martes, 5 de septiembre de 2017

08:56:00
La fascinante historia de Jayson Blair, un gran mentiroso y, piensan algunos, un gran periodista. A continuación se reproduce el reportaje La peor noticia de 'The New York Times', de Enric González, aparecido en la edición impresa del domingo 25 de mayo de 2003 en El País. Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Jayson_Blair

Jayson Blair ingresó en The New York Times, el mejor periódico del mundo, con sólo 23 años. A los 26 años era uno de los reporteros más productivos del Times, firmaba con frecuencia en la primera página y recibía felicitaciones personales del director. El pasado 1 de mayo, con 27 años, dimitió de forma ignominiosa por cometer un fraude informativo sistemático. Blair copió e inventó durante casi toda su carrera, y, sin embargo, la dirección le consideró una estrella rutilante hasta el último día, hasta que la gran mentira cayó sobre el templo del periodismo. The New York Times llegó, según el presidente de la compañía, Arthur Sulzberger Jr., "al momento más bajo de sus 152 años de historia".

Los fraudes informativos cometidos por un joven periodista ambicioso, manipulador, con problemas personales y sometido a fuertes presiones no sólo pusieron en duda un modelo industrial considerado ejemplar, sino que hirieron al Times en el alma, en ese vínculo misterioso entre quienes hacen un diario y quienes lo leen. El caso Blair destripó a la admirada Dama Gris de Nueva York y la obligó a exhibir sus vísceras ante el público, en una insólita confesión de portada y cuatro páginas. El problema del Times es ahora cómo superar la depresión interna y cómo recuperar el crédito. En palabras de uno de sus redactores, el Times necesita "replantearse cómo se fabrica un diario".


En el mundo ideal del capitalismo, una mano invisible satisface a la vez a los propietarios de un periódico, a sus redactores y a sus lectores: un diario veraz y bien escrito atrae al público, lo que a su vez atrae a los anunciantes, lo que a su vez genera un flujo de ingresos que permite retribuir a los accionistas, pagar a los redactores e invertir en la mejora del producto, aumentando la plantilla y dotándola de más medios para informar. En el mundo real, ese ciclo virtuoso nunca es perfecto. Un diario no es un mecanismo de precisión, sino un drama de ambiciones personales, un juego de poder, un artículo perecedero hecho con urgencia y con errores, una tensión continua entre los beneficios y la calidad. Ese frágil equilibrio cotidiano se ha roto en el Times.

Jayson Blair, nacido en los suburbios de Washington, hijo de un alto administrador de la Smithsonian Institution y de una maestra, era un reportero nato. Fue director de un periódico universitario, tenía olfato para las noticias y talento para contarlas, y obtuvo su primera oportunidad como becario en The Boston Globe (propiedad de The New York Times Company) con sólo 21 años. Los otros becarios tendían a considerarle trepador y tramposo, pero sabía gustar a los jefes, según la investigación desarrollada por el propio Times a partir de más de 150 entrevistas. En el verano de 1998 obtuvo unas prácticas de 10 semanas en la augusta Redacción del Times, dentro de un programa de promoción de minorías étnicas encaminado a diversificar una plantilla muy blanca. Blair es negro, y su raza constituye uno de los aspectos más polémicos de la actual crisis. ¿Se le favoreció por el hecho de ser negro?

El otro protagonista

Howell Raines, el otro gran protagonista de la historia, no era aún director del Times cuando Blair puso por primera vez los pies en la tercera planta del edificio de Times Square. Accedió al cargo en junio de 2001. Sin embargo, muchos periodistas consideran que Blair acabó siendo "un invento" de Raines, un ejemplo de lo que el nuevo director quería de sus redactores: juventud, variedad étnica, imaginación, productividad y un estilo agresivo. Howell Raines, un hombre considerado autoritario y prepotente, tenía en la cuestión racial su punto débil. Nació en Alabama, de familia blanca y acomodada, y en los años sesenta, cuando la lucha por los derechos civiles prendió en el Estado más racista del viejo Sur, Raines optó por quedarse en casa. Esa abstención ante una causa justa le dejó un remordimiento duradero, que reconoció y trató de exorcizar con un libro sobre aquellos acontecimientos. El libro le valió un premio Pulitzer.

