miércoles, 27 de julio de 2016

14:43:00
Carlos Loret de Mola Álvarez / Historias de reportero


La convención republicana en Cleveland y la convención demócrata en Filadelfia han revelado dos plataformas ideológicas que no podrían ser más diferentes. Para el votante va a ser sencillo discernirlas.

En contra de pronósticos y filtraciones, el Partido Republicano finalmente se alineó con Trump y en vez de empujarlo hacia el centro ideológico, hacia la moderación, el partido fue el que se terminó moviendo hacia la extrema derecha. Trump, en el discurso de más duración en la historia reciente de las convenciones, expuso una visión apocalíptica de un país hundido en el crimen, la violencia y las amenazas terroristas. México, cabeza en la lista de culpables, de chivos expiatorios, e incluso el candidato republicano platicó en tono de anécdota sus encuentros con familiares de víctimas que supuestamente fueron asesinadas por migrantes indocumentados.

Trump se presentó como el candidato de “la ley y el orden”, una plataforma similar a la que empleó
Richard Nixon cuando compitió por la Casa Blanca en 1968. Nixon ganó con una campaña de evidentes tintes racistas que enfatizaba la supuesta amenaza criminal afroamericana en las grandes ciudades de Estados Unidos. El discurso de Trump es así de viejo, así de antidemocrático (Nixon tuvo que renunciar a la presidencia en medio del escándalo Watergate), así de supremacista blanco.

En un claro contraste a los republicanos, la convención del Partido Demócrata se ha posicionado bajo una plataforma de especialmente marcada inclusión. En vez de insultar a los indocumentados como se hizo en la fiesta republicana, la campaña de Hillary Clinton los puso en el centro del escenario para que pronunciaran discursos en horario estelar. Se presentó un sueño americano que sea para todos: los indocumentados, las personas con discapacidad, la comunidad LGBT. En la convención incluso había baños para las personas transgénero. Una pachanga de las minorías. Hasta ahora el mensaje de los demócratas es que Estados Unidos ya cambió y no hay vuelta atrás, que el futuro es la diversidad. El símbolo más grande es la misma Hillary Clinton, quien podría convertirse en la primera mujer presidente de Estados Unidos. Así lo resaltó la estrella de la primera noche: Michelle Obama, la inmensamente popular (pensando seguramente también en construir su propia carrera política) primera dama.

En momentos de incertidumbre, de desasosiego internacional, el elector estadounidense se ve frente a dos refugios: el del salto al pasado o el brinco al futuro. ¿Hacia dónde quiero ir? ¿En dónde me siento seguro?

Esta elección va más allá de dos candidatos, los más odiados en la historia de Estados Unidos, por cierto. El pasado y el futuro compiten por la Casa Blanca. El país está dividido. Las encuestas, cerradísimas. Faltan los debates. Faltan más escándalos.