domingo, 14 de febrero de 2016

03:16:00
CIUDAD DE MÉXICO, 14 de febrero.- Cuando Juan Pablo II llegó en enero de 1979, fue recibido como el señor Karol Wojtyla por un país muy católico que vivía una fuere laicismo, en el que los obispos estaban acostumbrados a vestir como civiles. Y en todas las visitas posteriores (la última fue en 2002), a pesar de que se registró un notable cambio, el Pontífice polaco nunca fue recibido como un jefe de Estado. Benedicto XVI en 2012 visitó otra zona del país, el estado de Guanajuato, sin pasar por la capital federal. Ahora Francisco por primera vez entra al Palacio Nacional en el centro de la Ciudad de México, en donde fue recibido por el presidente Enrique Peña Nieto y su esposa, la actriz Angelica Rivera, que se casó en segundas nupcias después de que ella hubiera obtenido la nulidad matrimonial de la Iglesia, situación que todavía algunos critican.

El momento más importante para Papa Francisco, la visita a la Señora, la Virgen de Guadalupe. Esta imagen representa a la Virgen con la piel ligeramente oscura y con semblanzas mestizas: lleva una túnica de color rosa con motivos floreales semejantes entre sí menos uno, que se encuentra situado en el centro, justamente sobre el vientre. Esa flor simbólica que es diferente de las demás es una imagen que alude, en la tradición indígena, a la divinidad. Además lleva una cinta que utilizaban las mujeres embarazadas. Los indígenas que la ven comprenden inmediatamente que se trata de una mujer que lleva en su vientre a Dios.

Después del encuentro privado y del intercambio de regalos (el Pontífice regaló al presidente un mosaico de la Virgen de Guadalupe, realizado por el equipo del Estudio del Mosaico Vaticano, que trató de reproducir lo más fielmente los colores de la tila original conservada en la Basílica del Tepeyac), el Papa y el Presidente de lo Estados Unidos Mexicanos bajaron al patio central del Palacio Nacional, en donde les esperaban alrededor de mil personas, entre autoridades políticas y representantes de la sociedad civil.

Bergoglio se presentó como «misionero de misericordia y de paz, pero también como un hijo que quiere rendir homenaje a su madre, la Virgen de Guadalupe, y dejarse mirar por ella». En su discurso exaltó al pueblo mexicano, recordando que el país tiene abundantes riquezas naturales y una biodiversidad muy rica. Además de ser, debido a su ubicación geográfica, «referente de América», con sus culturas autóctonas, mestizas y criollas que «le dan una identidad propia que le posibilita una riqueza cultural no siempre fácil de encontrar y especialmente valorar». « La sabiduría ancestral que porta su multiculturalidad —afirmó Bergoglio— es, por lejos, uno de sus mayores recursos biográficos».


El Presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, recordó que se trata la primera vez en la historia que un Papa es recibido y reconocido con su investidura oficialmente y afirmó en su discurso: «México quiere al Papa Francisco por su sencillez, por su bondad, por su calidez. Papa Francisco, usted tiene un hogar en el corazón de millones de mexicanos». El Pontífice, reafirmó Peña Nieto, «viene a darnos un mensaje de aliento y esperanza», y reiteró que «las causas del Papa son también las causas de México». (Enlace a galería de 114 fotos en la Presidencia).

Francisco después habló sobre los jóvenes, «principal riqueza de México», puesto que «un poco más de la mitad de la población está en edad juvenil. Esto permite pensar y proyectar un futuro, un mañana». Una realidad que «nos lleva inevitablemente a reflexionar sobre la propia responsabilidad a la hora de construir el México que queremos, el México que deseamos legar a las generaciones venideras. También a darnos cuenta de que un futuro esperanzador se forja en un presente de hombres y mujeres justos, honestos, capaces de empeñarse en el bien común, este “bien común” que en este siglo XXI no goza buen mercado».

«La experiencia —afirmó el Pontífice argentino— nos demuestra que cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano, la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo».

Y después recordó los « grandes testimonios de ciudadanos que han comprendido que, para poder superar las situaciones nacidas de la cerrazón del individualismo, era necesario el acuerdo de las Instituciones políticas, sociales y de mercado, y de todos de los hombres y mujeres que se comprometen en la búsqueda del bien común y en la promoción de la dignidad de la persona».