El pasado 14 de mayo, ya en plena crisis, el presidente de The New York Times Corporation y editor del diario, Arthur Sulzberger Jr., y el director Raines reunieron a 600 redactores (el Times tiene en total 1.100 periodistas) en el cine Loews de Broadway para dar explicaciones. Fue una asamblea tumultuosa. "Tenéis derecho a preguntar", dijo Raines, "si yo, como hombre blanco de Alabama con esas convicciones [las de aumentar la diversidad racial en la plantilla], le di una oportunidad de más... Cuando busco la verdad en el fondo de mi corazón, la respuesta es sí".

Jayson Blair ha concedido esta semana entrevistas a Newsweek y a The New York Observer. En declaraciones a este último afirmó que "era injusto" culpar a Raines, pero que, en efecto, la cuestión racial había desempeñado un papel importante en su ascenso y caída. "La discriminación positiva y el racismo influyeron, aunque no de igual forma", aseguró. "El impacto del racismo fue muy superior". Según él, un amplio grupo de mandos intermedios blancos se oponía a la promoción de los negros. Tres periodistas del Times consultados por este periódico rechazaron la tesis del racismo en la Redacción.

La carrera de Jayson Blair fue breve e intensa. Durante sus prácticas de 200 días en el verano de 1998 realizó 73 reportajes e informaciones y cooperó en muchas más. El comité de contrataciones, dirigido por actual director adjunto, Gerald Boyd, de raza negra, le ofreció incorporarse al año siguiente como reportero interino. Blair volvió en junio de 1999, ya supuestamente licenciado en periodismo (en realidad le faltaba al menos un curso), y, asignado a la sección de Sucesos, volvió a demostrar una impresionante capacidad de trabajo y un talento especial para ganarse a los altos mandos. En noviembre fue ascendido a la categoría de reportero intermedio. Su jefe en aquel momento, Charles Strum, inquieto por su vida agotadora y caótica, le recomendó que "dejara de alimentarse de whisky y cigarrillos" y que cuidara más sus textos, abundantes en pequeños errores. Los servicios de edición y comprobación del diario estaban siendo reducidos, y eso se reflejaba en las numerosas fe de erratas.

En enero de 2001, Blair era ya una figura popular en la Redacción y firmó contrato como reportero de pleno derecho.

Control de calidad

La integración de Jayson Blair en la élite del Times se produjo poco antes de que Sulzberger Jr. eligiera a Raines como director y ejecutor de un "cambio cultural" en la casa. La vieja Dama Gris estaba dando un salto hacia el futuro, apostaba fuerte por la edición electrónica y estaba a punto de adquirir un canal de televisión. "Tenemos que alcanzar nuestra audiencia utilizando todos los medios posibles... Imprenta, televisión, Internet... Todo es igualmente válido", explicó Sulzberger a EL PAÍS el pasado mes de febrero. Esa expansión requería, sin embargo, un mayor rendimiento de los periodistas (la plantilla no aumentó) y una cierta relajación de los controles de calidad. Los errores, y las correcciones consiguientes, siguieron aumentando. Con la llegada de Raines, el ritmo se aceleró. El nuevo director quería competir con los canales de información continua "inundando", según su propia definición, la cobertura de las noticias y haciendo "más rápido el metabolismo de la Redacción". Ordenó que para cada acontecimiento se movilizara a un gran número de redactores y que todo se hiciera de forma rápida (para proporcionar material a la edición electrónica) y exhaustiva (para mantener el prestigio del Times). Pese al gran tamaño de la plantilla, la fatiga empezó a extenderse.

Tanto Raines como Sulzberger declinaron hablar con EL PAÍS. Numerosos periodistas del Times consultados por este periódico y por la revista New York indicaron, sin embargo, que Raines detectó resistencia al nuevo estilo de trabajo entre los mandos intermedios y decidió reducir el poder de los jefes de sección. "Ya había resentimiento contra él antes de que estallara lo de Blair, por su estilo de liderazgo; optó por la autocracia y por una jerarquía muy vertical", explicó un redactor. Raines admitió la semana pasada que conocía esas críticas, durante la tormentosa reunión en el Loews: "Me veis inaccesible y arrogante", dijo, según la información publicada por el propio Times. "He oído que estáis convencidos de que se promociona a mis favoritos. El miedo es un problema tan grave, me dicen, que incluso los jefes de sección temen traerme malas noticias".

