domingo, 20 de noviembre de 2016

13:10:00
CIUDAD DEL VATICANO, 20 de noviembre de 2016.- «Oh, Llave de David, cetro de la Casa de Israel, que abres, y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir: ven, libera al hombre prisionero, que yace en las tinieblas y en la sombra de la muerte». La «schola cantorum» acaba de entonar esta estrofa. Papa Francisco, después de haberse retenido en oración silenciosa en el umbral de la Puerta Santa, cerró sus pesadas hojas. Las mismas que hace menos de un año, el 8 de diciembre de 2015, él mismo abrió, bajo la mirada de su predecesor, para inaugurar el Año Santo extraordinario de la Misericordia.

Concluye de esta manera un Jubileo «extendido», que se vivió en cada una de las diócesis como en Roma. Un Jubileo que no tuvo grandes eventos, sino una invitación capilar a la conversión. Es imposible tratar de hacer estadísticas, pero muchos testimonios indican que aumentaron las confesiones. Acaba, pues, el Año Santo, pero no el tiempo de la misericordia: el próximo lunes 21 de noviembre será publicada la Carta apostólica «Misericordia et misera», con la que Francisco, a pesar de haber cerrado la última Puerta Santa, seguirá profundizando y proponiendo el rostro misericordioso de Dios y de su Iglesia.

“Agradecidos por los dones de gracia recibidos y animados a dar testimonio con las palabra sobre las obras, la ternura de tu amor misericordioso, cerramos la Puerta Santa”, dijo Francisco, exhortando a que “el Espíritu Santo renueve nuestra esperanza en Cristo Salvador, puerta siempre abierta, a quien te busca con corazón sincero, única puerta que introduce en el reino que viene”. (ansa)

En el libro entrevista «El nombre de Dios es misericordia», publicado en enero de 2016, Francisco dijo: «Sí, yo creo que este es el tiempo de la misericordia. La Iglesia enseña su rostro materno, su rostro de mamá, a la humanidad herida. No espera a que los heridos toquen a su puerta, los va a buscar a la calle, los recoge, los abraza, los cuida, hace que se sientan amados. Cada vez estoy más convencido de que este es un “kairós”, nuestra época es un “kairós” de misericordia, un tiempo oportuno».

Entrevista para TV2000

Papa Francisco concedió a Tv2000 y a InBlu Radio (emisoras de la Conferencia Episcopal de Italia) la primera entrevista a una televisión italiana. Respondiendo durante 40 minutos a las preguntas de los directores de red y de la información, Paolo Ruffini y Lucio Brunelli, Bergoglio reflexionó sobre los frutos del Año Santo extraordinario, «una bendición del Señor», sobre cómo debería cambiar la Iglesia, sobre la idolatría del dinero y sobre la atención hacia los más pobres. Una breve anticipación de la entrevista fue transmitida al final de los programas especiales dedicados a la ceremonia de clausura de la Puerta Santa. La entrevista íntegra será transmitida por Tv2000 e InBlu Radio el domingo 20 de noviembre a las 21 horas.

La bendición del Jubileo

«Yo solo puedo decir las noticias que llegan de todo el mundo. El hecho de que el Jubileo no haya sido solo en Roma, sino en cada una de la diócesis del mundo, en las diócesis, en la catedral y en las iglesias que hubiera indicado el obispo, ese hecho universalizó un poco el Jubileo. E hizo mucho bien. Porque era toda la Iglesia la que vivía este Jubileo, era como una atmósfera de Jubileo. Y las noticias que llegan de las diócesis hablan del acercamiento de la gente a la Iglesia, de encuentro con Jesús: fue una bendición del Señor […] Está en una línea eclesial en la que la misericordia es, no digo descubierta, porque siempre existía, sino proclamada con fuerza: es como una necesidad. Una necesidad que a este mundo, que tiene la enfermedad del descarte, la enfermedad de cerrar el corazón, del egoísmo, le hace bien. Porque ha abierto el corazón y mucha gente se ha encontrado con Jesús».

Los «Viernes de la misericordia», las chicas explotadas

«Visite a las chicas que fueron sacadas de la explotación de la prostitución. Me acuerdo de una, de África: bellísima, muy joven, explotada (estaba embarazada), explotada pero también con golpes y torturas: “Tú tienes que ir a trabajar”. Y ella, cuando contaba su historia (había 15 chicas, allí, que me contaban sus historias, cada una), me decía: “Padre, yo parí en invierno por la calle. Sola. Sola. Mi niña murió”. La obligaban a trabajar hasta ese día, porque si no les llevaba mucho a los explotadores, le pegaban, hasta la torturaban. A otra le habían cortado la oreja… Y pensé no solo en los explotadores, también en los que pagaban a las chicas: ¿pero no saben que con ese dinero, para quitarse una satisfacción sexual, ayudaban a los explotadores?».

