jueves, 30 de junio de 2016

14:44:00
Carlos Loret de Mola Álvarez / Historias de reportero

Hace dos semanas, tomándonos un café turco mientras hacíamos escala en el aeropuerto Ataturk de Estambul, conversaba con un colega sobre cómo podíamos entrar a Siria para reportar la crisis humanitaria por la migración y la guerra en la que medio planeta tiene la mano metida.

“No quiero salir en Youtube”, me contestó con una sonrisa sarcástica cuando le sugerí hacerlo subrepticiamente por la frontera sirio-turca. Entre periodistas se ha vuelto famosa la frase, para referir que hay que evaluar muy atentamente los riesgos antes de acercarse a territorio dominado por el grupo terrorista Estado Islámico (EI), que suele volver virales en redes sociales los videos de reporteros siendo asesinados.

Antier tres suicidas vinculados a EI se hicieron explotar en ese aeropuerto, el tercero más relevante de Europa, vínculo natural con Asia, que mueve al doble de pasajeros que el de la Ciudad de México.

Familiar de una de las víctimas de los terroristas del Aeropuerto de Estambul. (Bulent Kilic/Agence France-Presse - Getty Images)

De inmediato me acordé de ese café, de la noche que pasamos en el hotel que está dentro del aeropuerto, de todas las fragilidades de seguridad que nos sorprendieron y hasta asustaron cuando estuvimos ahí. Y de cómo nos pareció que estaba muy baja la guardia de Turquía para tener frontera con los territorios dominados por el EI, para haber sufrido 12 atentados que han matado a 340 personas en cinco años, para ser uno de los más activos participantes en los bombardeos contra ese grupo terrorista y para tener abiertos otros dos frentes contra extremistas kurdos y de Al Qaeda:

En un aeropuerto de esas dimensiones, pude hacer un transbordo en media hora, una larga caminata de la terminal internacional a nacional, migración y aduana de por medio, hasta una puerta de abordaje apenas protegida por una revisión superficial del equipaje de mano. Hay conciertos en México para los que te revisan más.

Mis compañeros camarógrafos vieron en una sala de espera una maleta abandonada junto a una silla. A los 20 minutos de que permanecía ahí y ningún elemento de seguridad la detectaba, optaron por alejarse.

Juntos atestiguamos, en la bahía de ascenso-descenso de pasajeros, que un automóvil sin logotipos ni nadie adentro permaneció estacionado cosa de quince minutos. “Imagínate que fuera un coche bomba”. Un policía llegó, estacionó su patrulla, ni reparó en el asunto. Nosotros mejor nos fuimos de ahí.

Ayer cuando me llegó la noticia del aeropuerto, recordé el magnífico artículo de Santiago Alba Rico, Siria y el retorno de los zombis: el Estado Islámico es el resultado de la derrota de las revoluciones y del caos violento generalizado, pero también de una crisis nihilista global. El crecimiento del EI hay que asociarlo asimismo a la fascinación por la pura violencia, como en el caso de los narcos mexicanos o de los jóvenes del Columbine, y a un anticulturalismo beligerante, universalista y rebelde, que encuentra además una poderosa levadura en el exhibicionismo multimedia. Estado Islámico es la única causa rebelde que hay hoy en el mercado.

Ante desafíos tan jóvenes, tan del siglo XXI, hay gobiernos que creen que bastan las viejas medidas.