domingo, 9 de junio de 2019

17:59:00
Jesús Peraza Menéndez / 2-VI-19

Iba caminando por la avenida Montejo, la enfermera paseaba en su silla de ruedas a Lacho Villamil vestido con un short y usando su sombrero, él sonreía como niño que su madre le soltó la mano. Colisionamos, yo salía de una galería, exponía mi obra, él disfrutaba la mañana de trinos con los árboles danzantes de ritmos centenarios.
–Mira, dijo a la mujer que empujaba su silla, “es el hijo que no conocías”, que te conversé.
–Claro, respondí, soy el más negro de tus hijos, me has olvidado.
–Nos abrazamos tan fuerte como pudimos.
 Nadie olvida. Pasé con mi hija Andrea presagiando la indispensable partida.
–¿Vienes a ver a Lacho?
 Inquirió la Rubia.
 Respondí, no era antes ni después, ese era el instante.
–Y sí, exactamente.
 Entramos a su nicho mi hija, la Rubia y yo.

 Lacho, dormía como un bebé en el vientre de su madre, hacía dos años los micro infartos lo desarticularon: la Rubia, su compañera de toda la vida y ahora de su muerte, cuidó de él como amante sin puerto, esa es la batalla en aguas bravas aprendidas en alboradas de ternura, su budín de zanahoria, el pastel de carne y la cerveza a medio día. Mientras lo timbres, billetes y monedas tomaban un orden en una tan personal discusión y un mercado singular.

 Me acerqué y susurré al su oído “soy el más negro de tus hijos”, de su penumbra en la atmósfera del esfuerzo para tenerlo en la justa condición abrió su ojos de azul profundo y se dibujó una ancha sonrisa.
–Eres Chucho.
–Y sí estoy viendo cómo sueñas todo el día.
 Nos reímos. Lo demás fue la despedida entre dos unidos con esas cosas inexplicables que nos juntaron en la vida viva, a la hora de bebernos la cerveza, de reírnos de cada cosa, esas situaciones inevitables en las sociedades alimentadas por el desprecio a las otras y otros. Nuestra tregua nos hizo ser entrañables sin la necesidad de repetirnos, de participar de la familia y las costumbres. Nos expulsaron del templo con nuestras compañeras, nos negamos a ser parte de esta religión de corruptos, del gobierno de impunes, de los traidores, de los que viven habitando la casa de otras y otros. En fin, Lacho partió, me queda mi herencia consanguínea con mi hija, digna ser humano que hará esta despedida inolvidable, ella es sangre de su sangre y ambos somos parte de su vida. Mi amor para mi hijo Mateo con su madre Leonor que me llevó a este huerto de poetas, de coleccionistas de esas pequeñas cosas que hacen inolvidable la vida y al ser bueno querido, entrañable.

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