lunes, 23 de febrero de 2015

09:30:00
Gilberto Avilez Tax

La Voz de la Revolución, 23 de agosto de 1915. Visita del gobernado Salvador Alvarado a Tekax

El pueblo de Yucatán, secularmente oprimido al mismo tiempo por el AMO que por el CURA hipócrita y venal que era su cómplice para eternizar a los indios con las penas eternas si no daban ciega obediencia y callada sumisión a los poderosos de la tierra.[1]

Todos los meapilas, come ostias, ultramontanos y reaccionarios de la historiografía en Yucatán, que son legión, unidos en un aquelarre siniestro santificado por el dogma hispanista y molinista que todavía se traen en sus alforjas, recientemente, al saber que 2015 ha sido declarado el Año del Centenario del Gobierno Revolucionario del General Salvador Alvarado,[2] han comenzado a vomitar sus infundios, sus lugares comunes como característica de su pereza de pensamiento, y sus olímpicas falsedades contra la figura señera de un hombre que posibilitó la arremetida más radical, años después de su partida de la Península en 1918, del Dragón Rojo con ojos de Jade de Motul.

El divisionario Salvador Alvarado (1880-1924), un boticario de pueblo que odiaba la bebida, que era anticlerical como buen sonorense de aquellos años, y tenía un dejo intelectual y educativo poco común entre los caudillos de la Revolución; es otro de aquellos genios militares que trajo la frontera nómada con la Revolución, como bárbaros que llegaron del norte para darles las leyes a un centro y sur de México, indígena y que todavía rezaba a Jesucristo.[3] Como su página de Wikipedia lo dice correctamente, Alvarado “fue sinaloense de nacimiento, sonorense por adopción y yucateco por su obra”. Murió en esa guerra de militares que duró menos de medio año, y que los estudiosos han denominado como la rebelión delahuertista.[4] A Alvarado no se le resta ni un mérito por haber nacido al otro lado de ese vasto y diverso país llamado México, porque toda su actuación revolucionaria fue, como correctamente lo han dicho innumerables estudiosos de su gobierno, constructora de un nuevo Estado nacional que se gestaba entre los ruidos de los cañones, la barahúnda de las cabalgatas de los ejércitos revolucionarios contra los restos del ejército de don Porfirio que vanamente Huerta intentó resucitar; y las guerras civiles entre zapatistas y villistas por un lado, y por el otro, la fiereza de los sonorenses y carranclanes conservadores.[5]
Si no trajo la revolución de afuera como Joseph y Wells explicaron y contraargumentaron una primera tesis “afuerista” del primer gringo,[6] sí volvió a prender y encauzar, en su gobierno, la mecha del descontento social que se vio en el periodo del verano del descontento (1909-1913), en el que innumerables campesinos de los pueblos del sur y oriente de Yucatán hicieron su propia revolución y rebasaron los objetivos conservadores que primeramente plantearon los señoritos de Mérida.

La literatura sobre el Alvaradismo en Yucatán, se mide por kilos en los estantes de tesis, libros, artículos, poemas, hagiografía y demás chécheres de tinta que existen en los repositorios meridanos. Tanto en los registros bibliográficos de las páginas de internet de la UADY y la Biblioteca Yucatanense, existen contabilizadas 69 obras que traten ese periodo. Sin embargo, me parece que esta documentación no es ni una cuarta parte de lo que contiene ese mundo historiográfico en sí mismo: Alvarado mismo construyó su legado intelectual al publicar obras donde daba su visión de cómo se debía encausar la Revolución para la construcción de un nuevo Estado. Además, las fuentes impresas (La Voz de la Revolución) y las cajas del periodo alvaradista del Fondo Poder Ejecutivo, del AGEY, posibilitan una comprensión totalitaria de ese periodo que acunó la arremetida socialista de 1918-1924. No está en mis posibilidades intelectuales hablar de su periodo, aunque, sin duda, la tesis del maestro Jorge Canto Alcocer,[7] y obras de obligada consulta, como los trabajos de Joseph y Paoli,[8] pueden servir como brújula para intentar una nueva visión de ese tiempo contradictorio, rico, tajante y multánime, que fue el tiempo de Salvador Alvarado en Yucatán.

