jueves, 28 de julio de 2016

15:58:00
CRACOVIA, 28 de julio.- Ante cientos de miles de peregrinos presentes en la ceremonia de acogida, el Papa Francisco desafío a los jóvenes que participan de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) Cracovia 2016 a no jubilarse antes de tiempo, a “no tirar la toalla antes de empezar el partido” ni andar con la cara triste aburridos, “aburriendo” a otros.

En medio de un gran ambiente de fiesta, el Santo Padre llegó a bordo de un tranvía al Parque Jordan en la localidad de Blonia en Cracovia a las 5:28 p.m. (hora local).

La ceremonia de acogida comenzó con el himno oficial de la JMJ “Bienaventurados los misericordiosos”. Luego del himno, el Cardenal Stanislaw Dziwisz dirigió unas palabras al Papa a quien agradeció por su presencia.

“Desde hace dos días una gran fiesta de la fe se está celebrando en toda la ciudad”, dijo el Purpurado, ya que en Cracovia los jóvenes de todo el mundo se unen, rezan y se alegran por ser parte de la Iglesia, una gran comunidad en el Señor resucitado, agregó.


Luego de la lectura del Evangelio de Lucas, el pasaje del encuentro del Señor con Marta y María, el Papa hizo una reflexión y desafió a los jóvenes presentes y con ellos a los del mundo entero.

El desafío del Papa

El Papa agradeció a San Juan Pablo II, quien “desde el cielo nos está acompañando viendo a tantos jóvenes pertenecientes a pueblos, culturas, lenguas tan diferentes con un solo motivo: celebrar que Jesús está vivo en medio nuestro”.

Francisco dijo también a los jóvenes: “quiero confesarles otra cosa que aprendí en estos años. No quiero ofender a nadie. Me genera dolor encontrar a jóvenes que parecen haberse ‘jubilado’ antes de tiempo. Esto me duele. Jóvenes que parecen ‘jubilados’ a los 23, 24 o 25 años”.

“Me preocupa ver a jóvenes que ‘tiraron la toalla’ antes de empezar el partido. Que están ‘entregados’ sin haber comenzado a jugar. Me duele ver jóvenes que caminan con rostros tristes, como si su vida no tuviese valor. Son jóvenes esencialmente aburridos... y aburridores, que aburren a los otros; y esto me duele”.

La misericordia que se hace mirada concreta y actitud concreta es el argumento que engloba los discursos de Papa Francisco en Polonia hasta este momento. Sorprende que también en el primer encuentro con los jóvenes, en la fiesta de la acogida en el Parque Blonia de Cracovia el Papa insista en la acogida, en la cercanía, en la projimidad. No como categorías sociológicas, sino como una realización más verdadera y más directa del mensaje evangélico.

Antes de llegar a la zona del parque, en donde Juan Pablo II celebró en seis ocasiones la misa, Francisco recibió las llaves de la ciudad de manos del alcalde en la placita que se encuentra frente al arzobispado. Después se subió a un tranvía con un grupo de jóvenes enfermos y se dirigió con ellos a Blonia. Lo recibieron los chicos de todos los rincones del planeta. Polacos e italianos son los más representados.

Mientras esperaban al pontífice, los jóvenes siguieron el desile de los representantes que llevaban banderas y fotografías de «testigos de la misericordia» de la propia zona geográfica: san Vinvenzo de Paoli (Europa), la beata Madre Tersa de Calcuta (Asia), santa María MacKillop (Australia y Oceanía), santa Jusepina Bakhita (África), san Damián de Veuster Molokai (Norteamérica), la beata Irma Dulce (Sudamérica). 

«¡Finalmente nos encontramos!», dijo Bergoglio al inicio de su discurso. «Juan Pablo II (¡pero fuerte, -añadió Bergoglio entre los aplausos de los jóvenes-) , que soñó e impulsó estos encuentros», se encuentra ahora en el cielo, y «nos está acompañando viendo a tantos jóvenes pertenecientes a pueblos, culturas, lenguas tan diferentes con un solo motivo: celebrar que Jesús está vivo en medio nuestro. Y decir que está vivo, es querer renovar nuestras ganas de seguirlo». 

«Jesús es quien nos ha convocado a esta 31 Jornada Mundial de la Juventud –dijo Francisco–; es Jesús quien nos dice: “Felices los misericordiosos, porque encontrarán misericordia”. Felices aquellos que saben perdonar, que saben tener un corazón compasivo, que saben dar lo mejor de sí a los demás».

