martes, 3 de noviembre de 2015

10:21:00
Carlos Loret de Mola Álvarez

No pocos interlocutores se quedaron sorprendidos cuando atestiguaron la escena.

El presidente Álvaro Colom terminaba de comer y extendía la sobremesa. Hablaba de los mayas galácticos, de cómo él era uno de sus enviados, ungido por una especie de destino milenario que lo había llevado al máximo poder en Guatemala.


Muchos creían que era broma, pero poco a poco se daban cuenta que no, que hablaba en serio. Pasaban los minutos, las horas. Parecía no correrle prisa. No era la dinámica de un hombre ocupado.

De pronto aparecía su esposa, la primera dama Sandra Torres. Saludaba brevemente, soltaba “con su permiso, alguien tiene que gobernar en este país” y dejaba sentado charlando a su esposo el presidente. Ella se iba a los asuntos del Estado que todos sabían cogobernaba –por decir lo menos– con su marido.

Quería ser sucesora de su esposo, pero la Constitución impide que se postule el cónyuge de quien ocupa la presidencia del país. Santa solución: Sandra Torres se divorció de Álvaro Colom. Una simulación política que no le funcionó: el tribunal electoral, observando el espíritu de la Carta Magna guatemalteca, le prohibió competir. Ella se guardó el deseo.

Colom dejó el poder. Ganó las elecciones su opositor, el general Otto Pérez Molina. En menos de cuatro años hizo pedazos el prestigio que había construido como policía implacable que incluso capturó a Joaquín “El Chapo” Guzmán en 1993, como militar que le daría a Guatemala la estabilidad soñada, visible en el panorama internacional por sus posturas liberales sobre la legalización de las drogas.

Hoy, sin poder terminar su administración, Pérez Molina está en prisión tratándose de escabullir de las acusaciones de corrupción que lo llevaron a la renuncia y a la cárcel.

Cuatro años después, Sandra Torres quiso llegar otra vez a la presidencia. Ahora, con todos los permisos constitucionales. En las elecciones de este 2015 perdió en la segunda vuelta frente al comediante de televisión Jimmy Morales, un candidato con pinta de independiente, carismático, ajeno a la política, con un discurso rupturista de esos que tan de moda están entre el electorado harto de los políticos de siempre.

Se ha cuestionado que detrás de Morales desfilan los intereses más oscuros de los militares que perpetraron el genocidio guatemalteco hace tres décadas, que su programa de gobierno no está fundamentado sino lleno de vaguedades, que no tiene experiencia, que puede convertirse en un colapso para Guatemala.

Ojalá no. Porque si le va mal a Guatemala le va mal a México. La frontera entre los dos países, si bien se ha reforzado en los últimos años, sigue siendo fácil de cruzar. Una crisis en nuestro vecino del sur implicaría oleadas de ciudadanos guatemaltecos (aún más) que en su ruta por buscarse el futuro en Estados Unidos terminen quedándose en México, que no tiene la infraestructura, la economía ni la fortaleza institucional para recibirlos.

Los retos en materia de seguridad y empleo serían tremendos. No se diga en términos de derechos humanos, donde la calificación mexicana es paupérrima.