Desde luego, sobre la figura de Alvarado se puede decir, como afirmaban los viejos profesores marxistas, que su revolución era una revolución pequeñoburguesa, o más atenuado, “popular” y, a veces, populista. Sin embargo, los viejos marxistas se olvidaban de señalar, que sin Alvarado no hubiera existido socialismo en Yucatán. ¡Así de simple! En una tesis doctoral en el que intento explicarme el significado preciso de la figura de Alvarado en Yucatán, señalo que en 1915, con la llegada de Alvarado con sus batallones, la bandera popular sería nuevamente retomada en forma hasta de “bandidaje” en el Partido de Hunucmá;[9] los propagandistas de la Revolución, entre ellos Carrillo Puerto, Rafael Cebada Tenreiro y Rafael Gamboa, llevarían las ideas agraristas a los pueblos yucatecos;[10] y las estructuras políticas creadas con Alvarado, pero radicalizadas con Carrillo Puerto y bajadas a lo local mediante las “ligas de resistencia socialista”, serían parte neurálgica para la movilización popular en el estado, dadas un mayor impulso con la gobernanza alvaradista.[11] Ese año de la entrada de Alvarado por las calles de la ciudad de Mérida, los campesinos mayas y mestizos de Peto, tal vez envalentonados por las nuevas olas revolucionarias traídas con la entrada de los 7,000 “huaches de Alvarado, harían más de un motín, saqueando establecimientos comerciales de los principales del pueblo, con el objetivo de restablecer la “economía moral” (o la justicia), rota en el pueblo por turcos usureros.[12]

Si se olvida que Alvarado gobernó con líderes de pueblos que serían los fundadores del socialismo yucateco, al mismo tiempo se tacha que Alvarado haya gobernado con una parte de la élite local, pero se olvida decir que esta élite era, como bien ha establecido Menéndez,[13] el segmento liberal, a veces anticlerical y modernista, de los hacendados yucatecos que fueron excluidos del poder por conservadores cantonistas y molinistas, posterior del último gobierno liberal de Carlos Peón Machado (1894-1897), en el que las ideas de la Reforma (separación Iglesia-Estado) se fueron al traste por la subida al poder de viejos imperialistas como Cantón. Se olvida decir que estos hacendados yucatecos contrarios a Olegario Molina y la Casta Divina, eran los que impulsaron en el Verano del descontento, a los campesinos de los pueblos para el cambio injusto de cosas creado con Molina. A partir de Molina y su reinado de “modernidad feudal” establecido con su yerno español, Avelino Montes, se daría un pacto implícito y explícito entre las estructuras de poder divino y terrenal para la mayor optimización de las ganancias a costa de la brutal explotación de los mayas en las haciendas henequeneras y cañeras. En lo mejor de la explotación sistemática a los mayas de las haciendas, recordemos que el Obispado y la Catedral de Yucatán misma, cobraban, con puntualidad inglesa, “el diezmo del henequén” a los hacendados, so pena de mandarlos al hipotético infierno a los que se negaban. Esta iglesia que hizo poco por la liberación de los indios de Yucatán, y que se opuso a los caudillos de la Guerra de Castas llamándolos al orden y a la vuelta al rebaño de la abyecta servidumbre, en el Porfiriato yucateco seguía su abolengo simoniaco de bendecir la barbarie, favoreciendo a la oligarquía a través de una carta del obispo Mejía, en donde este tonsurado era de la opinión de que los “divinos” hacendados “eran unos padres cariñosos para con sus criados”.[14] Más tartufo y fariseo no podía ser ese cura Mejía criminal.

