sábado, 6 de junio de 2015

18:54:00
Armando "Catón" Fuentes Aguirre



Por el bien de México. Esta columneja se compone hoy de tres elementos. Primero: Un cuentecillo que lleva un terminajo propio del vulgacho. Segundo: Una reflexión política que quiere ser profunda y se queda en lo superficial. Tercero: Una serie de historietas tendientes a disipar la suma de bostezos que la citada reflexión causará de seguro en los lectores. Empieza la susodicha calabriada. Don Chinguetas le preguntó a Capronio: “¿Por quién votarás mañana? ¿Por el candidato de la izquierda, por el del centro o por el de la derecha?”. Respondió Capronio con firmeza: “Por ninguno de ellos. Votaré por Cint Urita” ¿Cint Urita? -se asombró Chinguetas-. ¡Pero si es un gigoló reconocido!”. “Precisamente -replicó Capronio-. Si de cualquier manera me van a cog..., que al menos lo haga un profesional”. En su inmensa mayoría, es cierto, los ciudadanos desconfían de los políticos. De ellos se piensa que buscan más su propio interés, y el de su partido, que el bien de la comunidad. Igualmente se tiene un mal concepto de la política. Recordemos aquella expresiva definición epigramática: “Política es un arte del carajo / que a mi modo de ver tan sólo estriba / en darles por el c. a los de abajo / y besarles el c. a los de arriba”. Por eso Capronio pedía que al menos fuera un experto quien le hiciera el daño. Aun así, con todas las deficiencias de los partidos que sufrimos y las mil fallas de los políticos que padecemos, debemos ir a votar en la jornada electoral de mañana. Votemos para elegir al mejor candidato, o para hacer que pierdan su registro los partidos que son negocio particular o de familia. Nada de eso conseguiremos si nos abstenemos de votar o anulamos nuestro voto. Por mi parte disfrutaré el domingo plenamente: Me espera una riquísima comida campirana con mi mujer, mis hijos y mis nietos. Después, a la caída de la tarde, tomaré un vuelo para ir a la Ciudad de México, donde peroraré el lunes muy temprano en la mañana. Pero antes de la grata reunión con la familia iré a votar, y mostraré a los míos el pulgar entintado. Así les daré ejemplo de cumplimiento de un deber cívico importante. No quiero terminar mi comentario sin decir que todo el que no vote como yo estará equivocado. ¿Que cómo votaré? Conforme a mi conciencia, y buscando ante todo el bien de México. El jefe de personal le preguntó a la curvilínea rubia que pedía el empleo de secretaria: “¿Tiene usted alguna habilidad especial?”. “Sí -respondió ella-. Los hombres me dicen que no conocen ninguna mujer que haga el amor tan bien como lo hago yo”. “Er. ejem... -vaciló el jefe-. Quiero decir, alguna habilidad especial en la oficina”. Precisamente -replicó la rubia-. Las más de las veces lo hago en la oficina”. Dijo un experto en contaminación: “Jamás pensé que llegaría el tiempo en que al decir ‘luz indirecta’ estaríamos hablando de la luz del Sol”. La casamentera del pueblo le comunicó a su cliente que le había conseguido un matrimonio ventajoso. Le proporcionó un dato interesante: “Los papás de la muchacha están dispuestos a darle un millón de pesos al hombre se case con ella”. “¿Por qué tanto?” -preguntó, suspicaz, el aspirante. Explicó la mujer: “Es que la chica está un poquito bizca”. “Eso no importa” -dijo el tipo. Prosiguió la casamentera: “También está un poquito zamba”. “Tampoco eso es importante -repitió el presunto novio-. ¿Por qué entonces una dote tan cuantiosa?”. “Bueno -declaró la mujer-. Es que la muchacha está también un poquitito embarazada”. En el bar una chica de tacón dorado se acercó a un parroquiano y le preguntó si le gustaría pasar un agradable rato con ella. Respondió el sujeto: “No puedo aceptar tu invitación por cinco razones. La primera: No traigo dinero”. Lo interrumpió la daifa: “Antes de que sigas adelante ¿me permites decirte dónde puedes ponerte las otras cuatro razones?”. Indigencio no tenía en qué caerse muerto, pero le gustaba figurar en sociedad. Pertenecía al Club de Yates. Era el único socio que tenía que nadar. Rosilita entró al baño en el momento en que su hermano mayor se estaba duchando. Le preguntó, curiosa: “¿Qué es eso que tienes ahí?”. Tosió el muchacho, confuso, y dijo lo primero que se le ocurrió: “Es la antena de mi radio”. “Está bien -admitió la niña-. Pero se me hace que con esa antenilla no vas a pescar ninguna estación”. FIN.