lunes, 29 de mayo de 2017

09:18:00
WASHINGTON D.C., 29 de mayo de 2017.- Hace un par de meses se subastó un diario de juventud de John Fitzgerald Kennedy (JFK), de la breve época en que fue corresponsal en Europa, y en él dedicaba unas líneas a Adolf Hitler que han envejecido rematadamente mal. “Dentro de unos años, Hitler emergerá del odio que le rodea como una de las figuras más significativas que hayan existido”, decía en el año 1945. “Tenía una ambición tan ilimitada por su país que se convirtió en una amenaza para el mundo, pero había un misterio sobre él y su muerte que persistirá y crecerá tras él”, escribió también.

No ha habido mayor escándalo, pero son tantas las veces que se ha rebatido la leyenda kennediana de presidente idílico que la supervivencia del mito puede darse casi por garantizada, inmune a revisionismos. Hoy, 29 de mayo, se cumplen 100 años del nacimiento del primer presidente llegado al mundo en el siglo XX, aquel joven carismático, católico, de esposa glamurosa y discursos legendarios que ha llenado estos días EE UU de exposiciones y actos conmemorativos.

John F. Kennedy saluda a los asistentes a una manifestación en Ft. Worth, Texas, el 22 de noviembre de 1963. (BIBLIOTECA PRESIDENCIAL DE JOHN F. KENNEDY / EFE)

Dice Thomas Cronin, miembro de la última generación de politólogos que trató y estudió a Kennedy en vida, que la leyenda continúa, pero que la mayor parte de los alumnos de su universidad no sabrían hablar más de dos o tres minutos seguidos sobre JFK, que recordarían su sueño de llegar a la Luna, que sentó las bases para las fuerzas de paz y, por supuesto, que lo mataron. No mucho más. Y Cronin, de 77 años, es profesor de Política en Colorado.

Sorprende lo poco reverencial de su análisis en contraste con el de la mayoría de los analistas actuales. “Fue un buen líder, un buen presidente, pero pragmático. Fue más reticente a los derechos civiles de lo que podría haber sido y muchos de sus éxitos tuvieron lugar tras su muerte”, explica el profesor, que trabajó en la Casa Blanca durante la presidencia posterior, de Lyndon B. Johnson.

En 1973, a los 10 años de que lo asesinaran en Dallas, The New York Times hizo un balance de su figura y, entre otros, entrevistó a un joven Cronin. JFK, les dijo, “era como una de esas obras griegas, representaba la bondad y la esperanza y, al desaparecer tan pronto, nos permitimos pensar que hubiera hecho las cosas que merecían la pena”. Hoy no piensa muy distinto.

Las contradicciones de JFK

¿Sería Kennedy el presidente más recordado de América si no lo hubieran matado a los 46 años? Probablemente no, pero es imposible saber cuál hubiera sido su obra de gobierno posterior para merecerlo o no. ¿Y es el más recordado solo porque fue asesinado? Tampoco. Estados Unidos tiene una negra historia de magnicidios, pero no se recuerda a William McKinley y James A. Garfield como se evoca a Abraham Lincoln o a JFK.

En aquel artículo de 1973, el reputado historiador William Leuchtenburg dijo que JFK “acabaría tragado por la historia”. Esa frase también ha envejecido mal; todos los presidentes siguen midiéndose con Kennedy, a quien en tan solo mil días de Gobierno (1961-1963) se le reconoce haber evitado una guerra nuclear, haber puesto el foco en los derechos civiles y algo más intangible, haber llenado el país de optimismo.

“¿Hubieran llegado los humanos tan pronto a la Luna si no se hubiese fijado esto como lo que entonces parecía un objetivo extravagante?”, pregunta Larry Sabato cuando se le plantea el contraste entre mito y logros. Sabato, un conocido politólogo de Virginia autor de Kennedy Half Century, desgrana los méritos: “De él se recuerda como un triunfo su gestión de la crisis de los misiles con Cuba, haber puesto el foco en los derechos civiles y las fuerzas de paz pueden considerarse un monumento vivo a Kennedy. Su estilo, tan inspirador, también pervive, y eso no tiene por qué subestimarse”.

Entre los pecados, apunta que JFK “no estuvo tan comprometido con los derechos civiles como debía hasta los últimos meses de su vida, y tanto él como su hermano ignoraron las libertades civiles para entrar en una alianza infame con el director del FBI, J. Edgar Hoover”. “Obviamente”, añade, “la invasión de Bahía Cochinos fue un desastre, pero aprendió de ello, y en un presidente es muy importante ver su curva de aprendizaje”. Sabato argumenta que, de haber sobrevivido, los errores de Lyndon B. Johnson con Vietnam o Richard Nixon con el Watergate no se hubieran producido. En cuanto a los “los fallos morales de Kennedy”, añade, “son tan temerarios como los de Bill Clinton o los de Donald Trump”.

Los americanos han digerido los claroscuros del personaje, que el mismo hombre de los discursos fabulosos tenía un sórdido historial sexual, había ganado las elecciones entre rumores de fraude, puso de fiscal general a su propio hermano y, según abordó hace unos años El lado oscuro de Camelot (Seymour Hersh, 1997), hasta tuvo relaciones con la mafia.

El análisis de Kennedy de los académicos, más centrado en logros concretos, siempre es más duro que el del imaginario popular. “El factor sentimental, también merece ocupar su sitio en el examen a un líder”, apunta Sabato.

A JFK se le asocia también con una época de esplendor que empezó a decaer tras su muerte. “Estados Unidos era aún el líder industrial del mundo, líder petrolero, se le veía en el lado bueno de la Guerra Fría y Vietnam no se había convertido aún en una guerra primordialmente americana, las tensiones de los sesenta tampoco habían estallado aún… La sensación es que todo empezó a ir mal después de su muerte”, explica Michael Kazin, profesor de historia en Georgetown. Era guapo, ocurrente, tenía una familia bonita y se sentía en la televisión como pez en el agua. “Era una celebridad televisiva, el primer presidente que lo fue; Donald Trump lo es también, pero divisivo”. (Amanda Mars / El País)