viernes, 17 de abril de 2015

18:44:00
Armando "Catón" Fuentes Aguirre


En el momento de la intimidad conyugal la sufrida esposa de Capronio le preguntó con miedo: “¿Serías capaz de amar a dos mujeres al mismo tiempo?”. “Claro que sí –respondió el incivil sujeto-. ¿Dónde está la otra?”… Babalucas bebió un centilitro de las miríficas aguas de Saltillo. Eso explica por qué aquella noche le hizo el amor cuatro veces seguidas a su novia. “¡Baba! –exclamó ella, extasiada-. ¡Eres un monstruo!”. Contestó muy molesto el badulaque: “¿Y a poco tú estás muy bonita?”… En la reunión social lord Rumpot entabló conversación con uno de los invitados, y le ofreció un cigarro. “No, gracias -declinó el ofrecimiento el tipo-. Una vez fumé un cigarro y no me gustó”. Seguidamente lord Rumpot le ofreció un whisky. “No, gracias –volvió a rechazar el individuo-. Una vez me tomé un whisky y no me gustó”. En eso se acercó un muchacho. Dijo el invitado: “Milord: tengo el gusto de presentarle a mi hijo”. Acotó, flemático, lord Rumpot: “Hijo único, supongo”… Mea culpa: no soy un conocedor de la Biblia, y ni siquiera su lector frecuente. Declaro sin ambages que si me condenaran a vivir el resto de mi vida en una isla desierta, y me dieran a escoger entre llevar conmigo la Biblia o las obras completas de Shakespeare, escogería lo segundo. Decir esto no es políticamente correcto, lo sé bien: la Biblia es un libro sagrado, y Hamlet no. Pero tiendo más a lo humano, que tiene tanto de divino, que a lo divino, que tiene tanto de humano. Además la culpa por mi ignorancia bíblica no es totalmente mía. Soy católico, y pertenezco al tiempo en que la Iglesia nos prohibía a sus fieles no ya digamos interpretar la Biblia, sino aun leerla. Yo, escolar de colegio religioso, consideraba a ese libro cosa de protestantes, y me angustiaba al ver que lo leía Juanita, la humilde y buena criadita de mi casa, a quien tanto quería yo, evangélica ella, tan recatada y seriecita que ni siquiera iba a los bailes de la Sociedad Zarco de Artesanos ni cantaba “Amor perdido”. Pensaba yo que la pobre se iba a ir al infierno por haber leído aquel libro vitando. Mi desconocimiento de la Biblia, que confieso paladinamente, me lleva a recurrir hoy a mis cuatro lectores. Sucede que releí las “Meditaciones del Quijote” de Ortega y Gasset –si un libro no vale la pena de ser releído, no vale la pena de haberlo leído la primera vez-, y me topé de nuevo con su frase fundacional: “Yo soy yo y mi circunstancia”. En su contexto esa sentencia lleva una enseñanza cívica y un llamamiento al bien. Dice el filósofo: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. (Quizás esas palabras sonorosas inspiraron a mi maestro y bienhechor don Felipe Sánchez de la Fuente, orador castelariano, el final de uno de sus discursos: “Para salvar a un México crucificado es necesario crucificarse en él”). Ortega añade a su frase una expresión latina: “Benefac loco illi quo natus es”. Traduzco libremente: Haz el bien al lugar donde naciste. Esas palabras, dice Ortega, se hallan en la Biblia. ¿Podría decirme alguno de mis queridísimo lectores en qué parte del sagrado libro está esa frase? Mi agradecimiento para quien me lo diga será eterno. Yo he procurado siempre hacer el bien a la ciudad donde, sin merecerlo, vi la luz. En mil y mil maneras –las más de ellas hiperbólicas, lo reconozco- le he declarado mi amor, y he buscado plasmar ese amor en obras buenas. La última fue haberle regalado a Saltillo un mural realizado por el excelente pintor Gerardo Valdés Valdés, bella obra en la que aparecen los símbolos y emblemas de mi solar nativo, junto con los ilustres personajes que le han dado fama. Ese mural está en el foro del teatro de cámara de Radio Concierto, la difusora cultural que también mis paisanos saltillenses consideran un regalo para la ciudad. En esa sala quiero poner la frase citada por Ortega, pero con la mención del versículo bíblico correspondiente. ¿Podrá decírmelo alguien?… Un francés evocaba los años que había pasado en Inglaterra. “¡Ah! –suspiró con nostalgia-. ¡Mis noches de amor bajo la niebla londinense! ¡Margaret!... ¡Alice!... ¡Florence!... ¡George!...”. Preguntó alguien, sorprendido: “¿George?”. “Sí –confirmó el francés-. Aquella noche había más niebla que de costumbre”… FIN.