domingo, 27 de enero de 2019

11:23:00
SAN SALVADOR, El Salvador, 27 de enero de 2019.- La pausa es larga cuando le pregunto si superó la prueba para entrar en la mara. Sé la respuesta, porque el chico de veinte años que tengo delante lleva tres encerrado en el Centro de Inserción Social de menores de Ilobasco, Senderos de Esperanza para Jóvenes en Conflicto con la Ley. Un título largo y cargado de eufemismos: es una cárcel para menores delincuentes, la mayoría de ellos vinculados con las diversas prácticas delictivas de las maras, las pandillas juveniles que mantienen a El Salvador en estado de shock.

Extorsión, droga y muerte. Le llaman “la vida loca”, al fenómeno de las pandillas juveniles a las que se atribuyen la práctica totalidad de los 3.400 homicidios que hubo en 2018 en el país. Son cifras de epidemia en un país pequeño, de sólo seis millones de habitantes. El Salvador, tierra de volcanes y de terremotos, se desangra por dentro.


Steven Anderson, nombre ficticio porque, como la mayoría, teme dar la cara y su nombre real, admite con voz clara que le quitó la vida a una persona para que “los muchachos”, los jefes pandilleros de su cantón, dominado por la Mara Salvatrucha, vieran su carácter valiente. Que merecía más la pena contar con él para sus andadas que quitarle la vida por cobarde. Terrible, le digo. Y me sorprende la risita de chiquillo con la que acompaña un “pues claro”. Hoy pasa sus días cuidando abejas con esmero para que hagan miel. Está a punto de vender su primera producción a un dólar el bote. Un dólar que podrá enviar a su familia. Cuando salga quiere ser apicultor y no tiene miedo de volver a caer en la vida loca porque en el barrio “ya no queda nadie de los de antes. O han muerto o están en la cárcel”.

Ser joven en El Salvador es una heroicidad. Lo admiten los jóvenes y sus padres, las entidades que trabajan con ellos y los organismos estatales de protección del menor. Los jóvenes se mueren en este país. Se matan entre ellos. Y son matanzas horribles. “Cuando no tienes nada, tampoco un futuro que imaginar, las maras son el entorno más atractivo para los jóvenes”. Un lugar donde ser alguien. Lo dice el antropólogo Juan José Martínez d’Auboisson, autor del libro Ver, oír, callar, que es una excelente introducción al mundo marero. Las tesis más optimistas estiman que unos 65.000 jóvenes salvadoreños están integrados en mayor o menor grado a las pandillas del crimen.

Tres maras controlan el país como una espesa mancha de aceite. La Mara Salvatrucha (MS13), una de las más mortíferas del mundo, se disputa el territorio con la Barrio 18, que un buen día, por una disputa en la cúpula, se convirtió en dos. La 18 Sureños y la 18 Revolucionarios. La nula consideración por la vida es el común denominador de las tres, junto con el enriquecimiento ilícito y la necesidad de ir engrosando sus filas con nuevos jóvenes. Entre la cárcel y la muerte, las bajas son frecuentes.

Ahí está la batalla diaria de entidades como la Fundación Educo, oenegé catalana que con la aportación de sus socios ofrece a jóvenes de todo el país sus casas de encuentro, lugares donde pasar un buen rato, tomar responsabilidades en la organización de las actividades, leer, aprender y relacionarse. “Alternativas para no estar en la calle y para no desviarse por el mal camino”, explica Erick Romero, coordinador de Educo en El Salvador.

Nadie sabe explicar por qué los pandilleros se matan entre ellos ni cuál fue el inicio exacto de su sangrienta rivalidad. Está documentado que todo empezó en Los Ángeles, donde se asentaron muchos salvadoreños que huían de la guerra civil (1980-1992) y se mimetizaron con un entorno ya famoso por ser la cuna del fenómeno pandillero, entonces formado por grupos de afroamericanos, asiáticos, caucásicos y mexicanos en los barrios más pobres y violentos de Los Ángeles.

Coincidiendo con el final de la guerra en El Salvador hace 27 años, Estados Unidos endurece las leyes antipandillas y deporta a miles y miles de salvadoreños de vuelta a su país, que a causa de la guerra sufre pobreza, falta de educación, violencia, armas y gente que sabe utilizarlas. Terreno fértil para la asimilación de las pandillas y su violencia de soy mejor y más fuerte que tú. De nada sirve intentar buscarle un sentido, una ideología detrás. Su única razón de ser es que existe una mara rival y un sistema de agresiones mutuas. “Una sola no tendría razón de ser”, explica D’Auboisson.

