jueves, 13 de octubre de 2016

18:23:00
Eduardo Ibarra Aguirre / 14-X-16

Era la medianoche del 12 de marzo del 66, en el siglo pasado. Varios jóvenes preparaban afanosamente engrudo, botes y brochas para salir a pegar carteles por las céntricas calles de la regia capital de Nuevo León.

Se dividieron en grupos. Uno, integrado por dos muchachos de 15 y 16 años de edad y un experto en los menesteres de fijar propaganda en las paredes y correr como atleta improvisado, en su afán de que los agentes policiacos no le dieran alcance.

Comenzaba la Jornada Benito Juárez. Semana mundial de solidaridad con el pueblo vietnamita. Esto ocurría del 12 al 20 de marzo de 1966. Había sido convocada, con éste, tan breve nombre, por los partidos Popular Socialista, con registro electoral, y por el Comunista Mexicano, en la semiclandestinidad.

La completa impericia de dos de los tres muchachos, permitió que terminara la faena de los afiches con gráficas del mexicano universal Benito Juárez García, el legendario Tío Ho (Chi Minh) y niños vietnamitas horrorizados por los bombardeos con napalm, adherido a sus diminutos cuerpos, por obra de los pilotos enviados por Lyndon B. Johnson, el presidente número 36 de Estados Unidos de América, durante 1963-1969.

En las calles de Zaragoza y Tapia fueron arrestados por los policías con las placas 36 y 90 y encarcelados durante tres días. Los obligaron a pagar una multa de 500 pesos a cada uno.

Encarcelamiento que El Norte, abuelo del chilango Reforma, se encargó de justificar a ocho columnas: “Semana, aquí, de agitación comunista”. Los dos adolescentes fueron presentados como “partidarios del comunismo”; y se reseñó el gravísimo delito de “embadurnar paredes”. Menos faccioso y anticomunista, El Porvenir se ocupó más de los hechos, aunque no eludió en su titular la tentación: “Presos por pegar propaganda comunista”.

Exigir que entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno fuera la paz, constituía un delito de lesa patria y los dos menores de edad debían asimilar la lección con su encierro, compartiendo celda con un drogadicto, un sordomudo golpeado por el primero y homosexuales agraviados –a la vez que requeridos– por el adicto a la mota.


Bajo los efectos de la popular yerba buena, mala para las buenas conciencias y la doble moral que las significa, el prisionero se metamorfoseaba no en la célebre cucaracha kafkiana, sino en energúmeno golpeador del cuarentón y escandaloso sordomudo que lastimaba los tímpanos de los tres presos que ocupaban la crujía, con sus horrendos sonidos guturales.

Pasado el efecto del popular toque, era un niño que todo lo quería compartir con el quinceañero al que había despojado del suéter, el cinturón y todo lo que se le antojó. El otro joven se le rebeló desde su ingreso a la prisión y le pintó una raya.

Desde ese instante, surgió en el motorolo una corriente de simpatía por el despojado de las prendas personales.

Cuando ingresaron los homosexuales detenidos casi como siempre, de manera arbitraria, por el simple hecho de tener otra preferencia sexual, el moto ordenó amablemente.

–Son tuyos. Escoge. ¿A cuál te quieres echar primero?

Entusiasmados por el joven ejemplar, los gays esperaron impacientes la respuesta que seguramente los desalentó:

–Gracias, amigo. Tú primero. Son todos tuyos, si ellos están de acuerdo.

Sin mariguana no se atrevió a tocarlos. Sólo con mota ostentaba su dominio de preso y de macho que podía someter a todos.

–Entonces, vamos a echarnos un toque.

–No, gracias. Se te va a acabar y tú la necesitas más. Con olerla tengo. Acuérdate de que no tenemos dinero para comprar.

Desde ese tiempo data el placer del entonces quinceañero por el hornazo y el respeto casi sublime, pero distante, por el consumo, sabedor de que terminaría como adicto.

–Por eso me caes bien, cabrón. Tú si me comprendes. No como el hijo de la chingada de tu hermano que se puso al brinco. No lo madreo porque tú eres mi amigo.

–Así es. Somos amigos.

–No, quiero que seas mi cuñao.

–Está bien.

–Cuando salgamos de esta chingadera te voy a presentar a mi hermana. Me pasas un chingo para cuñao.

–Muy bien. ¡Cuñado!

–Te lo digo en serio, ¡hijo de la chingada!

–Yo también hablo en serio.

–Eres a toda madre, cabrón.

La constante visita de periodistas para entrevistar a los dos hermanos, y de prominentes profesores y estudiantes universitarios para expresarles su apoyo, provocó el sábado y el domingo el asombro de los presos:

–¿Pues qué hicieron, cabrones? ¿A quién mataron, hijos de la chingada?

–A nadie.

–No se metan con mi cuñao, cabrones. Yo sí les parto su madre –tercio el adicto a la mota.

Sólo fue un modestísimo –pero voluntario homenaje– de un par de muchachos a uno de los postulados universales del pensamiento de Juárez García.

Como era natural, la grotesca reprimenda carcelaria tuvo un efecto opuesto.

Los dos muchachos fueron puestos en libertad 56 horas después. Se trasladaron a la colonia Talleres, a la casa de Miana y Pacheco, así se apellidaba, para quitarse, con un baño a fondo, las pacíficas e inocentes pulgas que se adhirieron a sus cuerpos. Y se declararon en Huelga de hambre de 72 horas en apoyo a Vietnam, junto con otros jóvenes, frente al consulado de Estados Unidos, a espaldas de Sears.

¿Y el cuñado?

Se quedó tras las rejas impresionando incautos, pero sólo bajo los efectos de la tan generosa como alebrestadora mota.

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