lunes, 14 de noviembre de 2016

11:54:00
Carlos Loret de Mola Álvarez / 14-XI-16

Confieso que me pegó tarde la tristeza. En la vorágine de estar trabajando durante la elección estadounidense, tardé en dejarme impactar por la noticia. Ya saben, la regla esa de que uno tiene que tomar distancia, informar con la mayor frialdad posible.

Una elección cerrada, una noche que no parecía terminar nunca, hora y media de sueño para despertar a seguirle, ¿se estará moderando de verdad Trump?, ¿quién será su gabinete?, las protestas contra él, qué piensa hacer México. Demasiadas cosas en la mesa fueron como un blindaje.

Pero el blindaje no resistió más.

Hay quien siente la tristeza en el corazón, en el estómago o como un vacío por dentro. Yo la tristeza la siento entre los ojos, incrustada atrás de la nariz, como una especie de sinusitis que me cierra los párpados.

Y ahí la tengo.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, el miércoles 9 de noviembre, en su primera comparecencia desde la Casa Blanca tras las elecciones del martes, ganadas por Trump frente a su rival demócrata, Hillary Clinton, contra todo pronóstico. Obama prometió llevar a cabo una "transición pacífica". "Estamos todos en el mismo equipo. No somos republicanos o demócratas primero, sino americanos primero, patriotas primero y todos queremos lo mejor para nuestro país", enfatizó Obama. Junto a él, el vicepresidente Joe Biden. (Getty Images)

Me han platicado de muchísimos niños, en México y Estados Unidos, que por primera vez vieron horas de noticias en televisión, esperando el resultado de una elección que les atemoriza. Mi ahijada, de 7 años, que vive en Texas, no aguantó hasta la madrugada, pero tan pronto se despertó, corrió asustada a preguntar a sus papás quién ganó. Vaya manera de estrujar su inocencia.

Me cuenta un extraordinario amigo que radica legalmente allá, que los compañeritos de su hijo de 9 años se despidieron de él a la mañana siguiente y le dijeron que lo van a extrañar en el colegio.

Y a él le fue bien. Porque en una escuela de Michigan a los chavitos latinos los recibieron gritando el coro de Trump: build-that-wall!!! (construye ese muro). Maestras, maestros –seguro votaron republicano– pasan por alto las agresiones que hace una semana hubieran sancionado.

A la hija adolescente de una pareja que lleva años viviendo en Estados Unidos la recibieron en la escuela con una hoja de papel que era un improvisado certificado de deportación. Enojada, se la arrancó a su dizque amiga, la hizo bolita y se la devolvió. La estadounidense contraatacó metiéndole el pedazo de basura en la boca.

Brotes así se denuncian por todos lados. Plagan las redes sociales. A los nuestros los insultan, les dicdicen frijoleros, les gritan con fiereza que se pongan a construir el muro, que se regresen a su país hacer tortillas.

Converso con mexicanos y mexicanas que viven allá y me cuentan también de la discriminación no verbal. Vecinos que, desde el miércoles, no los saludan cuando se topan casualmente. Por alguna razón que ni ellos entienden bien, salen de sus casas con la cabeza baja. Me lo dicen y se les sienten las ganas de llorar.

Se ha desatado la discriminación en el súper, al poner gasolina, en los restaurantes.

Llego a casa y mis hijos están asustados porque ganó Trump. La conversación en su recreo es que va a hacerle la guerra a México para obligarnos a pagar el muro. ¿Con qué derecho han generado esto en tantas mentes inocentes?

El triunfo de Donald Trump se volvió una licencia para injuriar. Abrió la puerta del calabozo para que el odio goce de libertad. ¿Con qué maldito derecho?