viernes, 31 de mayo de 2013

22:14:00
Hernán Medina Ceceña, Arquitecto por la Universidad Autónoma de Guadalajara.

Que Bepensa haya colocado en una avenida de un fraccionamiento de Mérida unas supuestas esculturas en forma de botella de Coca Cola no es un asunto menor. Lo que sucede en el fraccionamiento Las Américas, desarrollado por la constructora Sadasi nos hace preguntarnos: ¿De quién son las calles de nuestra ciudad? ¿Quién decide qué se pone y qué se quita? ¿Por qué una empresa tendría a su cuidado –pagando la luz y el mantenimiento- una vialidad?



Si Bepensa y/o Sadasi construyeron en sus terrenos, la avenida entonces es de su propiedad. Siendo ese el caso pueden hacer lo que sea con ella; pensará alguien. ¿De veras es así? ¿No se afecta a nadie con eso? ¿No hay leyes y reglamentos para lo que se puede construir y hacer con un terreno –no digamos uno destinado a ser vialidad?

Si dicha avenida estuviera en una fábrica de manera que sólo los empleados la pudieran ver y utilizar, quizá nadie estaría discutiendo; aunque probablemente más de uno se quejaría.

¿Es inocuo lo que Bepensa y Sadasi hicieron? Evidentemente no lo es, por eso la inconformidad en muchos meridanos que mantienen su salud cívica. Contra todas las racionalizaciones argumentadas por las dos compañías, los ciudadanos tienen la razón. No se necesita demasiado para saber lo que está sucediendo: la vida urbana está siendo transformada en mercancía, mero objeto de comercio.

Esto no es nuevo. Los políticos siempre han explotado el espacio urbano para su beneficio. A través del tiempo, en el espacio urbano han impulsado sus ideales y su versión de la historia. Lo novedoso –aunque ya no tanto- es que ese espacio lo está usurpando la empresa privada. Los gobiernos han encontrado así una fórmula para deshacerse de la responsabilidad del financiamiento de obras y su mantenimiento: que los empresarios –o, en raras ocasiones, gobiernos extranjeros- lo hagan. Sin embargo, nosotros como ciudadanos debemos preguntarles ¿Qué es lo que cederán a cambio?

Algunos de los resultados están a la vista: en Mérida, en vez de una verdadera serie de esculturas, una de botellas de Coca-Cola; en la ciudad de México, la escultura de un ex presidente azerbayano, acusado de genocidio, a cambio del mantenimiento de un parque.

A esta transformación de intereses corresponde que el espacio urbano sea ahora materia del diseño industrial y gráfico; del diseño de objeto y publicitario; de lo meramente utilitario. En ese sentido no hay gran diferencia entre una botella de Coca Cola y una estatua que reproduce, con pretendida realidad, las formas que tenía en vida una persona a ensalzar; igual se podría utilizar un cartel publicitario; una fotografía photoshopeada. Los políticos actuales saben que esta última opción es más barata y la usan en sus campañas; claro que una estatua es otra cosa, es algo para la posteridad.

Bepensa ha hecho una lectura de esto último –que una escultura urbana está hecha para durar en el tiempo y ¿que sostiene en el tiempo a una botella de Coca Cola, algo para beber y desechar?- por eso su anuncio de que la instalación es temporal. Su aceptación a retirarlas –si se concreta- será de aplaudirse.

Como dije, que muchos meridanos hayan levantado la voz para quejarse es síntoma de su salud cívica, y así debería ser acogida su iniciativa por el municipio y las empresas involucradas. Enhorabuena por ellos y por todos los que les sigan en los reclamos legítimos de la sociedad. (Opinión publicada originalmente en Impune Mex)

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