Francisco invitó a encontrar «nuevas formas de diálogo, de negociación, de puentes capaces  de guiarnos por la senda del compromiso solidario. Un compromiso en el que todos, comenzando por los que nos llamamos cristianos, nos entreguemos a la construcción de ‘una política auténticamente humana’ (Gaudium et spes, 73) y una sociedad en la que nadie se sienta víctima de la cultura del descarte».

A los responsables de la vida social, cultural y política del país, «corresponde de modo especial trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino, en su familia y en todos los círculos en los que se desarrolla la sociabilidad humana, ayudándoles a un acceso efectivo de los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva, un ambiente sano y de paz».

Y esto, recordó Papa Francisco, «no es sólo un asunto de leyes que requieran de actualizaciones y mejoras —siempre necesarias—, sino de una urgente formación de la responsabilidad personal de cada uno con pleno respeto del otro como corresponsable en la causa común de promover el desarrollo nacional». En este esfuerzo, el gobierno mexicano, concluyó Francisco, «puede contar con la colaboración de la Iglesia católica, que ha acompañado la vida de esta Nación y que renueva su compromiso y voluntad de servicio a la gran causa del hombre: la edificación de la civilización del amor».

A su llegada a México, ayer por la noche, el Papa fue recibido con gran afecto por los mexicanos. El país que ahora visita tiene profundas contradicciones que, de una u otra manera, caracterizan también al resto de América Latina. El pueblo vive en un «estado de guerra» permanente, con violencia y secuestros de personas. Según los datos de la Ong Human Rights Watch, las personas desaparecidas son alrededor de 25 mil: entre ellas están los 43 estudiantes de le Escuela Normal de Ayotzinapa, secuestrados el pasado septiembre de 2014. La Iglesia también sufre la violencia en el país. El clero mexicano tiene un gran número de mártires, y no solo del siglo pasado, en la época de la persecución de los años veinte, sino también contemporáneos. Durante la última década han sido asesinados 41 sacerdotes. Según los datos del Centro Multimedia Católico, en los últimos 25 años se han registrado 52 agresiones contra miembros de la Iglesia católica: la mayor parte de los crímenes son perpetrados contra los sacerdotes (78%), sacristanes (10%), seminaristas (8%), diáconos (2%) y periodistas católicos (2%). Sin olvidar el asesinato del cardenal Juan Luis Posadas Ocampo, arzobispo de Guadalajara, masacrado en el aeropuerto de su ciudad en mayo de 1993.

En Catedral 

«Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los "carros y caballos" de los faraones actuales»; «reclínense, con delicadeza y respeto, sobre el alma profunda de su gente, desciendan con atención y descifren su misterioso rostro». Lo dijo Papa Francisco en el largo discurso que pronunció ante los obispos mexicanos en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. El Papa los invitó a abandonar cualquier forma de clericalismo, a no perder tiempo ni energías «en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorterías». Y a no caer en la parálisis «de dar viejas respuestas a las nuevas demandas». También les pidió que hagan mucho más contra la plaga del narcotráfico y que continúen con su compromiso por los migrantes.

El hilo rojo del mensaje papal a la Iglesia mexicana es la mirada materna de la Virgen de Guadalupe, «la Morenita», la que enseña «que la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia». Citando al poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, el Pontífice indicó que «en Guadalupe ya no se pide la abundancia de las cosechas o la fertilidad de la tierra, sino que se busca un regazo en el cual los hombres, siempre huérfanos y desheredados, están en la búsqueda de un resguardo, de un hogar».

Francisco no dejó de recordar la «larga y dolorosa historia» de la Iglesia mexicana, el tributo de sangre que se ha pagado durante siglos: «Transcurridos siglos del evento fundante de este País y de la evangelización del Continente, ¿acaso se ha diluido, se ha olvidado, la necesidad de regazo que anhela el corazón del pueblo que se les ha confiado a Ustedes?».

«Reclínense pues, con delicadeza y respeto —exhortó Francisco—, sobre el alma profunda de su gente, desciendan con atención y descifren su misterioso rostro. El presente, frecuentemente disuelto en dispersión y fiesta ¿ no es propedéutico a Dios que es solo y pleno presente? ¿La familiaridad con el dolor y la muerte no son formas de coraje y caminos hacia la esperanza? ¿La percepción que el mundo sea siempre y solamente para redimir no es antídoto a la autosuficiencia prepotente de cuantos creen prescindir de Dios?».

