sábado, 31 de mayo de 2014

22:45:00
ALEPO, Siria, 1 de junio.- La guerra civil siria está librando su última batalla en Alepo tras la caída de Homs. La derrota de la ciudad estandarte de la revolución ha sido un duro golpe para los insurgentes. Los frentes están enquistados. Hace más casi dos años que la revolución de extendió como un veneno por las principales arterías de la ciudad pero hace meses que todo permanece estático. Ni hacia adelante, ni hacia atrás.

El subsuelo de Alepo se asemeja bastante a un enorme queso Gruyère. Los túneles bomba son la nueva última moda en esta guerra. Y todos quieren apuntarse un tanto. No hay brigada o unidad que no esté excavando su propio túnel o pensando en hacerlo. (Foto El Mundo)

Los rebeldes se ven incapaces de ganar terreno frente a la maquinaria bélica de un régimen que ha resurgido con vitalidad gracias a la aparición del ISIL (Estado Islámico de Irak y Levante), quiénes le han hecho el trabajo sucio luchando contra los rebeldes y dejándoles, en muchas ocasiones, el camino libre para reconquistar territorio. Los barriles de explosivos llueven en la ciudad -hasta 50 por día- y esto está minando los ánimos.


La realidad en Alepo es que los rebeldes están cansados y se ven superados en número y en armamento por un régimen que castiga duramente las posiciones de los alzados con artillería pesada y aviación. En este contexto los rebeldes han encontrado una nueva baza: si el régimen ataca desde arriba, ellos lo harán desde abajo. Unos bombardean desde el aire, los otros desde el subsuelo. Es la nueva y posiblemente la última baza: los túneles bomba.

La dinámica es bien sencilla: Un túnel, toneladas de explosivo y sentarse a mirar el espectáculo. El resultado es terrible para el enemigo y moralizante para las tropas propias. Ayer, los rebeldes del Frente Islámico reventaron de esta forma un edificio cerca del mercado de Al Zahraui, en el casco viejo de Alepo, matando a al menos 20 soldados leales al régimen, según el Observatorio sirio de derechos humanos con sede en Londres. Hace unos días, un episodio similar voló el famoso Hotel Carlton costando la vida a al menos 30 leales al régimen. Es la forma que han encontrado los rebeldes para reinventarse. Es su particular caballo de Troya. Se acabó eso de jugar al gato y al ratón entre edificios derruidos disparando a fantasmas y a sombras desde agujeros cincelados a golpe de martillo en edificios altos. Bajo sus pies han encontrado un elemento de precisión quirúrgica capaz de despejarles el camino y de minimizar en hasta un 80% las bajas entre sus tropas. Los túneles se están convirtiendo en la solución a sus problemas. Salvajismo de tiempos pasados al servicio de una guerra salvaje que ha dejado más de 162,000 almas en el camino.

Objetivo: bastión del régimen

EL MUNDO ha visitado en exclusiva uno de estos túneles. El sonido del compresor reverbera con fuerza en las paredes. El metal cercena la piedra que se agrieta y se desmorona. Dos hombres se afanan en recoger las piedras y colocarlas en una suerte de plataforma metálica que descansa sobre dos precarios raíles. "¡Mohammad, yallah!", grita uno de ellos. Las cuerdas se tensan y la plataforma se desliza hasta desaparecer en las oscuras fauces del túnel. "Trabajamos durante turnos de 12 horas al días un total de 10 personas", afirma Abu Abdu. "El túnel está prácticamente acabado; sólo nos queda rematar el espacio donde colocaremos las bombas. Después lo llenamos de explosivo y ¡Buuuummm!", comenta el alzado haciendo con las manos el gesto de una enorme explosión. No puede disimular una risa de satisfacción. Y es que si sus cálculos son correctos este túnel volará por los aires más de una manzana y echará abajo no menos de cinco edificios.

"El régimen está a menos de 20 metros de nosotros. Tenéis que hablar bajito para que no nos oigan", advierte Abu Adbu. El insurgente guía a EL MUNDO por entre las ruinas de edificios carcomidos por la metralla y desvencijados por la voracidad de la guerra. Piso arriba, piso abajo hasta llegar a un sótano donde un altavoz con música a todo trapo que tiene como misión minimizar el sonido del compresor y así ocultar lo que están haciendo.

Dos hombres armados vigilan la entrada del túnel. Dos raíles rojos hacen las veces de guía para poder sacar los escombros del interior de la tierra. Tímidas bombillas tintinean y vierten un poco de luz. Esqueletos de varias tuberías se muestran entre la tierra. "Esto fue uno de los puntos más críticos porque el cemento del revestimiento de la tubería se nos vino abajo y por poco nos sepulta", se sincera.

Abu Abdu observa trabajar a sus hombres desde la distancia. Guarda silencio. En contadas ocasiones hace observaciones sobre hacia donde tienen que seguir excavando. Hombre de nervios templados apura un cigarrillo mientras sonríe afable. Es, posiblemente, el hombre más orgullo de todo Alepo. Sabe que su infringirá un severo castigo a las tropas del régimen. "Nosotros estamos fabricando la llave que abrirá de par en par las puertas a uno de los bastiones más importantes que tiene el régimen en la ciudad. Somos la punta de lanza y tras nosotros vendrá el asalto final y la victoria", comenta a EL MUNDO.

Tiene 34 años y es el primer túnel que hace en su vida. Antes del comienzo de la revolución trabajaba en la construcción manejando hormigoneras. Aunque es un novato en esto de horadar la tierra aquí nada se ha dejado a la improvisación. Está todo medido y estudiado. "Hemos planificado durante meses esta operación. Calculamos los metros que había desde el túnel hasta nuestro objetivo prioritario. Medimos sobre un plano a escala la distancia que necesitábamos excavar para no quedarnos cortos ni pasarnos de largo. Ha sido un proceso lento y difícil pero el resultado será grandioso", apunta el alzado.

Tras 25 días de trabajo el túnel está terminado. 20 metros de longitud y un metro de diámetro donde meterán toneladas de explosivo plástico. Ha sido un trabajo lento y penoso. Han sufrido varios accidentes. Uno de los hombres que trabajaba en el túnel tocó las paredes- que rezuman agua- y se apoyó en uno de los cables que llevan electricidad al interior electrocutándose. Además, han tenido que usar hasta cinco compresores porque debido a la densidad de las rocas en algunas partes los motores se acababan quemando. Pero están satisfechos. "Capaz de hundir la ciudad entera", comenta en tono jocoso el soldado mirando la hora de su reloj de oro falso. Le gusta presumir. ¿O quizás sea solo la euforia por saber que el gran momento está muy, muy cerca? Sea como fuere bromea y ríe; está feliz. Ahora solo falta prender la mecha y observar desde la distancia.

Es la nueva arma secreta de los rebeldes con el que pretenden dar un vuelco a la contienda y equilibrar la balanza que, actualmente, es claramente favorable a un Bashar Asad que ve tan cerca su victoria que el próximo 3 de junio celebrará elecciones generales en todo el país para demostrar que es un demócrata convencido y que el pueblo le legitima para seguir aferrado a la silla.