martes, 21 de abril de 2015

16:27:00
Armando "Catón" Fuentes Aguirre


Comenzaron a platicar hace 50 años y no han terminado todavía. Casi siempre su conversación empieza con las mismas palabras: “¿Te acuerdas?”. Los sorbos a la taza de café le van poniendo puntos suspensivos al recuerdo de los pasados tiempos. Hablan. Hablan de cuando eran novios, del día que se casaron, de las penurias iniciales, de la llegada de los hijos y los nietos. Y al final siempre la misma reflexión: “¡Cómo se va la vida!”. Yo me pregunto si en verdad se va, y acabo por pensar que no. La carne y la sangre de este hombre y esta mujer seguirán viviendo en la sangre y la carne de aquellos a quienes dieron vida. Y son muchos. La nietada, como ellos dicen, es muy grande. Los días que la familia se reúne en la casa paterna –en la casa materna, más bien–, aquello parece una ruidosa convención. Y pensar que todo principió con aquella pregunta que él le hizo con vacilante voz por el temor de que lo rechazara: “¿Me permites que te acompañe?”. Ella se lo permitió. Y se lo sigue permitiendo cada día. Para él eso es como un milagro, un regalo permanente de la vida. ¡Su mujer es todavía tan bella! La sonrisa con que cada mañana lo saluda hace que en la casa brille el sol aunque afuera esté lloviendo o tiriten las calles por el frío. Hay en sus ojos la misma luz que tenía de muchacha, y en su voz la misma música de la juventud. Antes era muy bonita; ahora es muy hermosa. La mira él y no advierte en su rostro la marca de los años, ni ve en su andar el peso de la edad. Para él es la misma mujer de la que se enamoró al verla por primera vez y de la que sigue enamorado. No se explica por qué le llegó ese prodigio. Él no era guapo, ni tenía dinero, ni su familia era de buena sociedad. Y sin embargo fue él quien recibió el milagro, y no otro. Un amigo que fue vecino de ella en aquel tiempo le dice cada vez que se lo topa: “En el barrio todos te odiábamos. Te llevaste a la muchacha más bonita”. El día que se casó con ella ha sido y es el más feliz de todos los días de su vida, y vaya que ha vivido muchos. No se apena al decir que fue un sueño. Ni siquiera lo sacó de su éxtasis la travesura que le hizo aquel fotógrafo que retrató la boda. Cuando acabó la fiesta, cuando con su novia subió feliz al coche en que harían el viaje de luna de miel, le dijo al fotógrafo: “Me haces un buen trabajo”. Respondió el hombre con pícara sonrisa: “Tú también”. Cuántas cosas han sucedido desde la fecha en que emprendió el camino con su compañera. Ha habido horas de reír y horas de llorar. Han tenido días serenos y noches de tormenta. Pero han gozado la felicidad y han afrontado las penas tomados de la mano. Cuando la dicha se comparte es más grande, y cuando se comparte el sufrimiento es más pequeño. Ella bromea a veces acerca de su vida juntos. El otro día le dijo él: “¿Te acuerdas de que yo no quería comprar un televisor de control remoto, porque era más caro que el que no tenía control, y tú al fin me convenciste de comprarlo?”. Ella le contestó, como recordando: “Se ha batallado; se ha batallado”. Y es cierto. Ella ha batallado con sus pequeñas impertinencias de marido y con sus grandes equivocaciones de hombre. Para las pequeñeces ha tenido el don de la paciencia; para los errores graves la sabiduría del perdón. Cuando les preguntan: “¿Cómo han durado tanto?” responde su mujer: “Gracias a Dios”. Y contesta él: “Gracias a ella”. El final del camino ya está cerca. Su paso es ahora lento. Ella batalla un poco para caminar, pues le duele una rodilla. (“Esta pata no me quiere”, dice). Él tiene problemas de columna, y a veces su respiración se vuelve fatigosa. Pero ninguno de los dos tiene miedo de morir, así como nunca tuvieron miedo de vivir. Cuando hablan de la muerte lo hacen con serenidad y sin temores. Tienen la certidumbre de que su vida continuará en otras vidas. Quizás es eso lo que lo que las religiones llaman “vida eterna”. Y es que el amor que los unió es eterno. De dos que se aman nace una eternidad. En esa eternidad seguirán platicando, como ahora. En esa eternidad seguirán preguntándose uno al otro: “¿Te acuerdas?”…FIN.