lunes, 14 de noviembre de 2016

13:19:00
MADRID, España, 14 de noviembre de 2016.- La probabilidad de una persona de desarrollar una enfermedad cardiovascular y, por tanto, de sufrir un infarto o un ictus, viene condicionada por su ADN. Y es que como han mostrado infinidad de estudios, las personas que han heredado algunas variantes de ciertos genes tienen un riesgo cardiovascular muy, pero que muy, elevado. Entonces, y dado que el ADN no se puede modificar, ¿no hay nada que estas personas puedan hacer para evitar fallecer por un infarto? Pues sí. Simplemente tienen que adoptar un estilo de vida saludable. Es decir, no fumar, practicar ejercicio y evitar el exceso de peso, medidas que es bien sabido que reducen el riesgo cardiovascular de cualquier persona. De hecho, un estudio dirigido por investigadores del Hospital General de Massachusetts en Boston (EE.UU.) muestra que la población con una elevada predisposición genética a desarrollar una enfermedad cardiovascular puede reducir su riesgo de infarto o de episodio de muerte súbita a la mitad por el simple hecho de adoptar un estilo de vida saludable.

Como explica Sekar Kathiresan, director de esta investigación publicada en la revista The New England Journal of Medicine, «el mensaje de nuestro estudio es, simplemente, que el ADN no dicta nuestro destino. Hay muchas personas, y no solo entre la población general, sino también entre los médicos, que piensan que el riego genético es inevitable. Pero parece que esto no es así en lo que concierne al infarto de miocardio».

Perfiles de riesgo

El estudio tuvo por objetivo evaluar si la adopción de un estilo de vida saludable puede mitigar el riesgo genético de padecer una enfermedad cardiovascular. Y para ello, los autores analizaron los historiales médicos y los datos genéticos de más de 55.000 adultos participantes en cuatro grandes ensayos clínicos: el Estudio sobre el Riesgo de Aterosclerosis en las Comunidades, El Estudio de Salud del Genoma de la Mujer y el Estudio sobre Dieta y Cáncer de Malmö, trabajos prospectivos con un seguimiento superior a los 20 años; y el Estudio BioImage, en el que se analizaron por pruebas de imagen distintos factores de riesgo, caso de la presencia de placas ateroscleróticas en las arterias coronarias.

Los autores asignaron a cada participante un riesgo genético de enfermedad cardiovascular en función de que portaran o no cualquiera de las 50 variantes genéticas que ya se sabe que aumentan el riesgo de sufrir un infarto. Y asimismo, les asignaron un perfil de estilo de vida según hubieran adoptado o no cuatro hábitos de vida saludables: ausencia de obesidad, práctica de ejercicio físico, patrón dietético saludable, y ausencia de hábito tabáquico. Así, y en función de su perfil, los participantes fueron divididos en tres grupos: ‘favorable’ –adopción de cuatro o tres de los hábitos saludables–, ‘intermedio’ –dos hábitos– y ‘desfavorable’ –uno o ninguno de los hábitos.

En este contexto, debe tenerse en cuenta que el perfil de estilo de vida también condiciona el riesgo cardiovascular. Y es que las personas que no siguen ninguno de estos cuatro hábitos o factores de vida saludables –o que siguen uno, como en el perfil ‘desfavorable’– ya padecen enfermedades que aumentan este riesgo. Es el caso de los participantes del perfil ‘desfavorable’ del estudio, en los que la prevalencia de, entre otras patologías, la diabetes y la hipertensión arterial fue mucho mayor.

Finalmente, los autores analizaron la relación entre el riesgo genético y el perfil de estilo de vida con la incidencia de infarto de miocardio, de necesidad de angioplastia coronaria –procedimiento para abrir las arterias coronarias obstruidos– o de episodio de muerte súbita.

Los resultados mostraron que las personas con el mayor riesgo genético y un perfil ‘desfavorable’ tenían un riesgo desmesurado –de hasta un 90%– de acabar sufriendo un infarto o un episodio de muerte súbita o de necesitar una angioplastia.

No solo es cuestión de genes

La buena noticia es que este riesgo se vio progresivamente reducido según las personas adquirían los diferentes hábitos de vida saludables. Y en el caso de aquellos en el grupo de máximo riesgo genético que habían adoptado tres o cuatro de estos factores, el riesgo de infarto, de necesidad de angioplastia o de episodio de muerte súbita se redujo en hasta un 50%.

En definitiva, la solución está muy clara: hay que evitar todo aquellos que nos haga daño –principalmente el tabaco–, comer bien y realizar ejercicio físico, lo que a su vez ayudará a controlar el peso.

Como concluye Sekar Kathiresan, «algunas personas pueden tener la sensación de que no pueden escapar a su riesgo genéticamente predeterminado de infarto de miocardio, pero nuestros hallazgos indican que seguir un estilo de vida saludable puede reducir el riesgo genético de una forma muy poderosa». (M. López / ABC / The New York Times)