Alvarado, más que Carrillo Puerto, post mortem fue el que verdaderamente triunfó. Siguiendo a la ya vieja escuela revisionista, hay que decir que no fue la visión humanitaria, justiciera y “pro-maya”[15] de los socialistas yucatecos la que triunfó de 1940 en adelante, sino la visión capitalista del Estado que este sonorense tenía desde los primeros tiempos revolucionarios. Paoli y Montalvo resumieron este aporte indubitable del periodo de gobierno de Alvarado en Yucatán, que dio pábulo para la alborada socialista, y que comenzó a descorrer los cerrojos del mundo antiguo y neocolonial en el que el estado, o más preciso, los mayas del noroeste de Yucatán, estaban entrampados mediante barrotes hechos con pencas de henequén de las haciendas de los esclavistas oligarcas:

Alvarado, un hombre del norte que va al sur con el ideal del capitalismo moderno, que quiere convertir a Yucatán en un foco de desarrollo industrial y urbano, y que para emprender esa tarea, tiene que romper los moldes tradicionales, la organización esclavista del trabajo y la ideología conservadora. El proceso no queda allí, porque paralelamente a esa transformación, se estaba construyendo lo que podemos llamar la infraestructura política necesaria para el lanzamiento y desarrollo del PSSE.[16]

No necesitamos hablar aquí de la liberación de los peones llevado cabalmente con Alvarado, ni de las legislaciones laborales y agrarias, ni el fuerte impulso al feminismo de su gobierno, concretizado en Congresos feministas;[17] o el saneamiento de las finanzas y la fiebre educadora que el gobernador pre-constitucionalista tenía, para comprender el tremendo significado de su gobierno, para la construcción del Yucatán moderno. Estos aportes que brevemente he señalado, pesada en la balanza clerical y supuestamente “yucatenista” de los desmitificadores reaccionarios de ayer y de hoy, resultan nada frente al –para qué obviarlo- defecto de carácter –propio, al parecer, de su tiempo- que tenía el general oriundo de Sinaloa. Y es que Alvarado era un convencido anticlerical, y creo yo que, en el caso de Yucatán, su anticlericalismo se podía entender por las circunstancias cuasi esclavistas en que estaba inmersa buena parte de la sociedad maya yucateca: entre los ruidos bostezantes del campanario, y los látigos de los mayacoles,[18] brazos ambos del poder oligárquico.

Respecto de la vena historiográfica-clerical reciente en la Península, sin duda una de las fuentes de las visiones más negativas del Alvaradismo sea el libro de Franco Savarino, Pueblos y nacionalismos, en el que este autor, tocando con pinzas para pulgas las acciones más importantes del gobierno de Alvarado, estas se opacan por la persecución de la religiosidad popular que caracterizó el gobierno pre constitucionalista de Alvarado. La lectura atenta de Pueblos y nacionalismos trasluce el denodado horror que siente su autor por la figura de Alvarado (y más por la de Carrillo Puerto). En un trabajo anterior, señalé que podemos ver la talacha historiográfica de Savarino, como la de un católico protestante-fóbico, y como la de un re-actualizador de las ideas de la historiografía yucateca derechista, adjetivada de “revisionista” aunque siga la vejestoria y decimonónica brecha abierta por Gamboa Ricalde, Hugo Sol, Mena Brito y las cartas pastorales de sus bien cebados obispos. Para Savarino, un anti maderista y apologista del régimen homicida de Victoriano Huerta;[19] un hombre que no cree en la historia oral de los campesinos mayas cuando habla de la infame época de la esclavitud, [20] el periodo de Salvador Alvarado se caracteriza, por su vena anticlerical, como de una época de “terror” que durante menos de cuatro años se acercó peligrosamente a una experiencia totalitaria.[21] Cuando se dio la rebelión del delincuente coronel huertista Abel Ortiz Argumedo en 1915, tanto las interpretaciones de Joseph, como Paoli y Montalvo, se escoran a la idea de que la rebelión argumedista era un signo inequívoco de que la plantocracia yucateca quería, a como diera lugar, conservar sus privilegios de clase frente a la masa campesina explotada, y para eso recurrieron a la socorrida idea “soberanista” o separatista, pagándole a Ortiz Argumedo los denarios necesarios para que sacara a los emisarios de los constitucionalistas e independizara a Yucatán. Contrario a estas ideas, Savarino, un defensor del espíritu del “orden” del huertismo, basado en textos de Francisco Cantón Rosado y, sobre todo, en Álvaro Gamboa Ricalde –historiadores netamente del conservadurismo historiográfico yucateco- señaló que en contra de la ocupación militar de Eleuterio Ávila y de Toribio de los Santos estalló al final la rebelión, “vista con simpatía por el pueblo yucateco”, y liderada por Ortiz Argumedo. Para Savarino, más que los intereses de la oligarquía, movía a Ortiz Argumedo otras visiones “patrióticas”: “Los carrancistas fueron expulsados del estado, y se instaló en Mérida un gobierno que levantó la bandera de la autonomía estatal”.[22]

