jueves, 15 de diciembre de 2016

11:11:00
MADRID, 15 de diciembre de 2016.- El padre de Mickey Mouse también lo fue, en sentido figurado, de cientos de directores. Las películas con el sello de la factoría Disney, desde Blancanieves y los siete enanitos hasta el El libro de la selva, la última supervisada personalmente por "el tío Walt", fueron la primera experiencia cinematográfica de varias generaciones de cineastas y, en muchos casos, el inicio de su vocación. Sus avances técnicos y su empeño por mezclar animación e imagen real sentaron las bases del cine de entretenimiento que ahora domina las carteleras de todo el mundo. Actualmente, su influencia en el imaginario colectivo es omnímoda, más aún desde la compra de Marvel y Lucasfilm.


Uno de los primeros en reconocer la deuda contraída con el genio de Chicago fue Osamu Tezuka, considerado como "el dios del manga". El creador de Astroboy adoraba Bambi sobre todas las cosas (la vio más de 80 veces) y tomó prestadas las cabezas redondas y los ojos grandes y expresivos de los personajes de la Casa del Ratón para elaborar sus propios cómics y animes, los más influyentes en Japón hasta la llegada de Hayao Miyazaki y su Studio Ghibli.

Pero quizá sea Steven Spielberg quien más le deba al creador de Mickey Mouse. En una reciente entrevista lo reconocía: "su influencia es enorme en mi cine. Viendo sus películas me di cuenta de que podía sentirme al borde de la muerte en un instante para que me rescataran justo después". No es casual que Inteligencia Artificial, por más que inicialmente fuera un proyecto de Stanley Kubrick, esté basada en gran parte en Pinocho, ni que en las películas de Spielberg lo sentimental quede en muchos casos por encima de lo narrativo, como demuestra Mi amigo el gigante, su último (y muy disneyano) trabajo.

En un sentido más amplio, George Lucas, compañero de batallas y de imaginería infantil de Spielberg, también guarda un vínculo muy especial con Disney. Es algo que va más allá del celuloide y que entronca con su megalómana visión empresarial, los parques temáticos y el merchandising que todo lo inunda.

El legado del dibujante, director y empresario está ahora en las mejores manos, las de John Lasseter, que quedó marcado para siempre cuando vio Merlín el encantador, allá por 1963. El fundador de Pixar y responsable de Toy Story también lo fue de reflotar una compañía que estaba dando palos de ciego hasta que encontró en la animación digital en 3D su santo grial.

Lasseter consiguió superar las reticencias iniciales de una multinacional en la que la opinión de los ejecutivos tenía mucho más peso que la de los cineastas. Inspirado por la fórmula inicial de Disney ("por cada risa debe haber una lágrima"), ha conseguido dotar de mucha más profundidad y variedad a sus personajes, y ha devuelto a los animadores el protagonismo perdido desde que es director creativo de la compañía. Él es quien debe marcar el camino, el depositario de una herencia que, más que en millones de dólares, debería medirse en la ilusión que sólo los ojos de un niño pueden transmitir. (Ismael Marinero / El Mundo)