jueves, 22 de diciembre de 2016

19:00:00
BARCELONA, 22 de diciembre de 2016.- En octubre de 1977, dos hombres irrumpieron en la casa de una mujer en Memphis y la violaron salvajemente. La mujer, posteriormente, identificó a su vecino Lawrence McKinney, que entonces tenía 22 años, y a otro hombre del barrio como uno de sus violadores. Un año después, un tribunal le condenó a 115 años de cárcel por robo y violación.

Según explica ahora su abogado a la CNN, tuvieron que pasar 28 años de condena para que aceptara los cargos por robo -pero no por violación- y McKinney sólo lo hizo con la aspiración de que esto le permitiera salir antes de la cárcel.

Lawrence McKinney, liberado en 2009 tras 31 años en prisión.

En 2008, sin embargo, el examen de los restos biológicos que había en la cama de la mujer violada reveló que había manchas de tres personas, pero que en ningún caso eran de McKinney. Las pruebas de ADN confirmaban la presencia de la víctima y del otro hombre condenado.

Como consecuencia de estas nuevas pruebas, en el año 2009 Lawrence McKinney fue puesto en libertad. Como compensación por los 31 años pasados injustamente en prisión, el sistema penitenciario estadounidense le entregó un cheque de 75 dólares. Y le animó así a empezar una nueva vida.

McKinney, además, no pudo cobrar estos 75 dólares hasta pasados tres meses porque, después de tres décadas en prisión, no tenía el carné de identidad en vigor.

El motivo por el que el sistema penitenciario se limitó a darle esta insultante compensación es que la Junta de Libertad Condicional decidió que podía salir en libertad, pero se niega a exonerarle de sus delitos.

Si la Junta decidiera que el caso de McKinney merece una exoneración, la compensación a la que podría optar sería de un millón de dólares.

Esta Junta de Libertad Condicional, sin embargo, alega que no hay pruebas de su inocencia y argumenta también que McKinney cometió 97 infracciones estando en prisión, incluyendo una agresión a otro preso.

McKinney ha rehecho su vida y en el año 2010 se casó con una mujer con la que se escribía cartas desde prisión. Ahora, explica a la CNN que tiene un único dese: “Aunque he pasado más de la mitad de mi vida en prisión, encerrado por un crimen que no cometí, no tengo amargura ni estoy enfadado con nadie”. (La Vanguardia)