jueves, 14 de febrero de 2019

12:18:00
Pedro Echeverría V.

1. Aunque es común en el sistema capitalista o “moderno” el  “triunfo” de los títulos, de los privilegios académicos, sobre la población sin estudios escolares, el ejemplo de ayer de cómo la joven Edith Arrieta, usada en un cargo en Conacyt, fue expulsada del trabajo por no tener un título universitario y sólo poseer un título de “diseñadora de modas”, me causó mucha indignación. La colaboración de Arrieta “se dio en el contexto de la elaboración de un diagnóstico preliminar sobre el estado de la agricultura campesina y su agrobiodiversidad en el área de conservación agrícola de Ciudad de México”. Subrayo que nunca nadie podrá asegurar que los títulos académicos sean garantía de conocimientos y mucho menos de honestidad.

2. Ya mis maestros Ivan Ilich, Paolo Freire, A.S.Neill,  Everett Reimer y muchos más, me han enseñado en los últimos 60 años el papel de la escuela en la sociedad capitalista. Luego de los grandes movimientos estudiantiles de 1968 la educación escolarizada comenzó a desplomarse al convertirse en simple requisito para lograr un empleo o para ascender en la pirámide política y económica. Pienso que si no leemos a los autores antes señalados jamás nos daremos cuenta que la escuela es una de las formas más efectivas de manipulación de la conciencia. Y no es culpa de los profesores, sino de un sistema social capitalista que crea y fortalece las escuelas para inducir a los estudiantes a asimilar lo que el mercado manda.

3. En el sistema capitalista los trabajadores (sean obreros, campesinos, maestros) siempre luchan por un salario y condiciones menos jodidas de empleo; jamás luchan contra el sistema capitalista que los explota y oprime con el fin de derrotarlo o desaparecerlo. En el caso de los maestros el asunto es más grave porque educan la mente, el pensamiento de sus alumnos. Si sólo lucharan por mejores salarios y prestaciones estarían pidiendo mejores condiciones por ayudar al sistema capitalista para seguir manipulando con las mismas ideas. Por ello los maestros, sino luchan por una escuela liberadora, crítica, participante, continuarían siendo los trabajadores que sólo están en busca de más dinero para seguir haciendo lo que les ordenan.

4. Para comprender que ser funcionario para servir al pueblo no es una cuestión de títulos escolares y que lo más valioso es la honestidad y los deseos de servir, en “Un mundo sin escuelas” señala Illich que “en todo el mundo las escuelas son empresas organizadas y concebidas de modo que copian el orden establecido, ya sea revolucionario, conservador o evolucionista”. Ni los profesores ni los estudiantes deciden nada, todos los planes, programas, asignaturas los dicta el poder en función de la necesidades de la empresa. Freire en su “Pedagogía del Oprimido”, Reimer en “La escuela ha muerto”, Neill en “Sumerhill” y los jóvenes del 68 francés, alemán y de EEUU, en “La rebelión estudiantil y la sociedad contemporánea”, caminan justos en su crítica demoledora.

5. Cuando he escuchado críticas a funcionarios ladrones y asesinos,  recuerdo que todos tienen títulos académicos que lucen en la sala de su casa. Recuerdo que en México más del 80 por ciento de la población no posee título alguno buscando adornarse con la honestidad y la solidaridad. El pueblo que votó por López Obrador no tiene títulos académicos, aunque las “modistas”, “diseñadoras” y “costureras” son trabajos artesanales muy comunes en las amas de casa proletaria. Espero que en el nuevo mundo dejemos de rendirle pleitesía a la “ciencia” y la “tecnología” como nuevos dioses que producen muchos privilegios. La gente sencilla es mejor porque no posee privilegios que defender y es gente de servicio. (14/II/19)

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