viernes, 23 de septiembre de 2016

18:20:00
Carlos Loret de Mola Álvarez

El día que renunció al gabinete el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, pedí una entrevista con el dirigente nacional del PAN, Ricardo Anaya.

Me parecía periodísticamente relevante sobre todo por la enorme cercanía de Anaya con Videgaray, y los poderes que le otorgó el ex secretario de Hacienda al dirigente partidista para constituirse dentro del PAN en ventanilla única de negociación del presupuesto, lo cual le daba una fortaleza enorme frente a gobernadores y legisladores, apuntalando así su aspiración presidencial.

La respuesta que recibimos del área de prensa del PAN me dejó atónito: Ricardo Anaya con gusto tomaría la entrevista, siempre y cuando no se le preguntara del PAN.

¡Ah, caray! ¿El dirigente del PAN no quiere hablar del PAN? ¡Vaya, vaya! ¿Anaya en plan de condicionar sus entrevistas?


Le contestamos que no, gracias. Yo no podía preguntarle sólo del relevo de su aliado en Hacienda y no cuestionarlo sobre las declaraciones de Gustavo Madero, ex dirigente nacional del partido y alguna vez considerado su padrino político, quien lo acusó de no tener palabra, de traicionarlo y de jugar sucio en la búsqueda de la candidatura presidencial del PAN.

A los pocos días convocamos a una mesa de análisis con las figuras más relevantes del panismo: Margarita Zavala, Rafael Moreno Valle, Gustavo Madero y Ricardo Anaya. Desde un inicio, aceptaron Margarita, Moreno Valle y Madero. Anaya primero no contestó y luego se negó a sentarse con los líderes más importantes del partido que dirige. La mesa finalmente se transmitió ayer… sin Anaya.

Moreno Valle arrancó destapándose ya oficialmente. Sin medias tintas, anunció que a partir del 1 de febrero que termina su gobierno en Puebla se dedicará “de tiempo completo, en cuerpo y alma, a ser candidato a la Presidencia de la República de mi partido”.

Margarita le dio la bienvenida a la contienda. Madero resaltó el valor de definirse y aprovechó para criticar a Anaya por usar la dirigencia del partido para promover su propia aspiración presidencial en lugar de ser el árbitro imparcial que han sido históricamente los dirigentes nacionales del PAN.

De manera conjunta, en televisión nacional, las tres figuras más relevantes del panismo exigieron a Anaya que se defina: árbitro o jugador, que deje de hacer trampa, que abra las discusiones internas para que no tengan que darse en los medios de comunicación, que deje de usar la estructura del partido (spots incluidos) en su beneficio.

Margarita, Moreno Valle y Madero desnudaron a Anaya como un competidor deshonesto y un líder irresponsable y ventajista.

Anaya, dueño de una capacidad oratoria notabilísima, de una natural eficacia para el debate, no estuvo ahí para decir nada. Caso histórico para el análisis: fue la primera ocasión en que un segundo lugar no acepta debatir con quien encabeza las encuestas (en este caso, Margarita Zavala). Estoy seguro que su sola presencia hubiera implicado otro tono de los participantes que, claramente, se sintieron de nuevo ninguneados, atropellados, agandallados por el que debiera ser líder.

Por su juventud y trayectoria, en el mundo de la política le apodan el niño maravilla. Con estos lances parece que se fue lo de maravilla y ya nomás se quedó lo de niño.

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