Las disfunciones del periódico, sin embargo, no habían comenzado con Raines. En 1999 y 2000, el Times publicó una serie de informaciones en las que se acusaba al científico Wen Ho Lee de espiar a favor de China; cuando se comprobó que las acusaciones eran infundadas hubo que publicar una rectificación de enorme tamaño. La tradicional prepotencia del "mejor diario del mundo" sufrió un duro golpe.

Llegó el 11 de septiembre de 2001 y el Times hizo un extraordinario esfuerzo. Sus Retratos en luto, una serie de pequeñas y cuidadas biografías de cada una de las casi 3.000 víctimas de los atentados, enamoraron a los lectores y al resto de la profesión. Unos meses después, la Dama Gris arrasó en los Pulitzer y acaparó siete de los 14 premios.


Blair no participó en los Retratos en luto. Alegó que un familiar suyo había muerto en el Pentágono y que no se sentía capaz. Era falso. Por entonces, el prometedor reportero se deslizaba ya por una pendiente de alcohol y cocaína. Una de sus informaciones de la época, un simple concierto en beneficio de las víctimas y en homenaje a los bomberos, requirió una larguísima rectificación. "Estaba borracho esa noche", explicó Blair a The New York Observer.

Jayson Blair trabajaba entonces para la sección de Local, uno de los baluartes de la oposición al nuevo estilo de Raines. El jefe de Local, Jon Landsman, era considerado un modelo de ética y profesionalidad, pero era visto por Raines, según varios redactores, como un estandarte de la vieja guardia resistente a los cambios.

En enero de 2002, Landsman envió al director adjunto, Gerald Boyd, un correo electrónico en el que advertía del "gran problema" que constituía Blair, y habló varias veces con el conflictivo redactor para que se enmendara. En sus recientes declaraciones al Observer, Blair calificó a su ex jefe de "hombre honesto y honorable". A principios de abril de 2002, Landsman envió un nuevo mensaje a la cúpula del periódico con una frase lapidaria: "Hay que impedir que Jayson siga escribiendo para el Times". Blair recibió una reprimenda formal y se tomó una breve baja para acudir a una clínica de desintoxicación.

Un "joven ávido" de noticias

A su vuelta estalló el caso del francotirador de Washington. Como era de esperar, Raines inundó la cobertura con seis reporteros, apoyados por otros tantos en la Redacción. Y asombrosamente, Blair fue enviado a Washington. Según el director adjunto, porque había nacido en la zona y la conocía bien. El director dijo que veía en él a un "joven ávido", pese a las advertencias de Landsman. En poco tiempo, Jayson Blair pareció dar la razón a los directores consiguiendo una exclusiva: un conflicto entre los fiscales del Estado de Maryland y los fiscales federales había obligado a interrumpir el interrogatorio de uno de los dos sospechosos, John Muhamad, justo cuando éste empezaba a explicar las razones de los crímenes. Los fiscales de ambas jurisdicciones negaron con vehemencia esa información, basada en fuentes anónimas. Pero Raines envió una nota de felicitación a su "joven ávido". Unos días después, Blair consiguió otra noticia sensacional: los indicios forenses señalaban al supuesto cómplice de Muhamad, Lee Malvo, menor de edad, como autor material de los disparos. Otra vez las fuentes eran anónimas. Las dos grandes exclusivas fueron inventadas, a partir de algunos datos reales.

El jefe de la sección de Nacional, Jim Roberts, no había sido advertido de los problemas de Blair y de su tendencia a fantasear. Landsman tampoco le había dicho nada, porque, a pesar de que se sentaban uno junto a otro en las reuniones diarias, no se soportaban, según la revista New York. "Falló la comunicación interna", admitió Sulzberger en el Loews. Roberts, por tanto, no sospechaba que Jayson Blair ni siquiera estaba en Washington. Buena parte de las informaciones sobre el francotirador fueron transmitidas desde su apartamento de Brooklyn, según constató la investigación interna del Times.

La guerra de Irak fue el capítulo final. Blair estaba harto del "nido de víboras" de la Redacción, según sus propias palabras, y del nivel de exigencia. Sus problemas, dijo al Observer, no procedían de la cocaína, sino al contrario: ésta le permitía soportar la competitividad extrema impuesta por Raines.

