jueves, 28 de julio de 2016

23:01:00
La Repubblica / 27-VII-16

 El Islam nos ha reunido en una misma casa, una nación. Nos guste o no, todos pertenecemos a aquel espíritu superior que celebra la paz y la hermandad. En el nombre del "Islam" está contenida la raíz de la palabra "paz". Pero he aquí que desde hace algún tiempo la noción de paz está siendo traicionada, rota y pisoteada por individuos que, diciendo pertenecer a esta nuestra casa, han decidido reconstruirla sobre bases de exclusión y fanatismo. Para esto se entregan al asesinato de inocentes. Una aberración, una crueldad que ninguna religión permite.

Hoy han superado una línea roja: entrar en la iglesia de una pequeña ciudad de Normandía y agredir a un anciano, un sacerdote, cortarle la garganta como a un cordero, repetir el gesto con otra persona, dejándola en tierra en su propia sangre entre la vida y la muerte, gritar el nombre de Daesh y luego morir: es una declaración de guerra de un nuevo género, una guerra de religión. Sabemos cuánto puede durar y cómo va a terminar. Mal, muy mal.

Por esto, después de las masacres del 13 de noviembre en París, la matanza de Niza y otros crímenes individuales, todos estamos llamados a reaccionar: la comunidad musulmana de los practicantes y de quienes no lo son, usted y yo, nuestros hijos, nuestros vecinos. No basta levantarnos verbalmente, volvernos a indignar y repetir que "este no es el Islam." Ya no es suficiente, y cada vez más a menudo ya no nos creen cuando decimos que el Islam es una religión de paz y tolerancia. Ya no podemos salvar al Islam; más bien, si queremos restablecerlo en su verdad y en su historia, demostrar que el Islam no es degollar a un sacerdote, entonces tenemos que salir en masa a las calles y unirnos en torno a un mismo mensaje: liberemos al Islam de las garras de Daesh. Tenemos miedo porque sentimos rabia. Pero nuestra rabia es el comienzo de una resistencia, incluso de un cambio radical de lo que es el Islam en Europa.

Si Europa nos ha recibido, es porque necesitaba nuestra fuerza de trabajo. Si en 1975 Francia decidió la reunión de las familias, lo hizo para dar un rostro humano a la inmigración. Por eso necesitamos adaptarnos al derecho y a las leyes de la República. Renunciar a todos los signos provocadores de pertenencia a la religión de Mahoma. No necesitamos obligar a nuestras mujeres a cubrirse como fantasmas negros que por las calles asustan a los niños. No tenemos el derecho de impedir a un médico auscultar a una mujer musulmana, ni de pretender piscinas sólo para mujeres. Así como no tenemos el derecho a dejar actuar a estos criminales, si deciden que su vida ya no tiene importancia y la ofrecen a Daesh.

Y no sólo: debemos denunciar a quien entre nosotros está tentado por esta aventura criminal. No es delación, sino, al contrario, un acto de coraje, para garantizar la seguridad a todos. Ustedes saben que en cada masacre se cuentan entre las víctimas musulmanes inocentes. Debemos estar vigilantes en los 360 grados. Por esto es necesario que las instancias religiosas se muevan y llamen a millones de ciudadanos pertenecientes a la casa del Islam, creyentes o no, para que se planten en las plazas a denunciar en voz alta a este enemigo, para decir que quien degüella a un sacerdote hace que la sangre inocente se derrame en la cara del Islam.

Si continuamos mirando pasivamente lo que se está tramando frente a nosotros, tarde o temprano seremos cómplices de estos asesinos.

Pertenecemos a la misma nación, pero no por esto somos "hermanos". Hoy, sin embargo, para demostrar que vale la pena estar pertenecer a la misma casa, a la misma nación, debemos reaccionar. De lo contrario no nos quedará de otra que hacer las maletas y regresar al país natal.

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El tiempo de la responsabilidad: Por qué no mostramos esas imágenes (de terroristas del ISIS) / Editorial de La Repubblica