miércoles, 24 de julio de 2013

20:25:00
YUCATÁN, 24 de julio.- Nuevas observaciones confirman que El Castillo, la pirámide principal de la antigua ciudad de Chichén Itzá, en Yucatán, fue orientada para fungir como un marcador astronómico, a partir del cual los sabios mayas ajustaban el año, además de ser el centro de un cosmograma que en sus cuatro puntos cardinales mantiene una alineación con los cenotes Sagrado, Holtún, Xtoloc y Kanjuyum.

Paso cenital del sol desde El Castillo de Chichén Itzá (Fotos: Melitón Tapia)

En 2012, el arqueólogo Ismael Arturo Montero García dio a conocer —con base en valores de orientación— que el paso cenital del Sol por esta estructura prehispánica ocurre los días 23 de mayo y 19 de julio, asomándose al amanecer en el eje de su esquina noreste en dirección hacia el Templo de las Mesas.

El pasado viernes, día en que se presentó otra vez este fenómeno y gracias a la disposición de autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Montero García regresó para determinar esta alineación hacia el ocaso desde la escalinata oeste de El Castillo, obteniendo además un dato que califica de “extraordinario” desde el enfoque de la geografía sagrada.

En su observación, se percató que la pirámide (orientada a ~292° 30’) “apunta al ocaso del paso cenital con sólo un grado de desviación respecto a la entrada del cenote Holtún, receptáculo de ofrendas que se encuentran en proceso de estudio”, anotó el director de Posgrado de la Universidad del Tepeyac.

La importancia de registrar sistemáticamente el paso cenital del Sol, explicó, permite ajustar con eficiencia un calendario de tal manera que, a través de los años, éste no quede desfasado. Los mayas lo consiguieron al articular tres sucesos para un mismo día en Chichén Itzá, el primero de ellos, la observación de la salida del astro alineada a la esquina noreste de El Castillo.

Ausencia de sombra al mediodía en El Castillo de Chichén Itzá.

En segundo lugar, la ausencia de sombra lateral al mediodía (que podía ser registrada con una estela) y, finalmente, valiéndose de la orientación de la escalinata oeste de El Castillo, que corresponde al rumbo por donde del Sol se oculta para ese mismo día en que ocurre el paso cenital, el 23 de mayo y el 19 de julio.

Arturo Montero, en un libro de próxima publicación titulado El sello del Sol en Chichén Itzá, de la editorial de la Fundación Cultural Armella Spitalier, refiere que desde El Castillo, como observatorio, se marcaba el “eterno retorno” del astro, lo que remitía a la sociedad maya, “a instancias temporales que iban más allá de la existencia humana en la construcción de un tiempo de larga duración.

“El ‘eterno retorno’ tenía como punto prominente la posición del Sol sobre el horizonte para el día del paso cenital; a este suceso se sumaban los solsticios y los equinoccios, además de otras fechas señaladas para el calendario ritual. Este conocimiento era indispensable para sincronizar los ciclos agrícolas con las temporadas de lluvia y sequía”.

El Castillo, centro de un cosmograma; sus cuatro rumbos están marcados por los cenotes Holtún, Sagrado, Xtoloc y Kanjuyum.

Según pudo verificar Arturo Montero, el pasado 19 de julio, el paso cenital del Sol también tiene un efecto en el cenote Holtún, ubicado a 2 km al oeste de El Castillo en línea recta.  Alrededor de las 13:00 horas, el resplandor del astro se posa como un halo en la entrada rectangular del cenote, la cual mide 2.40 m de largo y 1.39 m de ancho, “lo que tenemos es un observatorio astronómico solar de notable precisión, en un entorno natural.

“Este modelo basado en el paso cenital se ha registrado en el Altiplano Central. En el caso de los mayas, lo tenemos para el periodo Posclásico (900-1200 d.C.), y al parecer es similar en cuanto a función a los observatorios cenitales de Monte Albán, Teotihuacan, Xochicalco y Cantona”.

El cosmograma de Chichén Itzá

Con estas mediciones arqueoastronómicas, Montero apoya al proyecto Culto al cenote, que dirige el arqueólogo Guillermo de Anda Alanís, explorador de National Geographic, y quien ha conceptualizado un cosmograma para la antigua Chichén Itzá, el centro de éste es El Castillo y sus cuatro rumbos están marcados por los cenotes Holtún, Sagrado, Xtoloc y Kanjuyum, a una distancia de 2,600 m; 400 m; 500 m y 1,700 m, formando una cruz con respecto a la pirámide.

El investigador refirió que ya el arquitecto Ignacio Marquina, experto en arquitectura prehispánica, y el astrónomo estadounidense John B. Carlson, habían manifestado la posible existencia de un cosmograma para Chihchén Itzá, pero en ese entonces faltó la referencia de los cenotes Holtún y Kanjuyum, lo que ahora ha sido posible.

“El Castillo corresponde al periodo Clásico Terminal, entre los siglos IX y XI, y pareciera que para esta última fase constructiva de la ciudad se tomó en cuenta el cosmograma, el cual alude a una idea compartida con el resto de Mesoamérica, donde el universo era comprendido como un plano horizontal con cuatro rumbos y una quinta dirección como eje justo en el centro”.


Para el arqueólogo Guillermo de Anda, esta concepción podría estar repitiéndose en la entrada del cenote Holtún, cuya boca pudo ser labrada con esa forma rectangular por los propios mayas, asimismo, si se trazara una diagonal al centro de la misma, tendría una alineación exacta a la salida del Sol, al noreste.

El agua del cenote Holtún fue vital para los antiguos mayas, así lo demuestra la disposición de una rica ofrenda en una plataforma a 6 m de profundidad, y aunque actualmente se encuentra inundada, es posible que en la época prehispánica el espejo de agua estuviera a un nivel más bajo del actual.

“Esto coincide con estudios que han realizado paleoclimatólogos, entre ellos Mark Brenner, quienes señalan que para el periodo Clásico Terminal-Posclásico Temprano (800-1200 d.C.) ocurrieron grandes sequías, lo cual pudo incidir en el descenso del manto freático. En un ‘cenote muestra’ hemos registrado hasta 1.80 m de fluctuación entre la época de estiaje y la de lluvia.

“La prolongada sequía debió impulsar a los pobladores de Chichén Itzá a descender, ir al corazón, a la entraña de Chaac, dios de la lluvia”.

Para pedir clemencia, los mayas bajaron al cenote Holtún y en una canoa transportaron materiales que fueron simbólicamente dispuestos: cerámica, restos óseos de una decena de humanos, huesos de animales, cuentas de jade, malacates, esculturas que representan a un hombre-jaguar y a atlantes, y portaestandartes.

De acuerdo con el explorador de National Geographic, bajo la supervisión del INAH, se hizo la recolección selecta de ciertos materiales y su análisis, por ejemplo de restos de carbón producto de hogueras, así como de puntas de raya (animal marino) que pudieron ser utilizadas para autosacrificio, podrían ser claves para determinar la datación de este contexto y la actividad ritual celebrada dentro del cenote Holtún.

Guillermo de Anda concluyó que la comparación con la colección ósea obtenida del Cenote Sagrado, la cual tuvo la oportunidad de examinar, será fundamental. Aunque no es comparable en cantidad (del Cenote Sagrado proceden restos de 250 individuos), tal vez se encuentre la misma diversidad de tratamientos post mórtem: cortes en hueso, desarticulación, exposición al fuego y, en algunos casos, evidencia de haber sido previamente enterrados.