Los grandes periódicos proporcionan a sus redactores prestigio y buenos sueldos. Pero tienen un problema: es difícil abandonarlos. Sin esa movilidad lateral, hacia otros medios, se crea una extraña sensación psicológica por la cual quien no asciende se siente en peligro de descender y a merced de la simpatía, o antipatía, del director. Ésa es una de las explicaciones de Blair a sus amigos para justificar su angustia y su necesidad de proporcionar al periódico historias cada vez más interesantes y más humanas. Y cada vez más falsas.

Blair hizo un trabajo aparentemente espléndido durante la guerra. Con la Redacción diezmada por el envío de decenas de personas a Irak, el joven reportero empezó a recorrer el país en busca de historias. Hablaba con padres de prisioneros, con esposas de soldados, con heridos de guerra, y su firma saltaba de Tejas a West Virginia, y de Virginia a Maryland. En realidad, no se movía de Nueva York. En ocasiones escribía en la propia sede del diario. Pero nadie se fijó, ni en eso ni en el hecho de que, en cinco meses de supuestos viajes frenéticos, Blair no presentó en sus notas de gastos ningún billete de avión, ninguna factura de hotel, ningún contrato de alquiler de coche.

Aprendió a entrar en el archivo fotográfico informatizado del periódico y a hacer descripciones basadas en las imágenes captadas por los fotógrafos, a robar frases de otros periódicos y a inventar con la máxima audacia. Como los sujetos de sus reportajes eran descritos de forma amable, no se quejaban. Uno de ellos explicó más tarde que daba por supuesto que la prensa manipulaba, y que, por tanto, no le pareció extraño que se pusieran en su boca palabras que nunca había dicho. Los redactores del Timesquedaron boquiabiertos y deprimidos.

El padre de la soldado Lynch

El pasado 27 de marzo, Blair envió desde Palestine, West Virginia, una entrevista con el padre de la soldado Jessica Lynch, capturada por los iraquíes y rescatada por una patrulla estadounidense. Y escribió que el padre, Gregory Lynch, estaba en el porche de su casa, desde el que se veían "campos de tabaco y pastos de ganado". En realidad, la casa de los Lynch está en un barranco y desde el porche sólo se ven unos troncos y maleza. "Nos reímos mucho con esa descripción", comentó después una hermana de Jessica a los investigadores del Times. "Ésa fue mi [invención] favorita", dijo Blair al Observer, también entre risas.

El 26 de abril, Jayson Blair publicó una entrevista, supuestamente realizada en Tejas, con la madre de una soldado desaparecida en combate. Blair nunca estuvo en casa de esa mujer. La entrevista contenía párrafos copiados literalmente de otra realizada por el diario Express-News de San Antonio. El director del diario tejano se lo hizo notar al director del Times, y The Washington Post, el gran competidor del Tim

es, reveló en sus páginas la extraña "coincidencia". "Mientras escribía aquello", confesó Blair el miércoles, "sólo pensaba en una cosa: ¿cuánto tardarán en pillarme?". "Para que Jayson Blair viviera", añadió, "el periodista tenía que morir".

Tardaron cuatro días. Blair fue convocado por la dirección, y ante el cúmulo de pruebas en su contra prefirió dimitir sin confesar su culpa. El 11 de mayo, el Times publicó la extraordinaria confesión de cuatro páginas, con los fraudes del reportero y la increíble cadena de errores, incomunicación y omisiones que los habían hecho posibles. Para muchos, fue una autohumillación excesiva. Fue, en cualquier caso, una nueva prueba de que al director, Howell Raines, le gustaba la grandiosidad incluso en las derrotas. El pasado miércoles, Raines anunció en un comunicado interno la próxima contratación de 20 nuevos periodistas, en un reconocimiento implícito de que había exprimido a la Redacción más allá de lo razonable.

Jayson Blair ha reiniciado un tratamiento en una clínica de Manhattan y se ha puesto en manos de un agente que espera conseguir para el joven, entre derechos literarios y cinematográficos, un millón de dólares por la historia de la gigantesca estafa periodística.

Howell Raines ofreció públicamente su dimisión al editor, Arthur Sulzberger Jr., durante la asamblea del cine Loews. Sulzberger se negó a aceptarla, pero el prestigio de Raines ya estaba muy dañado y su futuro a largo plazo resultaba incierto, según varios redactores consultados.

La investigación interna sigue abierta en el Times. Además de reportajes de Blair se escudriñan los artículos de otros redactores no identificados. La fiscalía federal ha abierto también una investigación para comprobar si los fraudes de Blair constituyeron delito.

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