¿Asesino de yucatecos?

El levantamiento de Ortiz Argumedo y los plantocratas yucatecos, que querían, a como diera lugar, seguir en la insultante opulencia a costa de la explotación de los mayas; constando de pocos encuentros de armas, expulsó al segundo gobernador constitucionalista, Toribio de los Santos y a sus jilguerillos que había traído a Yucatán, y la rebelión argumedista entró a Mérida al repique estruendoso de las campanas de la catedral, el 11 de febrero de 1915. Seguramente que con el vomitar de las campanas catedralicias, la plana mayor de los clericanallas tonsurados le dieron su bendición al patriota “yucatenista” coronel veracruzano; hombres del oriente como Juan Campos y otros jefes conservadores locales de la región de Valladolid, secundaban al brazo militar de la Casta Divina separatista. Sin dilación alguna, Ortiz Argumedo se proclamó gobernador interino y comandante militar del estado. El golpista cortó de tajo toda posible reforma social, y aunque trató de llegar a un acuerdo con su “patrón” Carranza; con una carta de crédito de 480,000 dólares convenido por intercesión de Avelino Montes, mandó a una comisión de seis miembros –cuatro de ellos, prominentes molinistas- a comprar armas y municiones a Estados Unidos para una posible intervención armada del centro, que vendría luego. Los “Reyezuelos del henequén” incluso dieron otros dineros a raudales al golpista para lo que hiciera falta.

Pero era cuestión de pocas semanas para que don Venus mandara, en esta ocasión, a uno de los “procónsules” más importantes de los “carranclanes”, el general de división Salvador Alvarado, segundo estratega militar de Carranza después de Obregón, y dueño de un ejército mucho más numeroso, con soldados más experimentados en el arte de la guerra, con buena artillería y que traería a Yucatán hasta a un escuadrón aéreo para hacer sentir la presencia del centro a los refractarios miembros de la oligarquía yucateca. Al saber de la “invasión” del centro a Yucatán, varios jóvenes de la oligarquía, como Julio Molina Font, fueron a la guerra cuidados por los sirvientes de sus haciendas y sus clientes pobres de Mérida, nomás para defender el estado de cosas en que habían crecido sus padres y abuelos.[23]

Después de algunas batallas de poca monta en la hacienda Blanca Flor, Poc Boc y la villa de Halachó, el ejército de papel que Ortiz Argumedo y la élite yucateca habían creado, era barrido de forma apabullante, quedando muertos 540 hombres y haciéndose 622 prisioneros.[24] La culpa de ese derramamiento de sangre yucateca, no hay que endilgarla, como señalan los desmitificadores y reveladores recientes del “rostro oculto de Alvarado”,[25] al hecho de que el divisionario fuera “un asesino de yucatecos” cuyas tropas violaban a las bisabuelas por todos los pueblos que pasaban;[26] o bien, que Halachó fuera “testigo de su despiadada personalidad, ya que su ejército encontró en el poblado la oposición de un grupo de mozalbetes mal armados y sin formación militar, a quienes combatieron y eliminaron fugazmente, siendo que los sobrevivientes fueran pasados por las armas sin piedad.”[27] Salvador Alvarado, el dictum de la historia es implacable, está libre de toda culpa respecto al hecho de que los “mozalbetes” de la Casta Divina y sus pobres peones fueran arriados como borregos por las falsedades que en su momento se crearon desde los púlpitos, los henequenales y los cuarteles, acerca de que Alvarado venía a clausurar la “civilización yucateca”.[28] No hubo ni lo uno ni lo otro, y sí, por el contrario, durante su gobierno se dio un auge henequenero propiciado por la regulación estatal del mercado de la fibra, rompiendo así el monopolio de la Harvested-Molina Solís.