Ven, oyen y callan. José Ángel, María y Pablo, otros nombres falsos. Tienen 72, 50 y 24 años, respectivamente, y forman parte del mayor éxodo de desplazados internos que se recuerda en El Salvador, según la Fundación Educo. Ciento veinte familias de la región de El Bálsamo han abandonado en los últimos meses sus casas. Hicieron las maletas de noche, cogieron lo imprescindible, hasta un colchón para poder dormir donde fuera, y abandonaron sus casas sin mirar atrás.

A José Ángel, un campesino de 72 años, un día de vuelta a casa le salió en el camino Hugo, Huguito, a quien conoce desde que era pequeño. “Me pidió una colaboración con ‘ellos’ y acto seguido me saqué cinco dólares del bolsillo. Todo lo que tenía”. Cuenta que Huguito llevaba un teléfono en la mano y que al recibir los cinco dólares se lo pasó. Que recuerda la amenaza nítida: que no se riera más de ellos, con sus cinco dólares, que querían 200 cuanto antes y que si no un día no volvería a casa. “Nos matan como si fuéramos gallinas”.

Esa misma tarde consiguió los 200 dólares, un dineral en El Salvador, pidiendo prestado a sus amigos. Los entregó y lo de después ya es la maleta. La suya y la de sus hijos y la de sus nietos. Todos abandonaron sus casas, porque cuando la mara amenaza, amenaza de verdad. “Desde entonces no he vuelto a mi lugar”, solloza. La mara anda suelta.

Tampoco quiere fotos, aunque me autoriza a dar su nombre, un alcalde histórico del país. Pedro Leopoldo Montoya lleva 28 años al frente del municipio de Sacacoyo y advierte que el país puede quedarse sin jóvenes si el Estado no consigue imponerse. En el municipio, dice, “por suerte” sólo hay una mara. Cuando coinciden más de una es terrible porque se juegan el territorio a balazos en las calles. En el Salvador hay la distribución territorial administrativa, como aquí tenemos barrios, distritos y ciudades, y después hay la que realmente es importante tener en cuenta: las fronteras invi-sibles.

“Si eres de esta calle y pasas a la de allá, que controla otra pandilla, realmente te estás jugando la vida”, admite Montoya. En su “suerte” de contar con una sola pandilla y llevar 28 años de alcalde reconoce que sabe quiénes son los jefes pandilleros, que habla con ellos para mantener la “paz social”. Dice que eso no es negociar, pero admite que ellos tienen mucho poder de decidir qué es lo que se hace y qué no en Sacacoyo.

Sin duda, su largo mandato tiene algo que ver con eso porque por cada pandillero hay toda una familia detrás, y eso son muchos votos. Y esto es así a pesar de que desde el 2015 las maras están consideradas por la justicia salvadoreña como organizaciones terroristas. Desde entonces se ha endurecido la estrategia oficial para combatirlas, y las detenciones y ejecuciones en plena calle están a la orden del día. “El mensaje del Gobierno es que de la mara no se puede salir y eso justifica la política actual para combatirlas, que básicamente se centra en matarlos”, dice D’Auboisson. “Es muy difícil, pero se puede salir de las maras”.

Saúl es un buen ejemplo, aunque él mismo admite que es un ejemplo frágil. Fue un hombre fuerte en la 18 Revolucionarios, como indican los tatuajes que luce en su rostro, el relato de su vida pandillera, y que hacen de su mirada un punzón.

Después de trece años en el penal por homicidio agravado, está libre desde el mes de abril. Aunque decir que Saúl es libre es mentir, porque a pesar de que ya cumplió su condena vive limitado por sus tatuajes. El sólo hecho de pertenecer a una mara es delito, así que si la policía identifica sus tatuajes evidentes le detendrá y le llevará al penal. Tampoco puede correr el riesgo de encontrarse con un marero rival, porque lo más probable es que le mate. Incluso podrían matarle los suyos, porque la deserción está penada con la muerte salvo si es para entregarse a Dios. Así que vive clandestinamente en una iglesia bautista misionera en la colonia Dina.

Los líderes de la zona nos permiten entrar a conocer el lugar, pero igualmente tomamos todas las cautelas al empezar a circular por sus calles. Eso es bajar la velocidad del coche y también todas las ventanillas para ser bien visibles. La iglesia es una estructura muy humilde a cargo del pastor Nelson Moz, quien da cobijo a trece mareros retirados en la parte de atrás de la iglesia, donde comparten espacio los camastros y el horno donde cada mañana hacen el pan que venden en la colonia.

Sólo salen para venderlo y para evangelizar y convencer a los jóvenes del barrio de que no caigan en la vida loca. En ellos se personifica lo de predicar con el ejemplo. “El Gobierno no ha entendido el potencial de las iglesias en esta sociedad tan creyente. Estamos para acoger a los arrepentidos, aunque eso nos haya costado hasta ser detenidos –explica el pastor Moz–. Uno que saco de la calle son muchas vidas que se salvan.” (Agnes Marqués / La Vanguardia)

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