lunes, 17 de octubre de 2016

09:15:00
MADRID, España, 17 de octubre.- Si aparecen juntas las palabras presidente de EE.UU., tormenta solar, orden ejecutiva y seguridad mundial, uno podría pensar que forman parte del argumento de la última película de catástrofes de Hollywood, pero se trata de algo mucho más real, respaldado por científicos del clima espacial y que debe ser tomado en serio. Barack Obama dictó el pasado viernes una orden, recogida en la web de la Casa Blanca, para que el país se prepare ante un hipotético evento climático espacial extremo, como una gran erupción solar, que podría poner en peligro infraestructuras y tecnologías críticas para la vida tal y como la concebimos hoy en Occidente.

Obama no dice en ningún momento que se prevea un balazo solar en un tiempo breve. Las medidas se toman como prevención, porque la amenaza, aunque de baja probabilidad, es de alto impacto. Y puede llegar algún día. De hecho, ya ha ocurrido en el pasado. En 1989, un transformador en Nueva Jersey quedó inutilizado dejando a 6 millones de personas en la provincia de Quebec (Canadá) sin energía eléctrica a causa de una eyección de plasma solar. En 1859 se produjo el famoso evento Carrington, que inutilizó el telégrafo de la época. Si algo así ocurriera hoy en día, de decenas a cientos de transformadores quedarían destruidos, hundiendo en la oscuridad durante semanas, meses o años a buena parte de los continentes.


Hemos estado cerca de vivirlo. El 23 de julio de 2012, una sucesión de eyecciones de masa coronal -las más intensas erupciones que se producen en el Sol- envió una nube de plasma magnetizado hacia el espacio que atravesó la órbita terrestre. La Tierra consiguió esquivarla, pero si la erupción se hubiera producido tan solo nueve días antes, nos habría golpeado de lleno. Las consecuencias, descritas por investigadores de la Universidad de California en Berkeley y la Academia China de Ciencias en Pekín, habrían incluido estragos en la red eléctrica, los satélites y GPS. Los efectos habrían sido «tremendos» y el mundo habría necesitado de cuatro a diez años para recuperarse.

Con estudios como estos en mente, el aviso del presidente estadounidense va dirigido a las distintas autoridades competentes para que tomen las precauciones necesarias para desarrollar planes y programas de alerta, protección, reducción de riesgos y recuperación. No se trata en ningún caso de que cada cual salga corriendo a construirse un refugio ante el apocalipsis, sino de que los distintos organismos sean conscientes del peligro y se preparen.

Adiós satélites y GPS

La orden es clara y va en la línea de las advertencias dadas por los científicos en los últimos años: un fenómeno semejante podría desactivar una gran parte de la red de energía eléctrica, lo que resulta en una cascada de fracasos que afectarían a servicios clave como el abastecimiento de agua, la salud y el transporte. «El clima espacial tiene el potencial de afectar y alterar la salud y la seguridad a través de continentes enteros simultáneamente», recuerda. Las consecuencias totales pueden ser inimaginables.

En efecto, una tormenta solar geomagnética muy poderosa puede dañar los satélites de comunicaciones, noquear los sistemas GPS, cerrar el tráfico aéreo y apagar las luces, computadoras y teléfonos en millones de hogares durante días, meses o incluso años. Además, sería capaz de corroer las tuberías de agua y alcantarillado, socavar las operaciones militares y de seguridad, y hacer daño a los astronautas que viajan en el espacio, según informaban especialistas en meteorología espacial de distintos ámbitos en una conferencia celebrada el pasado abril en Washington.

Los investigadores insistían entonces en la creciente urgencia de reforzar tanto la investigación científica básica como el desarrollo de aplicaciones prácticas. «Una vez que los sistemas empiezan a fallar, (los cortes) pueden multiplicarse en cascada de maneras que ni siquiera podemos concebir», señalaba Daniel Baker, director del Laboratorio de Física Atmosférica y Espacial de la Universidad de Colorado-Boulder. En un informe de 2013, el mercado de seguros Lloyd de Londres estimaba la población en riesgo de una tormenta masiva «entre 20-40 millones con duraciones de hasta 1-2 años», y el coste de tal recuperación oscilaría entre 600.000 millones y 2,6 billones de dólares. Un caos muy difícil de controlar. (ABC)