viernes, 20 de septiembre de 2013

13:00:00
Gilberto Avilez Tax


Hace 20 años yo pensaba que el estéreo de mi padre era el último grito de la tecnología. No había ni computadoras, ni celulares ni otras cosas del demonio tecnológico. Mi abuelo tenía su consola y mi padre su estéreo. Un estéreo con casetera y con manecillas y agujas para buscar frecuencias AM y FM. Era una de las joyas de mi padre, y en ese estéreo tuve mis primeras lecciones de historia escuchando junto a él a López Tarso narrar corridos de la Revolución, y ahí escuché todas las canciones, todos los boleros, todas las rancheras y hasta un poco de rock que gustaba de oír mi padre. Cuando llovía, ese estéreo potente arañaba señales panameñas, beliceñas, gringas y, horror de horrores, hasta estaciones comunistas de La Habana. Me sentía como un explorador del mundo hertziano buscando señales de vida mediante las ondas cortas y las ondas largas, y ahí empecé a tener nociones de la literatura de ciencia ficción porque estaba convencido -y sigo estando convencido- que un mundo nos vigila, ya que el libro de don Pedro Ferris, un libro negro que leyó mi padre y leí yo también y quiero que lea una futura hija, amplificaba las experiencias con esa radio que todavía recuerdo. Hoy recuerdo el radio de mi padre.

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