El Papa dijo que durante los años que vivió como obispo aprendió que «no hay nada más hermoso que contemplar las ganas, la entrega, la pasión y la energía con que muchos jóvenes viven la vida. Cuando Jesús toca el corazón de un joven, de una joven, este es capaz de actos verdaderamente grandiosos. Es estimulante escucharlos, compartir sus sueños, sus interrogantes y sus ganas de rebelarse contra todos aquellos que dicen que las cosas no pueden cambiar. Es un regalo del cielo poder verlos a muchos de ustedes que, con sus cuestionamientos, buscan hacer que las cosas sean diferentes. Es lindo, y me conforta el corazón, verlos tan revoltosos. La Iglesia hoy los mira y quiere aprender de ustedes».

La misericordia, observó el Papa, «la misericordia siempre tiene rostro joven. Porque un corazón misericordioso se anima a salir de su comodidad; un corazón misericordioso sabe ir al encuentro de los demás, logra abrazar a todos. Un corazón misericordioso sabe ser refugio para los que nunca tuvieron casa o la han perdido, sabe construir hogar y familia para aquellos que han tenido que emigrar, sabe de ternura y compasión. Un corazón misericordioso, sabe compartir el pan con el que tiene hambre, un corazón misericordioso se abre para recibir al prófugo y al migrante». «Pero, ¿ustedes son capaces de soñar? Y cuando el corazón está abierto –explicó el Papa–, es capaz de soñar, hay sitio para la misericordia, hay sitio para acariciar a los que sufren, hay sitio para ponerse al lado de los que no tienen paz en el corazón o les falta lo necesario para vivir, o les falta la cosa más bella: la fe. Misericordia. Digamos juntos esta palabra: ¡Misericordia! ¡Todos! ¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Para que el mundo lo escuche!».

«Me duele –dijo el Papa– encontrar a jóvenes que parecen haberse “jubilado” antes de tiempo. Me preocupa ver a jóvenes que “tiraron la toalla” antes de empezar el partido». O que se han «rendido» sin ni siquiera haber empezado a jugar. «Son jóvenes esencialmentes aburridos... y aburridores. Es difícil, y a su vez cuestionador, por otro lado, ver a jóvenes que dejan la vida buscando el “vértigo”, o esa sensación de sentirse vivos por caminos oscuros, que al final terminan “pagando”…y pagando caro. Cuestiona ver cómo hay jóvenes que pierden hermosos años de su vida y sus energías corriendo detrás de vendedores de falsas ilusiones (en mi tierra natal diríamos “vendedores de humo”), que les roban lo mejor de ustedes mismos».

«No queremos dejarnos robar lo mejor de nosotros mismos», exclamó. «Para ser plenos, para tener fuerza renovada, hay una respuesta; no es una cosa, no es un objeto, es una persona y está viva, se llama Jesucristo. ¿Jesucristo se puede comprar? ¿Jesucristo se vende en las tiendas? Jesucristo es un don, un regalo del Padre, el regalo de nuestro Padre. ¿Quién es Jesucristo? ¡Todos –invitó a la multitud–: Jesucristo es un don, es el regalo del Padre!», es decir aquel que «sabe darle verdadera pasión a la vida» y que «nos impulsa a levantar la mirada y a soñar alto».

«Pero, “Padre”, alguno podría decirme –añadió Papa Francisco–, “es muy difícil soñar alto, es muy difícil subir, estar siempre en subida. Padre, yo soy débil, yo caigo, yo me esfuerzo pero muchas veces caigo”. Los alpinos, cuando suben las montañas, cantan una canción muy bella, que dice así: “En el arte de subir, lo importante no es no caer, sino no quedarse caído”. Si tú eres débil, si tú caes, ve hacia lo alto y está tendida la mano de Jesús, que te dice: “Levántate, ven conmigo”. ¿Y si caigo otra vez? Pero, Pedro le preguntó a Jesús: “Pero, ¿cuántas veces?”, y Jesús le respondió: “70 veces 7”. La mano de Jesús está tendida cuando nosotros caemos. ¿Entendido?».