La modernidad alvaradista contra la fe de las tinieblas

Sin duda, el conservadurismo historiográfico apegado a los cirios pontificales, ve en la figura de Alvarado a un anticristo redivivo que vino a imponer una fe demoniaca en la libertad de pensamiento y de la razón. Tal vez no le perdonan a Alvarado la construcción de más de 1,000 escuelas para los mayas y mestizos yucatecos viviendo en la ignorancia aspergeada desde los púlpitos, que opacaron a las casi nada de escuelas de los pueblos (las únicas escuelas eran para las elites racistas) durante los casi cuatro siglos que duró el régimen colonial en Yucatán (en el entendido de que el régimen colonial comenzó a disgregarse a partir de la etapa alvaradista y su secuela carrilloportista). Para esta tartufa historiografía que, en los más de los casos, deviene en una cándida hagiografía lectora de salmos, devocionarios y cartas pastorales, el cuatrienio de Alvarado, en el que se comenzó los cimientos de un nuevo Estado distinto al régimen oligarca, esclavista y racista de la Casta Divina, se constriñe y reduce a un régimen de terror para “la cultura popular” de la fuerte religiosidad de los yucatecos.

Previo a 2015, para octubre de 2014, un “profesor universitario”, Víctor M. Arjona Barbosa, desde la tribuna del Diario de Yucatán recordaba aquella “noche de la ignominia” del 24 de septiembre de 2015, en el que la “saña destructora” de una “turbamulta enfurecida”, realizó un acto de barbarie contra la cultura yucateca, y una grave ofensa de la religiosidad. Arjona Barbosa se refería al saqueo de la catedral dirigida por obreros de Progreso y alguno que otro anarquista gachupín, en el que descollaban como líderes que luego serían socialistas, Anatolio Buenfil, Jacinto Romero, el masón Diego Rendón, el sindicalista Héctor Victoria y Baltazar Pagés.[29] Saliendo de la estación de los ferrocarriles, los hombres se dirigieron a la plaza principal de la ciudad.[30] Ya ahí, con gritos, júbilo y cantos revolucionarios, se internaron por la puerta norte del templo y comenzaron los saqueos de la mole catedralicia construida con mano esclava de indios. Con picos, palas y barrotes de sus faenas obreras, decidieron poner fin a casi 400 años de superchería católica. Un iluminado y tocado por la historia de la Península, Diego Rendón, antes de comenzar los saqueos, movió desde sus cimientos a la iglesia catedral con la siguiente frase apocalíptica:

¡Si un Diego de Landa quemó los ídolos de los indios, otro Diego quemará hoy los ídolos de los fanáticos católicos![31]

El Cristo de las Ampollas, traído de Ichmul en tiempos de la Colonia y con fama de incandescente, aquella noche ardió en llamas de una forma inenarrable. Con golpes de hacha fue desempotrado de su nicho, y con notas de La Internacional y La cucaracha, el ídolo negro se convirtió en ceniza eterna, mientras un negrito cubano de nombre Timbilla, limpiabotas del centro de Mérida, daba unos sabrosos pasos al son de las guitarras luciferinas.[32] Las anécdotas que se pueden contar de la “persecución religiosa en Yucatán durante el periodo alvaradista, son interminables: existen fotos de cristos y santitos descabezados tanto en Mérida como en los pueblos, las iglesias se volvieron escuelas, y en donde había cristos ahora solo habría pizarrones. Podemos decir, que Alvarado dejaba hacer a las clases populares, pero los desmitificadores clericales se olvidan de decir que estas acciones no pudieron llevarse a cabo sin un pleno convencimiento de éstas, acerca de que el clero –mayormente, un clero español[33]-, representado materialmente por las iglesias, eran los símbolos de los dominadores cuya negación mediante los saqueos significaban momentos de eufórica liberación para el segmento más concientizado de las clases populares yucatecas.[34]

