martes, 24 de julio de 2018

18:04:00
Mons. Berlie. (Foto Manolo García)
MÉRIDA, Yucatán, 24 de julio de 2018.- Mensaje con motivo del 35º aniversario de ordenación episcopal de Mons. Emilio Carlos Berlie Belaunzarán

La misa de acción de gracias por este 35 aniversario se realizará en la parroquia de María Inmaculada (Campestre, Mérida), este miércoles 25 de julio de 2018, a las 19:00 hrs. Todos son bienvenidos.

A todos los que hemos sido invitados por Cristo a vivir el don del sacerdocio, y a todo el Pueblo de Dios.

“¿Qué podré dar a Yahvé por todos los beneficios que me ha hecho? Levantaré el cáliz de la salvación e invocaré su nombre” (Sal 115). ¡Qué hermosa es la gratitud en el corazón de la persona! Gozo y gratitud por la generosidad y gratuidad de los dones que el buen Dios, nuestro Padre, nos ha dado. Nos recomienda san Ambrosio: “Oremos con acción de gracias, al despertar, al nuevo día, al salir de casa, antes y después de haber comido, al ofrecer incienso, al entregarnos al descanso…” (Sobre las Vírgenes, 3. 18). Lo mismo que nos aconseja san Agustín: “¡Gracias a Dios! No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni con mayor alegría, ni con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad”.

No dejemos transcurrir ni un solo día de nuestra vida sin darle gracias a Dios por todos los dones que nos ha concedido. Todo es gracia, todo es don, todo es misericordia, todo es bondad, todo nos viene concedido por la generosidad de Dios. Todo lo que somos, sabemos, hacemos y tenemos lo hemos recibido de Él.

Estemos en permanente actitud de reconocer y agradecer, desde lo más profundo de nuestro corazón, a la fuente de las gracias, de la que surgen todas los dones, gracias y bendiciones, y que es el amor de Dios. Hay que agradecer por el feliz éxito de los asuntos que te han sido encomendados, porque la realización y culminación de los proyectos que pensaste, forjaste y pusiste en funcionamiento se deben a Dios, de quien depende que nuestras elecciones y decisiones, y así obtengan efectos y resultados.

Cuando volvemos al tiempo vivido nuestra mirada y vemos éxitos, realizaciones y resultados, que hermoso es pensar: todo es voluntad de Dios, todo se lo debo a Dios, por todo tengo que alabar y agradecer. “Por la gracia de Dios, soy lo que soy…” (1 Cor 15, 10).

El cielo, la tierra y el mar y todo lo que hay en ellos, nos habla de la bondad y omnipotencia del que los ha creado, y la admirable belleza de los elementos puestos a nuestro servicio exige de la creatura racional, el justo tributo de la acción de gracias (S. León Magno).

La gratitud a Dios nos predispone y prepara para la vida del cielo, donde todo será alabanza. Vivamos pues con este gozo y gratitud, particularmente cuando celebramos los sacramentos. Siempre que reflexiono, me emociono de consagrar y absolver en primera persona: “Esto es mi cuerpo…”; “Yo te absuelvo…” Ahí se ve claramente que actuamos en nombre de la persona de Cristo.

Por ello también me impresiona tanto la invitación de Cristo a sus apóstoles y seguidores: “¡Permanezcan en mi amor!” (Jn 15, 9). Somos nosotros los beneficiarios de su elección y somos nosotros a quienes prevalentemente se dirige esta súplica amorosa de Cristo.

Gracias Señor por los 52 años de sacerdote y los 35 de obispo, “por la gracia de Dios, soy lo que soy” (1 Cor 15, 10).

Muy bien se puede asumir las palabras de san Pablo: “Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, que me ha fortalecido, porque me ha juzgado digno de confianza al encomendarme el ministerio. La gracia de nuestro Señor Jesucristo se desbordó con la fe y el amor que me ha dado en Cristo Jesús” (1 Tim 1, 12).

Deseo vivir en la actitud que nos sugiere la Virgen María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador… Porque ha hecho en mí obras grandes el Poderoso, su nombre es Santo, su misericordia es eterna” (Lc 1, 47).

Pido a Dios estar en profunda armonía con los sentimientos de la Virgen María y de san José, que en esa comunión matrimonial, llenos de gozo y gratitud, vivieron la fidelidad y obediencia a la voluntad del Padre, bajo la acción del Espíritu, en el testimonio extraordinario y sencillo del cumplimiento de los propios deberes; ellos velando por Cristo, nosotros tratando de seguir sus pasos e imitar sus actitudes.

Amén.

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