«El horrendo crimen» del aborto

«El mismo día fui al hospital San Giovanni, a la sección de maternidad, y había una mujer que lloraba, lloraba, lloraba frente a sus dos gemelos… pequeñitos, pero bellísimos: se murió el tercero. Eran tres, pero uno se murió. Y lloraba por el hijo muerto, mientras acariciaba a estos dos. El don de la vida… Y pensé en la costumbre de correr a los niños antes del nacimiento, este crimen horrendo: los corremos porque es mejor así, porque estás más cómodo, es una responsabilidad grande (es un pecado gravísimo, ¿no?), es una responsabilidad grande. Tenía tres hijos, lloraba por el que se había muerto, no lograba consolarse con los dos que quedaban. EL amor de la vida, en cualquier situación».

El mayor enemigo de Dios es el dinero

«La Iglesia, como institución, la hacemos nosotros, cada uno de nosotros; la comunidad somos nosotros. El mayor enemigo (¡el más grande!) de Dios es el dinero. Recuerden que Jesús da al dinero estatuto de señor, de padrón, cuando dice: “Nadie puede servir a dos padrones, a dos señores: a Dios y al dinero”. Dios y las riquezas. No dice Dios y, no sé, la enfermedad, o Dios es cualquier otra cosa: el dinero. Porque el dinero es el ídolo. Lo vemos ahora, en este mundo en el que el dinero parece comandar. El dinero es un instrumento hecho para servir, y la pobreza está en el corazón del Evangelio y Jesús habla de este choque: dos señores, dos padrones. O yo me enrolo con este o con el otro. Me enrolo con este, que es mi Padre, me enrolo con este, que me hace esclavo. Y luego, la verdad: el diablo siempre entra por los bolsillos, siempre. Es su puerta de entrada. Hay que luchar para hacer una Iglesia pobre y para los pobres, según el Evangelio […] San Ignacio nos enseña en los Ejercicios, que hay tres escalones: el primero, la riqueza, que comienza a corromper el alma; luego la vanidad, las burbujas de jabón, una vida vanidosa, la apariencia, la figuración, y luego la soberbia y el orgullo. Y de ahí, todos los pecados. Pero el primer escalón es el dinero, la falta de pobreza».

La tentación de un Papa

«Pero, la tentación del Papa son las tentaciones de cualquier persona, de cualquier hombre. Según las debilidades de personalidad, que el diablo siempre usa para entrar, que son la impaciencia, el egoísmo, y luego un poco de flojera. Y las tentaciones nos acompañarán hasta el último momento, ¿no?Los Santos fueron tentados hasta el último momento, y Santa Teresa del Niño Jesús decía justamente que hay que rezar mucho por los moribundos, porque el diablo desencadena una tempestad de tentaciones en ese momento».

Cadena perpetua: pena de muerte «un poco encubierta»
«Trato, cuando tengo un poco de tiempo, de llamar, de telefonear a los encarcelados que he conocido. Tengo este sentimiento: ¿por qué él y yo no? El Señor tiene motivos suficientes para mandarme a la cárcel, y Él ha encubierto… muchos inicios de cosas feas que yo he tenido en mi vida, que si el Señor me hubiera quitado la mano de encima… Y luego, hay un pensamiento entre nosotros, un pensamiento difundido: “Pero, ese que está en la cárcel habrá hecho algo feo: que la pague”. La cárcel como punición. Y esto no es bueno. La cárcel es como un “purgatorio”, para prepararse a la reinserción. No hay una verdadera pena sin esperanza. Si una pena no tiene esperanza, no es una pena cristiana, no es humana. Por esto la pena de muerte no funciona. Sí, usted podría decirme: “En el siglo XV, en el XVI, mataban a los criminales, la pena de muerte, con la esperanza de ir al paraíso, ahí estaba el capellán que te mandaba al paraíso”. Pienso en el gran don Cafasso, ahí, al lado de la horca… Pero había otra antropología, otra cultura. Pero hoy ya no se puede pensar así. La cadena perpetua, tan fría, es una pena de muerte un poco encubierta. Pero, ¿en el caso de una persona que, por sus características psicológicas no dé una garantía de reinserción? Hay formas para reincorporarlo con el trabajo, con la cultura, dentro de cierto régimen de cárcel, pero que él sienta que es útil a la sociedad, vigilado, pero el alma ha cambiado: no es el que ha cometido el delito, un criminal, sino uno que ha cambiado su vida y que ahora hace algo dentro de la cárcel que lo reinserta y se siente con otra dignidad».

La gracia del humorismo

«El sentido del humor es una gracia que yo pido todos los días, y rezo esa bella oración de Santo Tomás Moro: “Dame, Señor, el sentido del humor”; que yo sepa reírme de un chiste… Es bellísima esa oración. Porque el sentido del humor te levanta, de hace ver lo provisorio de la vida y tomar las cosas con un espíritu de alma redimida. Es una actitud humana, pero es lo más cercano a la gracia de Dios. Yo conocí a un sacerdote (un gran pastor, un gran sacerdote) que tenía un sentido del humor grande, me hacía mucho bien también con eso, porque relativizaba las cosas: “Lo Absoluto es Dios, pero, esto se arregla, se puede… tranquilo” […] Es esa capacidad de ser un niño ante Dios. Alabar al Señor con una sonrisa y también con una broma bien hecha».