Los “reveladores” del rostro oculto de Alvarado, como Sergio Grosjean, sin señalar sus fuentes, incluso le achacan participios en hechos criminosos antes de su llegada a Yucatán, y ya en tierras peninsulares, aseguran que su gobierno autoritario,[35] considerado por Grosjean como de una “fisonomía siniestra”, se escoró en sepultar “la libre prensa”,[36] y “mandó a ejecutar a individuos sin comprobar plenamente el delito cometido”.[37] A este autor, desde luego, se le olvida señalar, que si Alvarado secuestró “la libre prensa”, la Casta Divina hacía peores cosas con sus críticos, como el director de El padre Clarencio, Carlos Escoffié, quien pasó largas temporadas en la Penitenciaría Juárez por aguarle la fiesta a la élite yucateca al narrar las brutalidades y flagelaciones contra los indios efectuados en las haciendas de la Casta.[38] Y se le olvida decir, que el periodo de Alvarado era un periodo pre-constitucionalista, donde se intentaba realizar un nuevo estado cuyas leyes –sobre todo, las leyes penales legisladas en tiempos de la Casta- estaban podridas de raíz. En toda revolución, por si no lo sabe, las leyes antiguas son abrogadas. En toda revolución, la fuerza es y será necesaria.

Las ideas de Grosjean, sin duda, como dice mi colega historiador Mario Mex no son nada “reveladores” de un supuesto “rostro oculto”. Personajes y “revolucionarios institucionales” como Alvarado, sostiene Mex, se encuentran entre dos perspectivas que se reconcomen como perros y gatos: la perspectiva oficial, o insitucional, por un lado, y por el otro se encuentra la perspectiva de que los que, “sin hacer historiografía retoman el viejo discurso de arcaicos hacendados de la ‘vida peninsular’ o de la ‘acción nacional’ de hace décadas”. Mario Mex se pregunta: “¿Dónde queda la historia construida científicamente si ambos bandos han logrado implantar en la sociedad yucateca su visión desde hace mucho tiempo? Falta bastante por construir en cuestiones de historia en la región, cosas que realmente sean un aporte”.[39]

Sirva este texto para abonar a la discusión historiográfica, pero principalmente, para celebrar aquel annus mirabilis de 1915 en que la “Revolución desde afuera” había llegado a Yucatán el 19 marzo, fecha en el que una blanca Mérida veía, desde los huecos de las ventanas y puertas de las casas, un espectáculo alucinante: el paso marcial de los 7,000 soldados constitucionalistas -muchos de ellos, como el rebelde de Progreso, Lino Muñoz, vestidos con manta cruda- por las estrechas calles de la ciudad, haciendo rechinar los oídos de los meridanos con ese sonido característico de las botas enlodadas: ¡huach, huach huach! Al frente de ellos, el regordete divisionario Salvador Alvarado, embotonado hasta el cuello su impecable traje albo, soportaba con dignidad espartana el calor del trópico peninsular.


