jueves, 31 de julio de 2014

01:46:00
Armando "Catón" Fuentes Aguirre

La maestra reprendió a Pepito: “¿Por qué le diste a Juanito una patada en el estómago?”. “Fue un error, maestra -reconoció el chiquillo-. La verdad es que apunté más abajo”... Un feroz criminal fue ejecutado en la silla eléctrica. Llegó al infierno y Satanás le dijo: “Voy a buscar tu expediente. Mientras tanto puedes sentarte”. “Gracias -declinó el individuo-. Vengo de estar sentado”... El herrero Gago era tartamudo. Tomó un gran mazo y le ordenó a su nuevo ayudante: “Po-pon en el yu-yunque la pipí”. “¡Óigame no!” -se alarmó el mocetón. El forjador estalló: “¡La pi-pi-eza de me-metal, pen-pen-dejo!”... Un viejecito llegó a la consulta del doctor Ken Hosanna. Traía un pie hinchado. “¿Qué le sucedió?” -preguntó el facultativo. “Déjeme contarle, doctor -dijo el anciano-. Hace 50 años me perdí en un bosque. Después de mucho andar llegué a una casa. Le pedí a su dueño que me dejaran pasar ahí la noche”. El doctor Hosanna lo interrumpió, impaciente: “ ¿Qué tiene que ver eso con su pie?”. “Aguarde un poco -respondió el viejito-. Cuando ya todos dormían entró en mi cuarto la hermosa hija del señor y me preguntó si quería algo. Le dije que no. Media hora después regresó cubierta sólo con un vaporoso negligé y volvió a preguntarme si quería yo algo. Respondí que no, y se fue. Una hora después se presentó de nuevo, ahora sin nada de ropa encima, y me preguntó una vez más si no quería yo nada. Repetí que no. Ella se fue y ya no regresó”. Irritado por aquel largo relato el doctor Hosanna le dijo: “Vuelvo a preguntarle: ¿qué tiene qué ver todo eso con su pie?”. Respondió el ancianito: 2Hoy se me prendió el foco de repente y entendí lo que quería la muchacha. Me dio tanta rabia no haberlo entendido aquella noche que de coraje le di una patada a la pared”... Murió un mexicano y fue a dar a los infiernos. Digo “a los infiernos”, y no “al infierno”, porque había varios infiernos de diferentes nacionalidades: un infierno inglés, uno alemán, otro italiano; un infierno francés, uno norteamericano, etcétera. Había también, claro, un infierno mexicano. A nuestro paisano le llamó la atención ver que mientras todos los infierno se veían vacíos y desolados el infierno de México estaba lleno a su máxima capacidad, y una clientela ansiosa se aglomeraba ante su puerta pidiendo con desesperación entrar. El mexicano preguntó a qué se debía eso. Le explicó alguien: “Es que el infierno mexicano nunca está prendido. O no tienen leña, o se les acabó el carbón. Las calderas están siempre descompuestas. Los diablos rara vez trabajan, pues se la pasan en huelgas, paros, bloqueos y manifestaciones. De vez en cuando, por casualidad, consiguen leña, hay carbón, arreglan las calderas, van los diablos a trabajar y por fin encienden el infierno. Entonces le das 100 pesos a cualquier diablo y te lo apaga”. Ese cuentecillo es tachado de apócrifo por algunos críticos, pero yo lo creo verdadero. Ilustra con meridiana claridad un vicio que parece consustancial a nuestra vida pública: la corrupción. “No le pido a Dios que me dé; nomás que me ponga donde hay”. La conocida frase parece ser el lema, divisa o mote de muchos que dicen servir y que en verdad se sirven. Los que están afuera dicen con resignación que roza el cinismo: “Que roben, pero que hagan”. Los de adentro proponen con realismo práctico: “Que se bañen, pero que salpiquen”. Y entre el conformismo de los de afuera y la complicidad de los de adentro el país se pudre en miasmas deletéreos. (Permítanme un momentito, por favor. Voy a anotar eso de “mismas deletéreos” por si alguna vez se me ofrece insultar a alguien: “Eres un miasma deletéreo”). Lo dicho: México no será un estado de derecho mientras siga viviendo en estado de corrupción. (Eso no lo voy a anotar). La noche de bodas la desposada le pidió a su flamante marido que la esperara un momentito. Procedió entonces a ponerse en la cara una crema; en los brazos otra; más crema en los hombros; en el busto una crema más; en la cintura un aceite; en los muslos otra crema y en las piernas otra crema. “Ahora sí, mi cielo -autorizó la muchacha tendiéndose en el lecho con actitud voluptuosa-. Ven a mí”. Él preguntó, inquieto: “¿No me iré a resbalar?”... FIN.