Tengo alergia de los aduladores, me merezco los detractores

«Yo tengo alergia de los aduladores. Me viene natural, ¿eh?, no es virtud. Porque adular a otro es usar a una persona con un objetivo, oculto o que se vea, pero para obtener algo para sí mismo. También es indigno. Nosotros, en Buenos Aires, a los aduladores los llamamos “chupa medias”… Cuando me alaban, hasta cuando me alaban por algo que salió bien: pero, inmediatamente, tú te das cuenta de los que te alaban alabando a Dios, “¡Pero, está bien, bravo, adelante, esto es lo que hay que hacer!”, y de los que lo hacen con un poco de aceite… Los detractores hablan mal de mí, y yo me lo merezco, porque soy un pecador. Es lo que pienso. Pero aquello no me preocupa».

El hermano mayor del Hijo Pródigo y la rigidez
«El hijo mayor era un rígido moral: “Este se gastó el dinero en una vida de pecado, no merece ser recibido así”. La rigidez: siempre el lugar del juez. Esa rigidez que no es la de Jesús. Jesús reprocha a los doctores de la Iglesia: mucho, mucho contra la rigidez. Un adjetivo que les dice, que no me gustaría que me dijeran a mí: “Hipócrita”. ¡Cuántas veces Jesús les dice este adjetivo a los doctores de la ley: hipócritas! Basta leer el capítulo 23 de Mateo: “Hipócrita”. Y hacen la teoría de “Sí, pero la misericordia, sí… ¡pero la justicia es importante!”. En Dios (y también en los cristianos, porque es en Dios), la justicia es misericordiosa y la misericordia es justa. No se pueden separar: es una sola cosa […] Después del sermón de la montaña, en la versión de Lucas, viene el sermón de la llanura. ¿Y cómo termina? Sean misericordiosos como el Padre. No dice: “Sean justos como el Padre”. ¡Pero es lo mismo! Justicia y misericordia en Dios son una sola cosa. La misericordia es justa y la justicia es misericordiosa. Y no se pueden separar. Y cuando Jesús perdona a Zaqueo y va a comer con los pecadores, perdona a la Magdalena, perdona a la adúltera, perdona a la Samaritana, ¿qué es, un manga ancha? No. Hace la justicia de Dios, que es misericordiosa».

La enfermedad de la «cardiosclerosis»

«Diré una palabra que aprendí de un anciano sacerdote […] Él me enseñó una palabra sobre la enfermedad de este mundo, de esta época, de este tiempo: la “cardiosclerosis”. Creo que la misericordia es la medicina contra esta enfermedad, la “cardiosclerosis”, que está justo a la base de esta cultura del descarte: “Pero, este no sirve; este anciano, pero… a la casa de reposo; este niño que viene, no, no, no: regresémoslo al remitente”, y se descartan. “No, ¿debemos tomar esta ciudad en la guerra; la otra?” “Pero, tiremos bombas, caigan donde caigan: en el hospital, en las escuelas”».

Por un mundo más misericordioso

Pensemos en esta tercera guerra mundial que estamos viviendo, la tercera guerra mundial en pedacitos; las armas se venden y las venden los traficantes de armas. Y también las venden a las dos partes en guerra, porque se gana con el tráfico de las armas… Y ahí hay una dureza de corazón muy grande: falta la ternura. El mundo de hoy necesita una revolución de la ternura. “Pero, Dios…”. Detengámonos. Dios se hizo tierno, Dios se acercó. Pablo le dice a los Filipinenses: “Jesús se vació a sí mismo para acercarse, se hizo hombre como nosotros”. Cuando hablamos de Cristo, no olvidemos la carne de Cristo.  Y este mundo necesita de esta ternura que le dice a la carne que acaricie la carne suficiente de Cristo, ¡no que cree más sufrimiento! Creo que los Estados que están en guerra tienen que pensar bien que una vida vale mucho, y no decir: “Pero, una vida no importa, me importa el territorio, me importa esto…”. ¡Una vida vale más que un territorio!».

El secreto para sobrevivir a todos los compromisos

«No sé cómo le hago, pero… yo rezo: eso me ayuda mucho. Rezo. La oración es una ayuda para mí, es estar con el Señor. Celebro la misa, rezo el breviario, hablo con el Señor, rezo el Rosario… Para mí, la oración ayuda mucho. Y luego, duermo bien: es una gracia del Señor, esta. Duermo como un tronco. E día de las sacudidas del terremoto, no sentí nada, ¿eh? Todos sintieron, la cama bailaba… No, de verdad, duermo seis horas, pero como un tronco. Tal vez esto le ayuda a la salud. Tengo mis cosas, ¿no? El problema de la columna (vertebral, ndr.), que va bien por el momento. Hago lo que puedo y nada más: en ese sentido, me mido un poco. (Andrea Tornielli / Vatican Insider)