domingo, 27 de agosto de 2017

21:27:00
Axel García

Nuestro cerebro tiene miles de millones de neuronas, la cifra es mucho más elevada que el número de estrellas que forman parte de la Vía Láctea.


La glucosa es habitualmente la única fuente de energía que tiene el cerebro. Si a las neuronas les falta oxígeno o glucosa suficientes, inevitablemente se mueren. Se llama metabolismo al proceso celular de transformación de las moléculas que reciben de la sangre para generar energía y formar nuevas estructuras, como son las proteínas, que fluyen dentro de ellas.


Para que el metabolismo de las neuronas se realice con normalidad es necesario que reciban mucha sangre con oxígeno y glucosa. Las neuronas necesitan mucho combustible porque su trabajo consume mucha energía.  Cuando un grupo de neuronas está cumpliendo una función (hablar mucho, pensar en profundidad, recordar con intensidad, leer largo tiempo, caminar mucho rato, etc.), su metabolismo aumenta notablemente. Dicho de otra manera, las neuronas estimuladas tienen un mayor metabolismo, necesitan más oxígeno y más glucosa para funcionar normalmente.

El proceso por el cual se forman las neuronas recibe el nombre de neurogénesis, el cual se inicia hacia la séptima semana de embarazo. Cuando nacemos el cerebro no ha alcanzado su peso definitivo, lo hará en torno a los 20 años de vida. Se estima que al nacer tan sólo tenemos un 20 a 23% del peso final del cerebro.

A partir del nacimiento el número de neuronas permanece más o menos estable hasta los 30 años, momento a partir del cual perdemos al día unas diez mil neuronas, es decir, unos tres millones y medio de neuronas al año. Afortunadamente este proceso de muerte neuronal es armónico y ordenado, por lo cual no produce habitualmente ningún tipo de sintomatología y pasa desapercibido.

Cuando se realiza un especial esfuerzo cerebral, las áreas solicitadas son capaces de pedir un "suplemento" de glucosa y de oxígeno para satisfacer el aumento de su actividad. El "proveedor oficial" de la glucosa son los hidratos de carbono.

Los glúcidos de la alimentación proporcionan, después de la digestión, la glucosa.

La complejidad y la duración de una tarea mental condicionan nuestro consumo de glucosa por el cerebro. Traducción: cuanto más hagamos trabajar las meninges, más necesitamos combustible.

Algunos estudios muestran que la glucosa mejora el rendimiento de la memoria en niños y adolescentes. De este modo, los niños que hayan tomado su desayuno son más eficientes paras realizar en la mañana pruebas de aritmética y lectura.

Sin glucosa, el cerebro no puede trabajar, pues este azúcar, tan abundante en la naturaleza, es el responsable de alimentar la minicentral eléctrica que hay en cada neurona.

Todas las complejas reacciones químicas que se producen dentro del cerebro, necesitan de la presencia de la glucosa.

El cerebro consume 460 Kcal en 24 horas, la quinta parte de las 2300 Kcal que ingiere un adulto promedio.

Las neuronas no pueden almacenar reservas de glucosa, por lo que deben recibirla constantemente con la sangre. La glucosa procede de la digestión de los alimentos, y de la reserva que hay en el hígado en forma de glucógeno.

Todas las células del cuerpo, excepto las neuronas, necesitan de insulina para transportar la glucosa desde la sangre al interior de la célula. Las neuronas no necesitan insulina para obtener glucosa, por lo que en el caso de diabetes con falta de insulina, las neuronas siguen recibiendo su suministro de glucosa, siempre que la sangre contenga al menos 80 mg de glucosa por cada 100 mililitros.

Ni mucha ni poca; para su correcto funcionamiento, el cerebro precisa que la sangre que le irriga mantenga un nivel constante de glucosa entre estos dos límites:

* Límite inferior: 80 mg de glucosa por cada 100 ml de sangre (= 0,8 gramos por litro). Cuando el nivel de glucosa desciende por debajo de este 80/100ml de sangre, el rendimiento cerebral empieza a disminuir.

* Límite superior: Alrededor de 180 mg/100ml. Los diabéticos saben bien que cuando aumenta demasiado su nivel de glucosa en la sangre, debido a un control deficiente, se sienten incómodos y alterados. Cuando el nivel de glucosa sube por encima de 400 mg por 100 ml de sangre, el cerebro apenas puede funcionar, y se produce un estado de coma.

Los descensos y las fluctuaciones bruscas en el nivel de glucosa debido a una alimentación rica en azúcar refinado, alteran el funcionamiento cerebral y debilitan la mente.

Procedencia de la glucosa

Todo el almidón y los azúcares ingeridos con los alimentos se transforman en glucosa durante la digestión. Sin embargo, no es lo mismo que la glucosa proceda de fuentes saludables, tales como cereales integrales, tubérculos o frutas ricas en fibra, que de dulces refinados o caramelos.

En un estudio realizado en la Universidad de Toronto (Canadá), se comprobó que el efecto favorable sobre el rendimiento cerebral y la memoria era mayor después de ingerir 50 g de hidratos de carbono en forma de patatas (papas) o de cebada, que ingerir 50 g de azúcar refinado (glucosa pura).

El efecto favorable de la patata, de la cebada y de otros tubérculos y cereales sobre el rendimiento cerebral, se debe a que su digestión proporciona un nivel continuo de glucosa durante horas, mientras que la ingestión de un azúcar refinado aumenta bruscamente el nivel de glucosa, para descender después.

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