domingo, 19 de junio de 2016

21:30:00
Armando "Catón" Fuentes Aguirre

Medía 1.95 de estatura, pero le decíamos Rubencito para distinguirlo de su papá, hermano de mi madre. El tío Rubén fue hombre de buenas ocurrencias. Un día alguien llamó a su puerta. “Perdone usted: ¿por casualidad aquí vive el señor Rubén Aguirre?”. “Aquí vive, sí, pero no por casualidad, sino porque paga renta”. Tenía también profundidades. En la habitación del hospital donde murió le dijo una monjita: “Don Rubén: lo busca un sacerdote”. “¿Y qué quiere de mí ese santo varón?”. “Viene a reconciliarlo con Dios”. “Dígale que nunca me he peleado con Él”. Pienso que de mi tío Rubén le vino a Rubencito ese ingenio que corre como galana veta por la familia Aguirre… Rubencito… Mi primo queridísimo Rubén Aguirre Fuentes, el Profesor Jirafales, que de Dios goza ahora, y Dios de él. Desde niño mostró lo que iba a ser. Estaba en tercer año de primaria, y el maestro le pidió que diera la clase. “Con mucho gusto la daría, señor profesor –manifestó el chiquillo-, pero obra la penosa circunstancia de que no la sé”. Turulato quedó el docente al escuchar aquella cortés explicación, y ni siquiera pudo decir: “¡Ta ta ta ta ta!”. A muy temprana edad Rubencito dejó ver su habilidad histriónica. En cierta ocasión su mamá, mi tía Victoria, le dijo a nuestra abuela: “Mamá Lata: ¿ha visto usted cómo cose Rubencito?”. Doña Liberata se asombró. “¿Rubencito sabe coser?”. “Y muy bien” –afirmó la tía Yoya. Mamá Lata se puso en pie: “Deja traerle una costura”. Mi tía la detuvo: “No la necesita”. Y ante los asombrados ojos de la abuela aquel niño de 7 años que era Rubencito empezó a imitar con mímica perfecta los movimientos de una costurera al enhebrar la aguja; hacerle al hilo el nudo terminal; pasar la aguja por la tela una y otra vez, con tal destreza que casi se veía la tela levantarse en el aro cada vez que el hilo la estiraba. 


Ni siquiera Marcel Marceau habría podido superar en eso a aquel pequeño mimo. Pasó el tiempo –o pasamos nosotros en el tiempo- y Rubencito se convirtió en Rubén Aguirre. Estudió agronomía, pero bien pronto supo que ésa no era su verdadera vocación. Soñó después con ser torero, y anduvo en tientas y festejos pueblerinos. Había un inconveniente: era tan alto que las vaquillas y toretes le daban apenas un poco más arriba de las rodillas. Aquello no se veía bien: los toros de 5 y los toreros de 25, pero no de 1.95. Sin embargo Rubén llevaba en sí un tesoro, aparte del talento y la gracia que tenía: su voz; aquella voz privilegiada que conservó hasta el fin. Gracias a ella fue locutor de radio, primero en Saltillo, su ciudad natal, y luego en emisoras de Monterrey, a donde lo llevó su calidad. Pasó después a la televisión en la Ciudad de México, y de ahí, ya como actor, a la fama con Chespirito, que dio a la televisión mexicana el mejor programa de su historia. El Profesor Jirafales, su entrañable personaje, fue la perfecta encarnación de Rubencito: tenía su bondad e igual deseo de hacer el bien a todos. Jamás oí a Rubén hablar mal de nadie. Era gentil y amable. Ni la fama ni la fortuna lo cambiaron nunca; conservó siempre su sencillez y una auténtica humildad. Yo le rendí homenaje en vida. En el mural que hice pintar en el teatro de cámara de Radio Concierto aparece él, retratado por el pincel maestro de Gerardo Valdés, con otros saltillenses cuyo nombre trascendió las fronteras nacionales: Manuel Acuña; don Fernando Soler; Carlos Pereyra; Julio Torri; Artemio de Valle Arizpe; Fermín Espinoza “Armillita”; el compositor Felipe Valdez Leal... Ahí seguirá con nosotros Rubencito, de cuerpo y alma presentes, en el Saltillo que lo vio nacer a la vida y que ahora lo ve nacer a la inmortalidad… FIN.