadá fue como ir a la luna, ella dice. Ver cosas que sólo sueñas. Estar allí en el mundo libre fue divertido pero un poco, porque siendo una niña, me hubiera perdido. Yo no quería tomar decisiones. Quería que alguien me dijera exactamente lo que tenía que hacer. Necesitaba la seguridad de mi gente".

Ella recuerda cada momento de su actuación en las barras asimétricas. 'Uno tiene esas mariposas, pensando: "Quiero ser la mejor". No importa qué tan bien preparado se esté, siempre se puede cometer un error. Yo tenía que estar en la zona, pero siempre tuve emociones. Quedé contenta con lo que había hecho. Yo pensé: "Voy a conseguir un 9,9". Entonces oí un gran ruido en la arena. Cuando di la vuelta vi un 1,00. 'El marcador no pudo mostrar un diez porque a Omega, su fabricante, le habían dicho que esa puntuación no era posible. "En mi mente pensé, eso es raro. Uno de mis compañeros dijo: ¡Es un diez!. No creo que entendí lo que significaba. Sabía que diez era el puntaje más alto, pero yo no sabía que había hecho historia". Yo pensé: "Voy a pensar en eso más tarde. Luego yo estaba en la mira y tenía que pensar en eso. Se necesita tiempo para asimilarlo".

De repente, Nadia era una estrella. Ella llegó a ganar seis 10 más en el equipo y rutinas personales en Montreal, antes de que la viéramos de nuevo en los Juegos Olímpicos de Moscú cuatro años más tarde, unos centímetros más alta, pero igual de fascinante, ganando dos medallas de oro más que trajeron su cuenta personal a cinco. Luego, en 1981, se retiró de la gimnasia y pareció desaparecer. Historias sorprendentes sobre ella, comenzaron a circular. Que había intentado suicidarse a los 15. ('Yo puse agua en un poco de detergente que estaba en un vaso de plástico y me la tomé por error, insiste), que era la amante del hijo de Ceausescu, Nicu. ("Yo trabajé con él. Yo era instructora de deportes en la institución en que él era presidente. Sí, tuve novios, pero no a él)

La realidad era que la vida de Nadia había adquirido 'una nueva desolación'. Tras la deserción de su entrenador Bela Karolyi a los Estados Unidos en 1981. "No se me permitía salir de Rumania. Eso me volvió loca. Lo único que uno quiere es su libertad. Usted quiere su espacio. Quiere su oportunidad. Así que en 1989, pocas semanas antes del derrocamiento del régimen de Ceausescu, huyó. "Yo no sabía que la revolución iba a suceder. Si lo hubiera sabido, ¿me habría quedado? Sí, probablemente". (Daily Mail / Traducción de Aporrea.org)