[1] Salvador Alvarado, Mi actuación revolucionaria en Yucatán, citado por Francisco J. Paoli y Enrique Montalvo, en El socialismo olvidado de Yucatán, Siglo XXI, 1987, tercera edición, p. 49.
[2] La propuesta comenzó como una iniciativa de decreto signada por el ejecutivo estatal, Rolando Zapata Bello, para enero de este año.
[3] Precisamente, el libro de Héctor Aguilar Camín, La frontera nómada: Sonora y la Revolución mexicana, trae como epígrafe unos versos del poema Esperando a los bárbaros, de Kavafis, cuando los senadores esperan a los bárbaros para legislar según sus costumbres. Al final, sabemos que los sonorenses en el poder –aún Cárdenas-, en gran medida, siguieron la senda “moderna”, industrial y capitalista instaurada desde tiempos de don Porfirio.
[4] Cfr. Dulles, John W. F., 1977, Ayer en México: una crónica de la revolución, 1919-1936, México, FCE.
[5] Sobre la construcción del Estado a nivel regional, véase el libro de Paoli Bolio, Yucatán y los orígenes del nuevo estado mexicano, Mérida, Universidad Autónoma de Yucatán, 2001.
[6] Cfr. Wells, Allen y Gilbert M. Joseph, Summer of discontent, seasons of upheaval: elite politics and rural insurgency in Yucatan. 1876-1915, Stanford California; Stanford University Press, 1996.
[7] Canto Alcocer, Jorge, 1995, Socialismo utópico y Revolución en Yucatán, Mérida, Tesis de licenciatura en Ciencias Antropológicas en la especialidad en Historia, UADY-Facultad de Ciencias Antropológicas
[8] Paoli, Óp. Cit., Gilbert M. Joseph, 1992, Revolución desde fuera. Yucatán, México y los Estados Unidos, México, Fondo de Cultura Económica.
[9] Cfr. Gilbert Joseph, 1998, “La última batalla del orden oligárquico. La resistencia popular y de las élites durante el ‘Porfiriato prolongado’ de Yucatán (1910-1915),” en Romana Falcón y Raymond Buve (compiladores), Don Porfirio presidente…, nunca omnipotente. Hallazgos, reflexiones y debates. 1876-1911, México, Universidad Iberoamericana-Biblioteca Francisco Xavier Clavigero. Eiss, Paul K.
2010, In the name of El Pueblo: place, community, and the politics of history in Yucatán, Durham, London, Duke University Press.
[10] Joseph, Revolución desde afuera…2010: 219.
[11] Cfr. Pacheco Cruz, 1953b; González Padilla, 1985; Paoli y Montalvo, 1987; Canto Alcocer, 1995; Savarino, 1997 y Joseph, 2010.
[12] AGEY, Poder Judicial del Estado de Yucatán, sección Departamento judicial de Tekax, proceso instruido a Cancionilo Muñoz y socios por los delitos de robo, asonada y destrucción de la propiedad ajena por incendio, perpetrados en la Villa de Peto, serie juzgado de primera instancia de Tekax, c. 83 (1915).
[13] Menéndez Rodríguez, Hernán, 1995, Iglesia y poder: proyectos sociales, alianzas políticas y económicas en Yucatán (1857-1917), México, Editorial Nuestra América-CONACULTA.
[14] Peniche Rivero, Piedad, 2002, “El dulce encanto de la burguesía henequenera. Resistencia de los siervos de haciendas y estructuradas demográficas en la época dorada, 1879-1910”, p. 26, en Piedad Peniche Rivero y Felipe Escalante Tió coordinadores, Los Aguafiestas. Desafíos a la hegemonía de la élite yucateca, 1867-1910, Archivo General del Estado de Yucatán, México.
[15] Aunque en este punto, tenemos que acotar que el impulso y revalorización que Carrillo Puerto diera a la lengua, las tradiciones, la literatura, la arquitectura, la arqueología y la cultura de la sociedad maya yucateca, a tono con sus políticas agrarias, no eran sino los mismos brazos de un indigenismo que años después, con Cárdenas, sería política pública oficial: una revalorización de las tradiciones indígenas, que se traducían, burocráticamente, en una disección y una museografía cosificante del mundo indígena.
