sábado, 22 de junio de 2013

15:44:00
El Instituto Cervantes celebra hoy el Día del Español, la segunda lengua del mundo en número de hablantes nativos, el segundo idioma de comunicación internacional, ya que lo hablan más de 500 millones de personas, y el tercero más usado en Internet.

Para celebrar la riqueza de esta vasta cultura en español, el Instituto Cervantes desarrolla este sábado una jornada que aspira a consolidarse como la celebración de todos los que hablan esta lengua.

Nos unimos a la celebración con dos poemas (redondillas) del poeta culinario sevillano Baltasar del Alcázar (1530-1606).




Una cena

En Jaén, donde resido,

vive don Lope de Sosa

y diréte, Inés, la cosa

más brava de él que has oído.


Tenía este caballero

un criado portugués...

Pero cenemos, Inés,

si te parece, primero.


La mesa tenemos puesta,

lo que se ha de cenar junto,

las tazas del vino a punto:

falta comenzar la fiesta.


Comience el vinillo nuevo

y échole la bendición;

yo tengo por devoción

de santiguar lo que bebo.


Franco, fue, Inés, este toque,

pero arrójame la bota;

vale un florín cada gota

de aqueste vinillo aloque.


¿De qué taberna se trajo?

Mas ya... de la del Castillo

diez y seis vale el cuartillo,

no tiene vino más bajo.


Por nuestro Señor que es mina

la taberna de Alcocer;

grande consuelo es tener

la taberna por vecina.


Si es o no invención moderna,

vive Dios que no lo sé,

pero delicada fue

la invención de la taberna.


Porque allí llego sediento,

pido vino de lo nuevo,

mídenlo, dánmelo, bebo,

págolo y voyme contento.


Esto, Inés, ello se alaba,

no es menester alaballo;

sólo una falta le hallo

que con la priesa se acaba.


La ensalada y salpicón

hizo fin: ¿qué viene ahora?

La morcilla: gran señora

digna de veneración!


¡Qué oronda viene y qué bella!

¡Qué través y enjundia tiene!

Paréceme, Inés, que viene

para que demos en ella.


Pues, sus, encójase y entre

que es algo estrecho el camino.

No eches agua, Inés, al vino,

no se escandalice el vientre.


Echa de lo tras añejo,

porque con más gusto comas,

Dios te guarde, que así tomas,

como sabia, el buen consejo.


Mas di, ¿no adoras y aprecias

la morcilla ilustre y rica?

¡Cómo la traidora pica;

tal debe tener especias!


¡Qué llena está de piñones!

Morcilla de cortesanos,

y asada por esas manos

hechas a cebar lechones.


El corazón me revienta

de placer; no sé de ti.

¿Cómo te va? Yo, por mí,

sospecho que estás contenta.


Alegre estoy, vive Dios:

mas oye un punto sutil:

¿no pusiste allí un candil?

¿Cómo me parecen dos?


Pero son preguntas viles;

ya sé lo que puede ser:

con este negro beber

se acrecientan los candiles.


Probemos lo del pichel,

alto licor celestial;

no es el aloquillo tal,

ni tiene que ver con él.


¡Qué suavidad! ¡Qué clareza!

¡Qué rancio gusto y olor!

¡Qué paladar! ¡Qué color!

¡Todo con tanta fineza!


Mas el queso sale a plaza

la moradilla va entrando,

y ambos vienen preguntando

por el pichel y la taza.


Prueba el queso, que es extremo,

el de Pinto no le iguala;

pues la aceituna no es mala

bien puedes bogar su remo.


Haz, pues, Inés, lo que sueles,

daca de la bota llena

seis tragos; hecha es la cena,

levántense los manteles.


Ya que, Inés, hemos cenado

tan bien y con tanto gusto,

parece que será justo

volver al cuento pasado.


Pues sabrás, Inés hermana,

que el portugués cayó enfermo...

Las once dan, yo me duermo;

quédese para mañana.


Su modo de vivir en la vejez


Deseáis, señor Sarmiento,

saber en estos mis años,

sujetos a tantos daños,

cómo me porto y sustento.


Yo os lo diré en brevedad,

porque la historia es bien breve,

y el daros gusto se os debe

con toda puntualidad.


Salido el sol por Oriente

de rayos acompañado,

me dan un huevo pasado

por agua, blando y caliente.


Con dos tragos del que suelo

llamar yo néctar divino,

y a quién otros llaman vino

porque nos vino del cielo.


Cuando el luminoso vaso

toca en la meridional,

distando por un igual

del Oriente y del ocaso,


me dan asada y cocida

una gruesa y gentil ave,

con tres veces del süave

licor que alarga la vida.


Después que cayendo viene

a dar en el mar Hesperio,

desamparado el imperio

que en este horizonte tiene;


me suelen dar a comer

tostadas en vino mulso,

que el enflaquecido pulso

restituyen a su ser.


Luego me cierran la puerta,

yo me entrego al dulce sueño,

dormido, soy de otro dueño;

no sé de mi nueva cierta.


Hasta que habiendo sol nuevo

me cuentan cómo he dormido:

y así de nuevo les pido

que me den néctar y huevo.


Ser vieja la casa es esto:

veo que se va cayendo,

voyle puntales poniendo

porque no caiga tan presto.


Mas todo es vano artificio;

presto me dicen mis males

que han de faltar los puntales

y allanarse el edificio.