Y para hacerlo, es decir para poder cosechar lo positivo en los procesos de cambio actuales, «es necesaria una mirada capaz de reflejar la ternura de Dios. Sean por lo tanto Obispos de mirada limpia, de alma trasparente, de rostro luminoso. No tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los "carros y caballos" de los faraones actuales porque nuestra fuerza es la "columna de fuego" que rompe dividiendo en dos las marejadas del mar, sin hacer grande rumor». Palabras que manifiestan la fuerte preocupación del Papa por la realidad del México contemporáneo.

«En sus miradas —continuó Bergoglio—, el Pueblo mexicano tiene el derecho de encontrar las huellas de quienes "han visto al Señor" (cf. Jn 20, 25), de quienes han estado con Dios. Esto es lo esencial. No pierdan, entonces, tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorterías. No se dejen arrastrar por las murmuraciones y las maledicencias». Palabras muy precisas y claras, que se refieren a los procesos y a las dinámicas que existen dentro de la Iglesia mexicana.

Francisco después habló sobre la necesidad de «ofrecer un regazo materno a los jóvenes. Que vuestras miradas sean capaces de cruzarse con las miradas de ellos, de amarlos y de captar lo que ellos buscan con aquella fuerza con la que muchos como ellos han dejado barcas y redes sobre la otra orilla del mar, han abandonado bancos de extorsiones con tal de seguir al Señor de la verdadera riqueza».

«Particularmente —añadió— me preocupan tantos que, seducidos por la potencia vacía del mundo, exaltan las quimeras y se revisten de sus macabros símbolos para comercializar la muerte en cambio de monedas que al final "la polilla y el óxido echan a perder, y por lo que los ladrones perforan muros y roban. Les ruego no minusvalorar el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para le entera sociedad mexicana, comprendida la Iglesia. La proporción del fenómeno, la complejidad de sus causas, la inmensidad de su extensión como metástasis que devora, la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos consienten a nosotros, Pastores de la Iglesia, refugiarnos en condenas genéricas, sino que exigen un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir, gradualmente, a entretejer aquella delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza».

La única manera, recordó el Papa, es comenzar desde las familias, «acercándonos y abrazando la periferia humana y existencial de los territorios desolados de nuestras ciudades; involucrando las comunidades parroquiales, las escuelas, las instituciones comunitarias, la comunidades políticas, las estructuras de seguridad; sólo así se podrá liberar totalmente de las aguas en las cuales lamentablemente se ahogan tantas vidas, sea la de quien muere como víctima, sea la de quien delante de Dios tendrá siempre las manos manchadas de sangre, aunque tenga los bolsillos llenos de dinero sórdido y la consciencia anestesiada».

Uno de los pasajes del discurso estuvo dedicado a la situación de los indígenas del país: «¡No comprenderemos jamás bastante el hecho de que con los hilos mestizos de nuestra gente Dios entretejió el rostro con el cual se da a conocer! Nunca seremos suficientemente agradecidos a este inclinarse, a esta ‘synkatabasis’. Una mirada de singular delicadeza les pido para los pueblos indígenas y sus fascinantes y no pocas veces masacradas culturas. México tiene necesidad de sus raíces amerindias para no quedarse en un enigma irresuelto. Los indígenas de México aún esperan que se les reconozca efectivamente la riqueza de su contribución y la fecundidad de su presencia para heredar aquella identidad que les convierte en una Nación única y no solamente una entre otras».

«Les ruego —exclamó Bergoglio— non caer en la paralización de dar viejas respuestas a las nuevas demandas. Su pasado es un pozo de riquezas para excavar que puede inspirar el presente e iluminar el futuro. ¡Ay de ustedes si se duermen en sus laureles!». Por ello, Francisco invitó a los obispos mexicanos a «cansarse sin miedo en la tarea de evangelizar y de profundizar la fe mediante una catequesis mistagógica que sepa atesorar la religiosidad popular de su gente». Y es necesario «superar la tentación de la distancia y del clericalismo, de la frialdad y de la indiferencia, del comportamiento triunfal y de la autoreferencialidad. Guadalupe nos enseña que Dios es familiar en su rostro, que la proximidad y la condescendencia pueden más que la fuerza».

