lunes, 21 de noviembre de 2016

11:39:00
CIUDAD DEL VATICANO, 21 de noviembre de 2016.- «Quedarse solamente en la ley equivale a banalizar la fe y la misericordia divina», «incluso en los casos más complejos, en los que se siente la tentación de hacer prevalecer una justicia que deriva sólo de las normas, se debe creer en la fuerza que brota de la gracia divina». Lo escribió Papa Francisco en la Carta apostólica «Misericordia et misera», con la que cierra el Jubileo extraordinario, pero con la que también mantiene abiertas muchas «puertas»: entre las decisiones concretas están la de mantener en servicio a los «misioneros de la misericordia», la de seguir concediendo a todos los sacerdotes la facultad de absolver a las personas que hayan cometido el pecado del aborto (aunque ya haya terminado el Año Santo), la de seguir reconociendo válidas y lícitas las absoluciones impartidas por los sacerdotes lefebvrianos y la de instituir una Jornada mundial de los pobres.

Papa Francisco firmando la Carta Apostólica "Misericordia et misera", durante la clausura del Jubileo de la Misericordia en la Plaza San Pedro. (AP)

El nuevo documento papal parte de las dos palabras, «misericordia et misera», que San Agustín utilizó para narrar el encuentro entre Jesús y la adúltera que habría debido ser lapidada según la ley y que es perdonada, una página del Evangelio que «puede ser asumida, con todo derecho, como imagen de lo que hemos celebrado en el Año Santo». Francisco recuerda que el centro de ese episodio evangélico no son «la ley y la justicia legal», «sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo». No se encuentran «el pecado y el juicio en abstracto», sino «una pecadora y el Salvador. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón». «Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado —comenta el Papa—, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera».

La misericordia suscita alegría

«Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios —escribe Bergoglio— queda sin el abrazo de su perdón. Por este motivo, ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia; ella será siempre un acto de gratuidad del Padre celeste, un amor incondicional e inmerecido. No podemos correr el riesgo de oponernos a la plena libertad del amor con el cual Dios entra en la vida de cada persona». El Papa recuerda que la misericordia suscita alegría, por lo que, en un mundo en el que «se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas», incluso los jóvenes, con su futuro «en manos de la incertidumbre que impide tener estabilidad», se necesitan «testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales».

Difundir y conocer la Escritura

La intención del Papa parece ser la de querer cerrar la Puerta Santa pero no el tiempo de la misericordia, seguir celebrándola, sobre todo en la misa y en la oración: «antes que el pecado, tenemos la revelación del amor con el que Dios ha creado el mundo y los seres humanos. El amor es el primer acto con el que Dios se da a conocer y viene a nuestro encuentro». Francisco propone se escuche con mayor intensidad la Palabra de Dios. Le recomienda a los sacerdotes que cultiven la predicación, que «será tanto más fructuosa, cuanto más haya experimentado el sacerdote en sí mismo la bondad misericordiosa del Señor». «Sería oportuno —añade— que cada comunidad, en un domingo del Año litúrgico, renovase su compromiso en favor de la difusión, conocimiento y profundización de la Sagrada Escritura».

Que los «misioneros de la misericordia» no se detengan

El Papa vuelve a impulsar el sacramento de la reconciliación. Agradece a los «misioneros de la misericordia», que han llegado a las diócesis del mundo, y anuncia que su servicio «no cesará con la clausura de la Puerta Santa. Deseo que se prolongue todavía, hasta nueva disposición, como signo concreto de que la gracia del Jubileo siga siendo viva y eficaz, a lo largo y ancho del mundo».

Sacerdotes, sean generosos en el confesionario

El Papa pide que los sacerdotes confesores sean «acogedores con todos; testigos de la ternura paterna, a pesar de la gravedad del pecado; solícitos en ayudar a reflexionar sobre el mal cometido; claros a la hora de presentar los principios morales; disponibles para acompañar a los fieles en el camino penitencial, siguiendo el paso de cada uno con paciencia; prudentes en el discernimiento de cada caso concreto; generosos en el momento de dispensar el perdón de Dios». El sacerdote en el confesionario debe ser «magnánimo de corazón». Francisco recuerda que «no existe ley ni precepto que pueda impedir a Dios volver a abrazar al hijo que regresa a él reconociendo que se ha equivocado, pero decidido a recomenzar desde el principio. Quedarse solamente en la ley equivale a banalizar la fe y la misericordia divina». E «incluso en los casos más complejos, en los que se siente la tentación de hacer prevalecer una justicia que deriva sólo de las normas, se debe creer en la fuerza que brota de la gracia divina». El Papa pide que los sacerdotes eviten «comportamientos que contradigan la experiencia de la misericordia» que buscan las personas. La confesión necesita «volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana; por esto se requieren sacerdotes que pongan su vida al servicio del «ministerio de la reconciliación».