[16] Paoli y Montalvo, El socialismo olvidado, p. 49. No necesito decir, que por las siglas PSSE, se referían los autores al Partido Socialista del Sureste.
[17] Sobre el tema del feminismo en tiempos de Alvarado, cfr. la tesis de maestría en historia de Alicia Canto Alcocer, Las mujeres a escena: feminismo y revolución en Yucatán 1915-1918, CIESAS, 20014.
[18] Capataces, generalmente mestizos, de las haciendas yucatecas.
[19] Cfr. Pueblos y nacionalismo, del régimen oligárquico a la sociedad de masas en Yucatán, 1894-1925, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, pp. 330-331.
[20] Ibidem, p. 346.
[21] Franco Savarino, 1997, Pueblos y nacionalismo, del régimen oligárquico a la sociedad de masas en Yucatán, 1894-1925, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana
[22] Pueblos y nacionalismos…
[23] Joseph, 1998. Savarino, citando el trabajo de Molina Font (1955:18), un vástago de la Casta Divina, señala la actitud resuelta de las “masas heterogéneas” (“indios con delantales”, “mestizos con sus blancos trajes y taconeantes alpargatas”, empleados, estudiantes, hacendados, viejos, niños y mujeres) que defendiendo la soberanía yucateca y decidieron combatir a los “huaches” que iban a violar a las mujeres yucatecas. Sin embargo, existe una impresión de un miembro de la clase popular, Wenceslao Moguel, diciendo que la supuesta “participación” de la gente pobre de las ciudades, se dio sobre todo por la leva, con varios raptos abiertos, y que una vez reclutados los “voluntarios”, eran reducidos “a poco más que esclavos abyectos” (Joseph, 1998:444).
[24] Echeverría, 1985: 33.
[25] Cfr. el lábil y poco científico texto de Sergio Grosjean, “El rostro oculto de Salvador Alvarado”, Milenio Novedades, 16 de febrero; Víctor M. Arjona, “La noche de la ignominia en Mérida”, Diario de Yucatán, 23 de octubre de 2014; y el texto de Félix A. Rubio Villanueva, “Nada que celebrar”, Diario de Yucatán, 20 de enero de 2015.
[26] Félix A. Rubio Villanueva, “Nada que celebrar”, Diario de Yucatán, 20 de enero de 2015.
[27] Sergio Grosjean, “El rostro oculto de Salvador Alvarado”, Milenio Novedades, 16 de febrero.
[28] Cfr. la evocación que del ejército de Alvarado tenía la élite yucateca refugiada en La Habana, en Antonio Mediz Bolio, 1985, Alvarado es el hombre, México, Universidad Autónoma de Sinaloa.
[29] La Revista de Yucatán, 9 de mayo de 1923.
[30] Víctor M. Arjona Barbosa, “La noche de la ignominia en Mérida”, Diario de Yucatán, 23 de octubre de 2014.
[31] Pueblos y nacionalismo…p. 361.
[32] Víctor M. Arjona Barbosa, “La noche de la ignominia en Mérida”, Diario de Yucatán, 23 de octubre de 2014.
[33] Cfr. Iglesia y poder…
[34]En este aspecto, sigo las ideas de Ranajit Guha señaladas por Saurabh Dube, 2001, Sujetos subalternos: capítulos de una historia antropológica, México, COLMEX, Centro de Estudios de Asia y África, p. 58.
[35] Y me pregunto, ¿cuándo nuestra cultura política ha sido completamente democrática?
[36] ¿Acaso quiso decir la “libre empresa”? Esto lo digo por el hecho de que el gobierno de Alvarado “reguló” la economía henequenera, anteriormente en manos de los monopolios extranjeros.
[37] Sergio Grosjean, “El rostro oculto de Salvador Alvarado”, Milenio Novedades, 16 de febrero.
[38] Sobre estas críticas al Porfiriato yucateco, así como las persecuciones a la poca prensa disidente en Yucatán antes de la llegada de Alvarado, cfr. Felipe Escalante Tió, La misa negra del Padre Clarencio, Mérida, Yucatán, CEPSA, 2014.
[39] Comunicación personal del historiador Mario Mex, 16 de febrero de 2015.