lunes, 3 de octubre de 2016

22:13:00
Pedro Echeverría V.

1. He dedicado varios días a revisar los estudios, ideas y frases de filósofos y pensadores de la antigüedad hasta nuestros días acerca de la matanza y asesinatos de animales por los humanos; sobre la importancia de ser vegetariano en la alimentación y acerca de la especie animal que para no morir de hambre tiene que matar. Me he encontrado a cientos de filósofos ilustres que condenan al hombre por el hecho no solo de matarlos sino además comérselos. Hay quien le llama a los carnívoros “cementerios”.

2. Después de revisar y reflexionar detenidamente, sobre todo siguiendo a pensadores admirados de la talla de Voltaire, Einstein, Gandhi, Cervantes, Pitágoras, Rousseau, Tolstoi, Kundera, que fueron vegetarianos famosos, no me ha quedado otra idea que condenar esas corridas donde encierran a un toro para asesinarlo y a cambio de ello la gente aplaude y lanza prendas al ruedo como si fuera algo maravilloso. ¿Por qué no conservar la corrida pero sin asesinatos?

3. En el capitalismo todas las cosas toman forma de mercancía y todas las festividades son convertidas en enormes negocios de mercado. En el caso de las “corridas de toros” no desaparecerían y los cambios serían elementales pero muy humanos; permitirían que los toreros se lucieran de otra manera (realmente toreando) y que los productores de toros de lidia no sacrificaran a las mejores crías. ¿Para qué inventar peleas de perros y demás salvajadas que nada tiene que ver con los seres humanos?

4. Francisco Martín (Presidente de la Asociación Vegana Española) escribe esta interesante reflexión:

"No hay nada tan patético como una multitud de espectadores inmóviles presenciando con indiferencia o entusiasmo el enfrentamiento desigual entre un noble toro y una cuadrilla de matones desequilibrados destrozando a un animal inocente que no entiende la razón de su dolor... Un baño de sangre anual de mil millones de euros”

Crueldad y decepción

Las corridas de toros –escribe Martín- son un espectáculo bochornoso en tres actos, de unos veinte minutos de duración, que escenifica la falsa superioridad y la fascinación enfermiza con la sangre y la carne de la que se alimentan, contra toda lógica ética y dietética, quienes creen tener un derecho divino a disponer a su antojo de la vida de otros seres sensibles, llegando incluso a justificar y trivializar la muerte del toro como arte y diversión; un comportamiento patológico que nace de una incapacidad para afrontar el dolor de las víctimas y una morbosidad irrefrenable ante la posibilidad de ser testigo directo de alguna cornada, o de la muerte del matador; un riesgo fortuito, infrecuente (un torero por cada 40.000 toros sacrificados), y sobre todo evitable que, sin embargo, incrementa el carácter macabro de la corrida.

Una caridad cruel e insolidaria

Igual que los carniceros y las guerras –reflexiona Martín- las corridas de toros tienen mala imagen, y no es fácil presentar la muerte como arte, comida o libertad. Pero si el requisito para un festín es la matanza de un animal, y los tiros son los precursores de la libertad, quienes se lucran fomentando la diversión a costa de la vida animal también necesitan justificar y enfocar la atención de los consumidores y usuarios en la supuesta utilidad de sus productos y servicios apoyando obras de interés social; por ejemplo, a través de una corrida de beneficencia, un acto aberrante e insolidario que, sin embargo, puede servir de reclamo al tranquilizar algunas conciencias, sobre todo si el baño de sangre beneficia supuestamente a un asilo de ancianos, las hermanitas de los pobres, una asociación que defiende a los discapacitados como la Fundación Padre Arrupe, o instituciones como la Asociación Española Contra el Cáncer o la Cruz Roja, que también entró a formar parte del negocio taurino con la explotación del servicio de alquiler de almohadillas en la plaza de Sevilla. (3/X/16)