martes, 5 de julio de 2016

06:28:00
Carlos Loret de Mola Álvarez / Historias de reportero


Se bajó del avión un jueves y habló en perfecto español. Dos días después fue a las trajineras en
Xochimilco y el domingo le metió a los carbohidratos en la churrería El Moro y la pastelería La
Ideal en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Luego se tomó una foto con el Vochol, el vocho huichol del Museo de Arte Popular, y participó sobre el Paseo de la Reforma en la Marcha del Orgullo Gay contra la Discriminación. Todo le sale natural.

La embajadora de Estados Unidos en México seduce a su audiencia. Se le notan las ganas de venir a México, una de las tres representaciones diplomáticas más importantes para la potencia de Occidente. No sufre la curva de aprendizaje. Lleva cosa de 15 años conociendo, interactuando con México. Roberta Jacobson goza de fama de negociadora firme, de funcionaria eficaz que se ganó a pulso la consideración de Barack Obama y Hillary Clinton.

Tras nueve meses de embajada sin titular, la nueva embajadora parece dispuesta a recuperar el tiempo perdido. Tiene incentivos para ello: en noviembre hay elecciones presidenciales en su país y en enero el nuevo inquilino (esperemos inquilina) entra a la Casa Blanca. Si gana Donald Trump, buscará un perfil seguramente más rudo en la embajada. Con Hillary Clinton, Jacobson parecería tener más posibilidades de permanecer —comparten un relevante historial de trabajo en el Departamento de Estado—, pero quién sabe si la eventual primera presidenta llega con compromisos de campaña que saldar, y la embajada en México, por su relevancia, es una de esas fichas de intercambio.

La embajadora no luce aletargada. Su familia no se ha mudado del todo a México, así que puede aplicarse al cien. A diferencia de antecesores como John D. Negroponte (1989-1992) y Jim Jones (1993-1997), más orientados a la relación económica entre los vecinos estratégicos, Roberta Jacobson aparece más inclinada a lo político. Lo ha dejado claro en sus primeras apariciones: cultura, sí, pero también los irritantes crónicos: corrupción, violencia y derechos humanos.

La brújula de Jacobson funciona. Los problemas que tiene México en Estados Unidos son sobre todo políticos: la pésima imagen que se refleja en los medios de comunicación, el miedo de los turistas a la violencia, el rechazo que genera entre la clase gobernante y los mexicoamericanos la corrupción, así como los excesos de la fuerza pública que alertan a las ONG.

La embajadora es respetada y tiene capacidad de interlocución en Washington. Si es bien “trabajada” —cabildeo, cercanía, negociación, información, acceso— por la administración de Enrique Peña Nieto, puede resultarle una valiosa aliada. ¿Alguien en el gobierno le dará marcaje personal? ¿El propio Presidente?

Nomás no olvidemos quién paga sus quincenas. Extrañamente, un nutrido sector de la opinión pública suele evaluar a los embajadores estadounidenses en función de cómo defienden a México. Se les olvida que su misión es velar por los intereses de su país, no del nuestro. Y la relación bilateral se define por intereses, no por amistades.