De hecho, aclaró Bergoglio, «sólo una Iglesia capaz de resguardar el rostro de los hombres que van a tocar a su puerta es capaz de hablarles de Dios. Si no desciframos sus sufrimientos, si no nos damos cuenta de sus necesidades, nada podremos ofrecerles. La riqueza que tenemos fluye solamente cuando encontramos la poquedad de aquellos que mendigan y, precisamente, tal encuentro se realiza en nuestro corazón de Pastores». Y la Iglesia, « cuando se congrega en una majestuosa Catedral, no podrá hacer menos que comprenderse como una “casita” en la cual sus hijos pueden sentirse a su propio gusto. Delante de Dios solo se permanece si se es pequeño, si se es huérfano, si se es mendicante».

Francisco invitó nuevamente a los obispos a «no ahorrar cada esfuerzo posible por promover, entre ustedes y en sus diócesis, el celo misionero, sobre todo hacia las partes más necesitadas del único cuerpo de la Iglesia mexicana». Y les rogó «cuidar especialmente la formación y la preparación de los laicos, superando toda forma de clericalismo e involucrándolos activamente en la misión de la Iglesia».

« No son necesarios “príncipes” —explicó—, sino una comunidad de testigos del Señor. Cristo es la única luz; es el manantial de agua viva; de su respiro sale el Espíritu que despliega las velas de la barca eclesial». «Si tienen que pelarse, peléense; si tienen que decir cosas, se las digan, como hombres, en la cara, y como hombres de Dios, que van a rezar y discernir juntos, y si se pasaron de la raya después se van a pedir perdón, pero mantengan la unidad episcopal», añadió abandonando por un momento el texto.

Para concluir, el llamado por los migrantes. Francisco expresó su agradecimiento y aprecio «por todo cuanto están haciendo para afrontar el desafío de nuestra época representada en las migraciones. Son millones los hijos de la Iglesia que hoy viven en la diáspora o en tránsito peregrinando hacia el norte en búsqueda de nuevas oportunidades. Muchos de ellos dejan atrás las propias raíces para aventurarse, aun en la clandestinidad que implica todo tipo de riesgos, en búsqueda de la “luz verde” que juzgan como su esperanza. Tantas familias se dividen; y no siempre la integración en la presunta “tierra prometida” es tan fácil como se piensa».

«Hermanos», concluyó el Obispo de Roma, que «sus corazones sean capaces de seguirlos y alcanzarlos más allá de las fronteras», reforzando también «la comunión con sus hermanos del episcopado estadounidense para que la presencia materna de la Iglesia mantenga viva las raíces de su fe, las razones de sus esperanzas y la fuerza de su caridad».

Ante la Virgen de Guadalupe
Largos minutos de silencio y recogimiento. El Primer Papa latinoamericano de la historia finalmente cumple su deseo de «dejarse mirar» por la Virgen de Guadalupe. Papa Francisco había pedido, en un video-mensaje enviado a los mexicanos antes de su viaje, que le dejaran la posibilidad de permanecer «a solas» ante la imagen de la Reina de América. Y hoy, finalmente, como «peregrino de paz y misericordia», pudo cumplirlo. Al finalizar la celebración eucarística, tras escuchar el mensaje que le dirigió el cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, y entregar y bendecir una corona, ofrecida con una oración a la «Morenita», Francisco se retiró a la sacristía de la Basílica para rezar a solas para rezar a la Virgen. Al inicio de este tan deseado íntimo encuentro, al inclinarse a besar a una niña que le llevaba flores, Francisco, tal vez debido al cansancio, perdió el equilibrio y se sentó cayéndose en la silla que tenía a la espalda. El Obispo de Roma permaneció alrededor de 28 minutos frente a la imagen.

«'¿Acaso no soy yo tu madre? ¿No estoy aquí? No te dejes vencer por tus dolores, tristezas.' ». Papa Francisco, el primero Obispo de Roma que nació en América Latina, puede finalmente ver a los ojos, de cerca, a la Virgen de Guadalupe, la imagen de la Virgen mestiza que dio origen a la identidad de los pueblos latinoamericanos. O mejor, puede finalmente dejarse ver por ella. Francisco, recibido por una enorme multitud de feligreses y peregrinos, llegó al Santuario de la Virgen de Guadalupe para celebrar la Misa en esta segunda jornada de su viaje apostólico a México.

