miércoles, 27 de julio de 2016

22:17:00

Los terroristas no necesitan los periódicos para glorificar a los yihadistas y kamikazes y para reivindicar la sangre que están regando en Europa y en el mundo. Han demostrado que saben cómo usar los videos e Internet cuando quieren para hacer propaganda y proselitismo. Pero eso no borra la responsabilidad de los que proporcionan la información y los que son testigos de un ataque.

Hace unos días en la Redacción de La Repubblica debatimos si publicar fotos de los terroristas y las masacres, y algunos de nosotros han expresado su malestar por haber publicado la imagen del adolescente paquistaní (N. de la R. afgano) que atacó a cinco turistas chinos en un tren en Baviera, retrato con el cuchillo en la mano. Así que decidimos evitar las imágenes de jóvenes terroristas en la primera página, no mostrar las víctimas y la sangre de los ataques y no publicar en el vídeo en bruto y todos aquellos en los que hay muertos o heridos.

Homenaje al padre Hamel ante la iglesia de Saint-Étienne. (AFP)(Ver De Madrid a Ruan, los atentados en el corazón de Europa).

El director de Le Monde anunció que el periódico francés no publicará más fotografías de los terroristas, mientras que el canal de noticias BFMTV, decidió pixelar las caras de los yihadistas. La radio Europe 1 y la televisora France 24 han decidido no transmitir más nombres, el diario La Croix utilizará sólo las iniciales. Se abre paso también a un proyecto de ley, apoyado por la derecha y la izquierda, para mantener anónimos a los terroristas, mientras que una petición lanzada en Internet con el mismo propósito ya ha recogido más de 80,000 firmas.

La cuestión es crucial y candente, ha subrayado con eficacia Massimo Recalcati, que hace unos días escribió: "El gesto extremo del terrorista contagia, se convierte en un modelo, genera emulación, se multiplica atrayendo incluso a aquéllos que no pertenecen a su ideología político-religiosa. El gesto que genera terror puede costar una vida. Una vida primero anónima, una vida que finalmente se nombra, se recuerda, se difunde en los titulares, capaz de grabar su nombre en la historia." Para concluir: "De esta manera los terroristas refuerzan, a menudo con la ayuda involuntaria de los medios, su imagen militar y su poder." Ya Michele Serra había lanzado su alarma y una propuesta: "Desde los grandes periódicos a los editores de sitios pequeños... todos nosotros, absolutamente todos, debemos saber que la guerra actual es en gran parte también una guerra mediática. Más que cualquier otra guerra que jamás se haya combatido".

Entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Silenciar el terrorismo significa derrotarlo? Yo no me haría esta ilusión. No mostrar a las víctimas y los verdugos ciertamente nos permite vivir más tranquilos, ¿pero es correcto para aquéllos que tienen el deber de informar y aquéllos que quieren estar informados? ¿Y sería éticamente sostenible no indignarse si un sacerdote es degollado sobre el altar o decenas de familias son embestidas adrede por un camión mientras caminan en un paseo marítimo?

Durante años no había habido un debate tan participativo en la Redacción, el precedente histórico data de los años setenta, cuando se discutía la conveniencia de publicar los comunicados de las Brigadas Rojas. Una diferencia fundamental entre esa época y la actual es la multiplicación de las fuentes informativas: ante la TV, sitios web, blogs y redes sociales, los periódicos han perdido el monopolio que han tenido durante mucho tiempo, pero esto no disminuye nuestras responsabilidades (teniendo en cuenta que cada gran periódico también tiene un sitio que hace millones de contactos diarios) y nos impone elegir.

Yo pienso que existe una vía y hay que tratar de recorrerla. No nos ilusionamos con que los terroristas se preocupen si no hay más fotos suyas en los periódicos, pero sin duda los lectores apreciarán una menor exposición de sus "hazañas" y sobre todo de sus consecuencias. Ya hemos disminuido las páginas que narran los actos de los terroristas y las tragedias causadas por ellos, y creo que debemos seguir haciéndolo, pero la palabra clave, como subrayó el Presidente de la República, Sergio Mattarella, es una sola: responsabilidad. "Hemos entrado en una nueva era de la ansiedad -ha dicho claramente el jefe de Estado- pero debemos impedir que el miedo nos venza y por esto ha llegado el momento de la responsabilidad y de los compromisos comunes".

Responsabilidad significa no deleitarse en la exhibición de aquello que no es útil para entender sino sólo para sembrar el pánico. Responsabilidad significa atenerse a los hechos y no entregarse al sensacionalismo. Responsabilidad significa dar explicaciones y contextos y utilizar más la cabeza que las vísceras. En 2001 nadie pensó en no mostrar las imágenes de los aviones que golpearon las Torres Gemelas, pero el mundo se dividió entre los que difundieron las fotos de las mujeres y de los hombres que se tiraron por las ventanas por desesperación. Nadie publicó los cuerpos de los muertos y esto fue un mínimo gesto civilizado.

Responsabilidad significa tirar el vídeo difundido por el ISIS, el de los dos terroristas que juran lealtad a la Yihad, y así sustraernos de su propaganda de muerte.

Es una responsabilidad dura, a la que es difícil atenerse en tiempos de caos y de trabajo en tiempo real, pero es una dirección imperativa y la intentaremos. Reflexionamos sobre si seguir poniendo las fotos de los terroristas (sobre su identidad, no tenemos ninguna duda, se publica porque no hacerlo sería mutilar la información y la posibilidad de entender lo que está sucediendo), decidimos no publicarlas en primera página para evitar convertirlos en símbolos. Luego nos preguntamos si en el sitio y en las páginas interiores del periódico sus rostros se publicarían pixelados. Al final decidimos no hacerlo, porque los periódicos no están para hacer propaganda o contra-propaganda, sino para ser un espejo de la realidad. Y la realidad de hoy en día es por desgracia ésta. Pixelarla nos alejaría más de un mundo a menudo indescifrable que tenemos el deber de comprender. Eliminar las caras nos impediría sacar las cuentas con lo inhumano. Y a continuación, su forma de vestir, sus dormitorios, carteles, los objetos y el contexto que los circunda son fundamentales para mostrarnos que no vienen de lejos, sino que se parecen a nuestros hijos y viven en nuestra sociedad. Si no entendemos esto, no seremos capaces de defendernos ni de tratar de curar el mal que los alimenta.

Pero este esfuerzo deberá ser colectivo y contagioso o no servirá de nada: ¿qué pasa por la cabeza de un joven que toma el teléfono y filma a las personas que agonizan en el Paseo de los Ingleses de Niza, graba los gemidos y los pone en Facebook? ¿Y qué es lo que impulsa a sus amigos a compartirlo y difundirlo hasta el infinito? Responsable será el primero que les diga que el respeto por los muertos y los heridos está en la base de nuestra civilización, de nuestra cultura, y que hay otra vía: apagar el teléfono y ponerse a confortar y ayudar.

(Traducción Libertad de Expresión Yucatán)