sábado, 7 de enero de 2017

12:53:00
Irving Berlin Villafaña

Ayer se inauguró el año cultural de Mérida con un espectáculo llamado Voces del tiempo. Las imágenes, las opiniones, la satisfacción de los asistentes dicen que fue un evento memorable. No es para menos. La artesanía escénica, como gusta en llamar la compañía Illai a sus creaciones, tiene el signo de Finzi Pazca, el creador reconocido mundialmente. Lorant Voros y Karen Bernal son sus hijos. Viven en Mérida. Han acompañado al creador suizo y a la compañía del Circo del Sol desde hace años.

Ellos han dirigido en Mérida numerosas experiencias circenses, acrobáticas, musicales, exhibiciones y de capacitación. Han estado antes en La Noche Blanca, en el Meridafest, en la Temporada Olimpo Cultura. Son apasionados de su trabajo. Son apasionados de la ciudad. Karen y Lorant o Lorant y Karen, como se prefiera, saben usar los recursos técnicos de luz, sonido, mapping, danza, música, vestuario, artefactos escénicos y los más disímbolos y extraños talentos del circo europeo, aquel que maravillaba desde la Edad Media con sus hombres abominables pero capaces de volar y sus enanos danzantes entre telas de una araña.

En torno a ellos, una parte de la comunidad artística trabaja conjuntamente. Casi toda la sección de metales de la Orquesta sinfónica, Juanjo, Samuel, los más visibles; parte de la comunidad circense de Mérida y de danza contemporánea; secciones de los ballet del Ayuntamiento de Mérida y hasta nuestra Gina Osorno que ya vuela entre las satisfacciones que nos deja su voz y su estilo. Esta unión local de talentos hace posible una artesanía escénica, como la que usted vio el viernes 6 en Mérida. Todo o casi todo Made in Mérida.

Más allá del mérito artístico, la belleza coreográfica y la narrativa del espectáculo –que en algunas partes requirió desde mi punto de vista del apoyo de la poesía, la literatura y la historia- quisiera recalcar una cosa: Mérida será capital cultural algún día por la acción de sus universidades, sus instituciones, sus políticas públicas novedosas, su comunidad artística local y sus propias creaciones. Mérida nunca será capital de nada si el dinero público lo ponemos, fundamentalmente, en comprar las estrellas que viven en la estratósfera. Estas vienen, brillan, se van y apenas dejan una satisfacción volátil. Por eso es muy importante para mí analizar el gasto cultural de los gobiernos y comprender su sentido estratégico.

Felicito, como lo he hecho telefónicamente ya, a Erica Millet Corona y a Cristian Rivero, queridos amigos no de la infancia, pero si desde la primera juventud, por esta iniciativa. Habrá que tener cuidado con los presupuestos de Capital Americana de la Cultura. Si el dinero se invierte en el arte local y nacional, entonces nos enfilamos a serlo. Si no, no.