El Papa recorrió 16 kilómetros en el papamóvil abierto desde la nunciatura en donde se aloja hasta el Santuario, que es el mayor santuario mariano del mundo, visitado cada año por veinte millones de peregrinos. A lo largo del recorrido cientos de miles de fieles lo saludaban por las calles. El Santuario surgió, según la tradición, después de las apariciones de la Virgen, entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531, al indígena Juan Diego, canonizado por Juan Pablo II en 2002. Papa Wojtyla visitó el Santuario en cuatro ocasiones: en 1979, en 1980, en 1999 y justamente en 2002.

En lo homilía de la Misa que celebró dentro de la enorme basílica mariana, visitada cada año por millones de personas, Francisco habló sobre María, «la mujer del 'Sí'» que visitó a su prima para ayudarla y que «también quiso visitar los habitantes de estas tierras de América en la persona del indio san Juan Diego. Así como se movió por los caminos de Judea y Galilea, de la misma manera caminó al Tepeyac, con sus ropas, usando su lengua, para servir a esta gran Nación. Así como acompañó la gestación de Isabel, ha acompañado y acompaña la gestación de esta bendita tierra mexicana». Demostrando que privilegia a aquellos que como Juan Diego «sienten 'que no valían nada'».

En un amanecer de 1531, recordó Francisco, cuando se produjo el primer milagro, «Dios despertó la esperanza de su hijo Juan, la esperanza de su Pueblo. En ese amanecer Dios despertó y despierta la esperanza de los pequeños, de los sufrientes, de los desplazados y descartados, de todos aquellos que sienten que no tienen un lugar digno en estas tierras. En ese amanecer, Dios se acercó y se acerca al corazón sufriente pero resistente de tantas madres, padres, abuelos que han visto partir, perder o incluso arrebatarles criminalmente a sus hijos».

El indígena vidente, que hoy es santo, «en repetidas ocasiones le dijo a la Virgen -explicó Bergoglio- que él no era la persona adecuada, al contrario, si quería llevar adelante esa obra tenía que elegir a otros ya que él no era ilustrado, letrado o perteneciente al grupo de los que podrían hacerlo. María, empecinada -con el empecinamiento que nace del corazón misericordioso del Padre- le dice: no, que él sería su embajador. Así logra despertar algo que él no sabía expresar, una verdadera bandera de amor y de justicia: en la construcción de ese otro santuario, el de la vida, el de nuestras comunidades, sociedades y culturas, nadie puede quedar afuera. Todos somos necesarios, especialmente aquellos que normalmente no cuentan por no estar a la 'altura de las circunstancias' o no 'aportar el capital necesario' para la construcción de las mismas».

«El santuario de Dios es la vida de sus hijos -añadió el Papa-, de todos y en todas sus condiciones, especialmente de los jóvenes sin futuro expuestos a un sinfín de situaciones dolorosas, riesgosas, y la de los ancianos sin reconocimiento, olvidados en tantos rincones. El santuario de Dios son nuestras familias que necesitan de los mínimos necesarios para poder construirse y levantarse».

El Papa invitó a los que peregrinan a este santuario mexicano a estar en silencio, a ver a la Virgen, «mucho y calmamente», para escuchar«una vez más que nos vuelve a decir: '¿Qué hay hijo mío el más pequeño?, ¿qué entristece tu corazón?'. '¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?'».

María «nos dice que tiene el 'honor' de ser nuestra madre. Eso nos da la certeza de que las lágrimas de los que sufren no son estériles. Son una oración silenciosa que sube hasta el cielo y que en María encuentra siempre lugar en su manto. En ella y con ella, Dios se hace hermano y compañero de camino, carga con nosotros las cruces para no quedar aplastados por nuestros dolores».

«Sé mi embajador, nos dice, dando de comer al hambriento, de beber al sediento, da lugar al necesitado, viste al desnudo y visita al enfermo. Socorre al que está preso, perdona al que te lastimó, consuela al que esta triste, ten paciencia con los demás y, especialmente, pide y ruega a nuestro Dios». (Andrea Tornielli / La Stampa / Excélsior / Animal Político / EFE)