El pasaje evangélico que fue leído al principio del encuentro hablaba sobre las dos actitudes de Marta y María, las dos mujeres que acogen a Jesús en su casa: mientras la primera está toda ocupada preparando cosas, la segunda se queda a su lado para escucharlo. Francisco no extrae del Evangelio indicaciones para invitar a los jóvenes a elegir uno de las dos actitudes. «Las múltiples ocupaciones –recordó– nos hacen ser como Marta: activos, dispersos, constantemente yendo de acá para allá…; pero también solemos ser como María: ante un buen paisaje, o un video que nos manda un amigo al móvil, nos quedamos pensativos, en escucha». Es importante, «en medio de todas las ocupaciones», tener «el valor de encomendarnos a Él».

«¿Quieres una vida plena? ¡Empieza –respondió el Papa– por dejarte conmover! Porque la felicidad germina y aflora en la misericordia: esa es su respuesta, esa es su invitación, su desafío, su aventura: la misericordia».

«Entonces, todos juntos –concluyó el Pontífice–, ahora le pedimos al Señor: Lánzanos a la aventura de la misericordia. Lánzanos a la aventura de construir puentes y derribar muros (cercos y alambres), lánzanos a la aventura de socorrer al pobre, al que se siente solo y abandonado, al que ya no le encuentra sentido a su vida. Impúlsanos a la escucha, como María de Betania, de quienes no comprendemos, de los que vienen de otras culturas, otros pueblos, incluso de aquellos a los que tememos porque creemos que pueden hacernos daño. Haznos volver nuestro rostro, como María de Nazareth con Isabel, sobre nuestros ancianos para aprender de su sabiduría».

Antes de impartir la bendición a los jóvenes presentes en el Parque Blonia de Cracovia, el Papa dijo en español: «Hoy hay un buen grupo acá en esta plaza de recién casados y jóvenes esposos. Yo cuando encuentro a uno que se casa, a un joven que se casa, a una chica que se casa, les digo: “¡Estos son los que tienen coraje!”. Porque no es fácil formar una familia, no es fácil comprometer la vida para siempre. Hay que tener coraje, y los felicito, porque ustedes tienen coraje. A veces me preguntan cómo hacer para que la familia vaya siempre adelante y supere las dificultades. Yo les sugiero que practiquen siempre tres palabras, tres palabras que expresan tres actitudes... Ahí están llegando nuevos recién casados), tres palabras que los pueden ayudar a vivir la vida de matrimonio, porque en la vida de matrimonio hay dificultades. El matrimonio es algo tan lindo, tan hermoso, que tenemos que cuidarlo, porque es para siempre. Y las tres palabras son: permiso, gracias, perdón. Permiso: siempre preguntar al cónyuge, la mujer al marido, el marido a la mujer: ¿Qué te parece, te parece que hagamos esto? Nunca atropellar. Permiso. La segunda palabra: ser agradecidos. Cuántas veces el marido le tiene que decir a la mujer: “Gracias”. Y cuántas veces la esposa le tiene que decir al marido: “Gracias”. Agracederse mutuamente, porque el sacramento del matrimonio se lo confieren los esposos, el uno al otro. Y esta relación sacramental se mantiene con este sentimiento de gratitud: gracias. Y la tercera palabra es: perdón. Es una palabra muy difícil de pronunciar. En el matrimonio siempre, o el marido o la mujer, siempre tiene una equivocación. Saber reconocerla y pedir disculpas, pedir perdón hace mucho bien. Hay jóvenes familias, recién casados, muchos de ustedes están casados, otros están por casarse. Recuerden estas tres palabras que ayudarán tanto a la vida matrimonial: permiso, gracias, perdón. Repitámoslas juntos: permiso, gracias, perdón. Más fuerte, todos: permiso, gracias, perdón. Bueno, todo esto es muy lindo y muy lindo decirlo en la vida matrimonial. Pero siempre hay en la vida matrimonial problemas o discusiones. Es habitual y sucede que el esposo y la esposa discutan, alcen la voz, se peleen. Y a veces vuelan los platos. Pero no se asusten cuando sucede esto. Les doy un consejo: nunca terminen el día sin hacer la paz. Y ¿saben por qué? Porque la guerra fría al día siguiente es muy peligrosa. Y “¿cómo tengo que hacer, padre, para hacer la paz”, puede preguntar alguno de ustedes. No hace faltan discursos, basta un gesto, y se acabó, y está hecha la paz. Cuando hay amor, un gesto arregla todo. Los invito, antes de recibir la bendición a rezar por todas las familias aquí presentes, por los recién casados, por los que ya están casados de hace tiempo y conocen lo que dije y por los que se van a casar». (aciprensa / Andrea Tornielli / Vatican Insider)