jueves, 1 de diciembre de 2016

19:57:00
PARÍS, Francia, 1 de noviembre de 2016.- François Hollande tira la toalla. Por primera vez en la historia de la Quinta República francesa, un presidente renuncia a ser reelegido. Consciente de su impopularidad, incluso dentro de la propia izquierda, y consciente de que su candidatura no haría más que agravar las divisiones dentro de un socialismo ya muy fragmentado, Hollande ha tomado, en nombre "del interés superior del país", una decisión que dignifica un mandato mediocre. Su primer ministro, Manuel Valls, tiene ahora pista libre para presentar su propia candidatura e intentar lo que en este momento parece casi imposible: erigir una alternativa plausible frente a la derecha de François Fillon y la ultraderecha de Marine Le Pen.

"Sólo me mueve el interés superior de Francia", ha señalado el jefe de Estado. (AFP)

Hollande, el segundo jefe del Estado socialista de Francia después de François Mitterrand, disponía de una opción equivalente, en términos electorales, al botón nuclear: podía presentarse como candidato en calidad de presidente, sin concurrir a las primarias del Partido Socialista y desplazando de un sólo golpe a todos sus rivales internos. Manuel Valls y los demás aspirantes, como Arnaud Montebourg, se habrían visto obligados a renunciar por lealtad o a asumir la acusación de traidores respecto al hombre que recuperó el poder para el socialismo tras los 14 años de Jacques Chirac y los cinco de Nicolas Sarkozy. Pero eso, al mismo tiempo, habría sumido el partido en el caos. Las primarias constituyen un compromiso firme del PS con sus militantes y electores desde que, en 2012, las ganó François Hollande.

El presidente llevaba tiempo alimentando la intriga sobre su decisión. Nadie la conocía. Sus colaboradores más cercanos estaban convencidos de que Hollande, un adicto a la política que llegó al puesto de máximo poder en la República sin haber sido siquiera ministro, volvería a intentarlo. Pese a su impopularidad, pese a haber incumplido su promesa de reducir sustancialmente el desempleo (las cifras de paro han bajado en los últimos meses, pero muy poco, y siguen rondando el 10%), pese a todo: creían que Hollande, que ganó las anteriores elecciones presidenciales partiendo de unos niveles bajísimos en los sondeos, trataría de repetir la jugada.

Un gesto de lucidez

"Los rituales del poder no me han hecho perder la lucidez", proclamó Hollande en una alocución televisiva en directo. "Soy consciente de los riesgos que implicaría una iniciativa [presentarse a la reelección] que no suscitaría la unidad en torno a mí". Renunció "asumiendo toda la responsabilidad pero haciendo también un llamamiento a una sacudida del progresismo. No quiero que Francia se exponga a aventuras peligrosas". Nadie discutió su lucidez. Para la derecha, Hollande fue lúcido al admitir su fracaso como presidente. Para la izquierda, fue lúcido por adoptar una decisión difícil y valiente.

François Hollande justificó en parte su decisión por la necesidad de ser presidente a tiempo completo hasta el día de la segunda y definitiva vuelta de las elecciones, el 7 de mayo, sin ocupar la mayor parte de su tiempo haciendo campaña. "El riesgo terrorista nunca ha sido mayor que ahora", proclamó. Pero no renunció a defender su balance, del que se declaró orgulloso con una excepción: lamentó haber intentado retirar la nacionalidad a los franceses culpables de delito de terrorismo. Con esa medida, retirada antes de que el Tribunal Constitucional la rechazara, esperaba haber congregado en torno a su figura a una gran mayoría de los ciudadanos. Reconoció que, al contrario, provocó una profunda división.

Por lo demás, afirmó que, pese a haber gobernado una Francia sacudida por los peores atentados de su historia, había saneado las cuentas públicas y controlado la deuda (ambas cosas muy discutibles), evitado la ruptura del euro y luchado con éxito contra las políticas de austeridad, además de enviar tropas a Mali, República Centroafricana e Irak para combatir el terrorismo islamista. (Enric González / El Mundo)