Todos los sacerdotes podrán seguir absolviendo el aborto

Y para ello, el Papa concede «de ahora en adelante» a todos los sacerdotes, «en razón de su ministerio, la facultad de absolver a quienes hayan procurado el pecado de aborto», extendiendo en el tiempo, «no obstante cualquier cosa en contrario», lo concedido durante el tiempo jubilar. «Quiero enfatizar con todas mis fuerzas —añade— que el aborto es un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente. Con la misma fuerza, sin embargo, puedo y debo afirmar que no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido que pide reconciliarse con el Padre». También se establece otra extensión para las absoluciones impartidas por los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, fundada por Lefebvre: «confiando en la buena voluntad de sus sacerdotes, para que se pueda recuperar con la ayuda de Dios, la plena comunión con la Iglesia Católica, establezco por decisión personal que esta facultad se extienda más allá del período jubilar, hasta nueva disposición».

Cercanía y consolación

Después el Papa habla sobre el rostro de la consolación en la Carta apostólica. La «misericordia se expresa también en la cercanía, en el afecto y en el apoyo que muchos hermanos y hermanas nos ofrecen cuando sobrevienen los días de tristeza y aflicción». «Enjugar las lágrimas —explica— es una acción concreta que rompe el círculo de la soledad en el que con frecuencia terminamos encerrados». Y si no hay palabras adecuadas, también «el silencio es de gran ayuda; porque en algunos momentos no existen palabras para responder a los interrogantes del que sufre».

Familias que deben ser acogidas

En un párrafo dedicado a la familia, Francisco retoma la importancia del discernimiento sugerido en la exhortación «Amoris laetitia»: «No podemos olvidar que cada uno lleva consigo el peso de la propia historia que lo distingue de cualquier otra persona. Nuestra vida, con sus alegrías y dolores, es algo único e irrepetible, que se desenvuelve bajo la mirada misericordiosa de Dios. Esto exige, sobre todo de parte del sacerdote, un discernimiento espiritual atento, profundo y prudente para que cada uno, sin excluir a nadie, sin importar la situación que viva, pueda sentirse acogido concretamente por Dios».

Obras concretas para los que sufren

Al final, el Papa se refiere a los signos concretos: «Es el momento de dejar paso a la fantasía de la misericordia para dar vida a tantas iniciativas nuevas, fruto de la gracia». Recuerda que «todavía hay poblaciones enteras que sufren hoy el hambre y la sed», y «grandes masas de personas siguen emigrando de un país a otro en busca de alimento, trabajo, casa y paz». Se refiere a las cárceles, «lugares en los que, con frecuencia, las condiciones de vida inhumana causan sufrimientos, en ocasiones graves, que se añaden a las penas restrictivas». También habla sobre la «cultura del individualismo exasperado, sobre todo en Occidente, hace que se pierda el sentido de la solidaridad y la responsabilidad hacia los demás. Dios mismo sigue siendo hoy un desconocido para muchos; esto representa la más grande de las pobrezas y el mayor obstáculo para el reconocimiento de la dignidad inviolable de la vida humana».

Misericordia como valor social

En síntesis, «las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social. Ella nos impulsa a ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas». No tener trabajo «y no recibir un salario justo; no tener una casa o una tierra donde habitar; ser discriminados por la fe, la raza, la condición social» son «condiciones que atentan contra la dignidad de la persona». E insiste: «¡Cuántas son las situaciones en las que podemos restituir la dignidad a las personas para que tengan una vida más humana! Pensemos solamente en los niños y niñas que sufren violencias de todo tipo, violencias que les roban la alegría de la vida. Sus rostros tristes y desorientados están impresos en mi mente». Después de haberse referido al «carácter social» de la misericordia y a la necesidad de «hacer que crezca una cultura de la misericordia», «en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos».

La Jornada Mundial de los Pobres

Es tiempo de misericordia «para que los pobres sientan la mirada de respeto y atención de aquellos que, venciendo la indiferencia, han descubierto lo que es fundamental en la vida»; para que «cada pecador no deje de pedir perdón». A la luz del Jubileo de las personas socialmente excluidas, concluye Francisco, «intuí que, como otro signo concreto de este Año Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la Jornada mundial de los pobres. Será la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el cual se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir de las obras de misericordia. Será una Jornada que ayudará a las comunidades y a cada bautizado a reflexionar cómo la pobreza está en el corazón del Evangelio». (Andrea Tornielli / Vatican Insider)